ENTRE SOMBRAS Y DESTINOS

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Capítulo 4 Encuentros Fortuitos

El Museo Británico se había transformado en un templo de la vanidad para la gala benéfica anual. Bajo la gran cúpula de cristal, la élite de Londres se movía con la gracia ensayada de quienes saben que cada uno de sus gestos está siendo evaluado. El aroma a perfumes caros se mezclaba con el olor milenario del mármol y las piedras antiguas. Samanta caminaba entre la multitud como una depredadora camuflada. Llevaba un vestido de seda negra, de un corte tan impecable que parecía fundirse con las sombras del museo. No usaba joyas; su intelecto era el único adorno que necesitaba.

Su misión era clara: infiltrarse en el círculo íntimo de Maximus y evaluar el nivel de compromiso del conglomerado en la red de conspiración que Vance le había revelado. Pero Samanta no seguía órdenes ciegamente. Mientras recorría la sala, sus ojos escaneaban no solo los rostros, sino el lenguaje corporal. Notó al Director Comercial de una firma rival sudando ligeramente a pesar del aire acondicionado; detectó la forma en que una heredera evitaba el contacto visual con Maximus. Ella procesaba cada detalle, construyendo un mapa mental de las tensiones políticas de la sala.

Entonces, lo vio. Maximus entró en el Gran Atrio y el aire pareció cambiar de densidad. No era solo su altura o la elegancia de su esmoquin; era la autoridad natural que emanaba de él. Samanta sintió una extraña vibración en la base de su cráneo, el mismo sentimiento que tenía cuando estaba a punto de resolver una ecuación matemática imposible. Él no era simplemente un objetivo; era un espejo.

Maximus, por su parte, se sentía asfixiado. Había pasado treinta minutos esquivando preguntas sobre las tasas de interés y el mercado inmobiliario. Buscó refugio en el balcón del segundo piso, cerca de las estatuas asirias, un lugar lo suficientemente oscuro para evitar ser detectado. Sin embargo, allí ya había alguien.

—No sabía que las estatuas asirias fueran tan populares esta noche —dijo Maximus, acercándose con una copa de champán intacta.

Samanta no se giró de inmediato. Se quedó mirando los relieves de piedra que mostraban cacerías de leones de hace tres mil años. —La gente prefiere mirar lo que brilla abajo —respondió ella con voz suave y firme—. Pocos tienen el estómago para mirar la historia de cómo se construye realmente un imperio: con sangre y piedra.

Maximus se detuvo en seco. Esa no era la respuesta de una invitada socialite. Se colocó a su lado, sintiendo la extraña calma que ella proyectaba. —La mayoría de mis invitados dirían que los imperios se construyen con visión y capital —dijo él, observándola con curiosidad—. ¿Usted es del tipo cínico o del tipo realista?

—Soy del tipo analítico, señor Holness —respondió ella, girándose por primera vez.

El impacto fue inmediato. Maximus se encontró con unos ojos azules como el océano que no parpadeaban ante su presencia. En la mirada de Samanta no había rastro de la adulación o el miedo que solía recibir. Había algo más profundo: un reconocimiento. —No creo haberla visto en ninguna de nuestras juntas —dijo él, su voz bajando un tono. —No pertenezco a su mundo, Maximus. Pero entiendo el lenguaje en el que está escrito. Y ese lenguaje me dice que el León está más preocupado por las grietas en su propia guarida que por la presa que tiene enfrente.

Antes de que él pudiera responder, Samanta se alejó, perdiéndose entre las sombras de las columnas dóricas. Maximus se quedó solo, con el pulso ligeramente acelerado. Por primera vez en años, alguien lo había visto de verdad. No al CEO, no al millonario, sino al hombre que temía que su castillo de naipes estuviera a punto de colapsar.

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