ENTRE SOMBRAS Y DESTINOS

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Capítulo 5 Cuentas en la Sombra

De regreso en su apartamento, un espacio minimalista en un edificio industrial reconvertido en Shoreditch, Samanta se despojó de la seda negra y se puso su uniforme de batalla: una sudadera gris y unos lentes de descanso. La gala había sido una distracción necesaria, pero la verdadera guerra se libraba en los servidores. Se sentó frente a su estación de trabajo, una configuración de cuatro monitores que iluminaban la habitación con un resplandor azul eléctrico.

—Muéstrame el flujo, de nuevo —susurró, golpeando las teclas con una precisión rítmica.

En la pantalla, las transacciones de Union Corp comenzaron a aparecer como puntos de luz en un mapa global. Samanta no veía números; veía geometría. Las micro-transferencias que Maximus había detectado no eran robos de dinero. Si se unían los puntos de las cuentas de origen y destino, formaban un código alfanumérico complejo. Era un sistema de esteganografía financiera: ocultar mensajes dentro de los metadatos de las transacciones financieras.

Su mente voló hacia el emblema del león rampante que había visto en su infancia. Empezó a superponer la imagen del escudo de armas sobre el flujo de datos. El encaje fue perfecto. El 98% de las transacciones "fantasma" seguían el contorno de las garras y la corona del león.

—No están robando el imperio —concluyó Samanta, sus ojos brillando con la intensidad del descubrimiento—. Están usando el banco como un sistema de mensajería para una red de inteligencia privada.

De pronto, un pitido agudo salió de sus altavoces. Su cortafuegos, una fortaleza digital que ella misma había programado, acababa de ser vulnerado. No por un ataque de fuerza bruta, sino por un "apretón de manos" digital que conocía sus protocolos privados. La pantalla principal se volvió negra y un cursor comenzó a parpadear en el centro.

"Samantha Clooney, el análisis de riesgos es una carrera peligrosa cuando no se tiene seguro de vida."

Samanta sintió un frío glacial en la boca del estómago. Sabían quién era. Sabían dónde estaba. Pero lo más aterrador no era la amenaza, sino el nombre que habían usado. Habían usado su nombre real, el que ella misma había intentado enterrar bajo capas de identidades falsas proporcionadas por Vance.

Se levantó de la silla, el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. Caminó hacia la ventana y miró hacia la City. Allí, en la distancia, la torre de Union Corp brillaba como un faro. Comprendió que ya no podía ser solo una observadora. La conspiración que rodeaba a Maximus era la misma que la había perseguido desde los muelles de Londres. Sus destinos estaban entrelazados por una red de sombras que ahora reclamaba su presencia.

Tomó su teléfono encriptado y marcó un número que juró nunca usar. —Maximus —dijo, cuando la llamada fue aceptada en el tercer tono—. No preguntes cómo tengo este número. Solo escucha. El León no está solo en la selva, y los cazadores ya tienen tu dirección. Y la mía.

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