Capítulo 3 El León de la Ciudad
Desde el piso sesenta de la torre Union Corp, Londres no parecía una ciudad, sino un intrincado circuito integrado donde millones de vidas parpadeaban como impulsos eléctricos. Maximus Holess, permanecía de pie frente al ventanal de cristal reforzado, con una mano en el bolsillo de su pantalón de sastre y la otra sosteniendo un vaso de cristal con dos dedos de un whisky que costaba más que el salario anual de la mayoría de sus empleados. El sol de la tarde se filtraba a través del smog, bañando su oficina en un tono ámbar que acentuaba las líneas de cansancio en su rostro. A sus treinta y dos años, Maximus era el "León de Londres", un título ganado no por herencia, sino por una ferocidad estratégica que había transformado a Union Corp en un coloso financiero.
Sin embargo, ser el rey de la selva de asfalto tenía un costo que nadie mencionaba en las páginas de The Financial Times. La soledad de la cima era absoluta. Maximus se ajustó los puños de su camisa, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros como un manto de plomo. Su oficina era un santuario de orden minimalista: un escritorio de caoba maciza sin un solo papel fuera de lugar, una escultura de bronce de un león en reposo y una serie de monitores que escupían datos bursátiles en tiempo real.
Esa mañana, el orden se había roto. Un informe confidencial de auditoría interna descansaba sobre su escritorio. Alguien estaba realizando micro-transacciones —fracciones de centavo, prácticamente invisibles— que entraban y salían de las cuentas de reserva de la institución. Para cualquier otro financista, esto habría sido un error de redondeo del sistema. Para Maximus, era una declaración de guerra. Sus instintos, forjados en el rigor de una educación militar y pulidos en la crueldad de las adquisiciones hostiles, le decían que esto era solo el preludio de algo mucho más grande.
—Señor, el comité de riesgos está esperando en la sala de juntas —anunció la voz serena de su secretaria, Evelyn, a través del intercomunicador. —Diles que esperen diez minutos —respondió Maximus, su voz era un barítono profundo que no admitía réplicas—. Y Evelyn, cancela mi cena con el embajador. Necesito estar en la gala de la Fundación esta noche.
Maximus sabía que la gala era el escenario perfecto para sus enemigos. En el mundo del alto mando bancario, las traiciones se cocinaban entre canapés de caviar y sonrisas de porcelana. Su mente fluyó momentáneamente hacia su padre, el hombre que le había entregado el conglomerado financiero pero le había negado el afecto. "Un León no solo debe ser fuerte, Maximus; debe ser paranoico", solía decirle. Esa paranoia era ahora su mejor defensa.
Se miró en el reflejo del ventanal. Su porte era imponente, su mandíbula cuadrada y sus ojos grises oscuros ocultaban una tormenta interna. Estaba cansado de las máscaras, del juego constante de suma cero donde cada ganancia significaba la destrucción de alguien más. Pero no podía detenerse. Si el León dejaba de rugir, las hienas se lanzarían sobre los restos de su imperio. Lo que Maximus no sospechaba era que, en pocas horas, se encontraría con la única persona que no quería una parte de su imperio, sino la verdad que se escondía detrás de él.
