ENTRE GEMELOS

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Capítulo 8 Las Mentiras que Construimos

La voz salió de mi garganta como un raspado, un sonido áspero que apenas reconocí como mío.

—¿Qué mierda pasó?

El eco de mi propia pregunta flotó en el aire nocturno, desafinado contra el crepitar pacífico del fuego. El claro no estaba transformado. No había anillos concéntricos de hierba florecida y tierra carbonizada. Solo el mismo círculo de hierba alta, el mismo roble ancestral, y la fogata improvisada que proyectaba sombras danzantes sobre los troncos.

Liam y Theo giraron sus cabezas al unísono, un movimiento tan perfectamente sincronizado que me erizó la piel.

—¿Amelia? —Dijeron a la vez, y esa duplicidad, que antes me había parecido perturbadoramente íntima, ahora resonaba con un significado distinto, más profundo y más peligroso.

Sus rostros bajo la luz del fuego eran... normales. Demasiado normales. Liam tenía su expresión de preocupación habitual con las arrugas de concentración entre sus cejas. Theo mostraba su habitual mirada de fastidio velado por una pizca de algo que podría ser preocupación. Pero yo había visto. Había visto el oro en los ojos de Liam, el fuego en los de Theo. Había visto las marcas, las grietas, la luz que emanaba de sus cuerpos.

Me incorporé lentamente, sintiendo un dolor sordo en la nuca y una debilidad extraña en las extremidades, como si mi cuerpo hubiera librado una batalla de la que mi mente no tenía registro.

—El claro... la luz... las marcas en sus pieles... —Las palabras salían entrecortadas de mi boca, tratando de atrapar los fragmentos de la visión que se desvanecían como humo en mi cabeza.

Liam se movió primero, arrodillándose a mi lado. Su mano se posó en mi frente, un gesto que había hecho mil veces antes. Su piel estaba tibia. Normal.

—Tienes fiebre, cariño. —Dijo con su voz suave, paternal. —Debes haberte golpeado la cabeza cuando te caíste.

—Me caí... —Repetí, desconcertada. Mis ojos buscaron los de Theo, que había vuelto su atención al fuego, atizando las brasas con demasiada fuerza. —Pero yo vi... se besaron. Y después... hubo una explosión. Una burbuja de energía.

Theo soltó un resoplido, un sonido áspero que no era risa.

—¿Una burbuja de energía? ¿Has estado viendo muchas películas, Amelia? —No me miró. —Discutimos. Como dos idiotas. Fuertes. Tú intentaste interponerte, tropezaste con una raíz y te diste un golpe en la cabeza. Te desmayaste. Fin de la historia.

Su tono era plano, terminante. Demasiado terminante. Era la voz de alguien construyendo un muro de ladrillos con cada palabra.

—Pero el cielo... era púrpura, —Insistí, agarrando los jirones de la visión que se resistían a desaparecer. —Y ustedes... sus ojos... Liam, dijiste 'Lux'. Y tú, Theo, 'Umbra'."

Esta vez, fue Liam quien se tensó. Un parpadeo rápido, casi imperceptible. Un vacío en su mirada por una fracción de segundo antes de que la máscara de la preocupación conyugal volviera a colocarse.

—Debe haber sido un sueño, Amelia. Un sueño febril. Hablabas en sueños mientras estabas inconsciente. Decías cosas... sin sentido.

—¿Sin sentido? —Mi voz ganó fuerza, alimentada por una frustración creciente. Había estado allí. Lo había sentido: la vibración en el pecho, el calor de Theo, el frío de Liam, el dolor punzante en mi vientre. —Era real. Los vi transformados. Son... son algo más.

Theo se levantó de un salto, su silueta recortada contra el fuego parecía más grande, más amenazante.

—¡Basta ya! —Rugió, y por un instante, creí ver un destello rojizo en la profundidad de sus ojos verdes. Pero cuando parpadeé, solo había furia humana. —¿Qué quieres que te digamos? ¿Qué somos monstruos? ¿Ángeles y demonios? ¿Eso es más fácil de digerir que la verdad de que tu marido y su

hermano se tuvieron que reprimir a golpes porque casi se matan por una estupidez del pasado?

Sus palabras eran un golpe bajo, diseñado para herir, para desviar. Y funcionaron. Un dardo de duda se clavó en mi certeza. ¿Podría haberlo imaginado? El golpe en la cabeza... la tensión extrema... el deseo prohibido que había estado hirviendo bajo la superficie...

Liam aprovechó mi vacilación.

—Theo tiene razón, aunque lo haya expresado como un bruto. —Dijo, tomando mi mano entre las suyas. Sus dedos estaban cálidos, firmes. Terrenales. —Fue una discusión fea. De las que no queremos recordar. Tú te lastimaste. Decidimos acampar aquí para que descansaras antes de volver. Eso es todo.

Me miró a los ojos, y en su mirada verde, familiar y serena, no había rastro del oro sobrenatural que había visto. Solo amor, preocupación y una pizca de vergüenza por la pelea. Era una interpretación perfecta, lógica, que encajaba con el mundo que conocía.

Pero algo no cuadraba. Un detalle minúsculo, persistente.

—Theo. —Dije con mi voz más calmada. —En la... en lo que sea que vi. Te lamiste una herida en el nudillo. La tenías sangrando.

Theo se quedó inmóvil. Lentamente, levantó la mano derecha, abriendo el puño. La examinó bajo la luz del fuego, luego me la mostró. La piel de sus nudillos estaba intacta. Limpia.

—¿Ves? Ni un rasguño. —Una sonrisa torcida, casi cruel, se dibujó en sus labios. —Tu imaginación es bastante vívida, Amelia. Deberías escribir novelas. O quizá internarte en un manicomio.

La evidencia física también estaba en mi contra. Mi cabeza palpitaba. La lógica de Liam era sólida. Todo apuntaba a un sueño febril, a una alucinación inducida por un trauma craneal.

Sin embargo, el sabor del miedo cósmico aún estaba en mi boca. La imagen de sus sombras entrelazándose, no como hombres, sino como fuerzas primordiales, estaba grabada en mi retina con una claridad que ningún sueño podría tener.

Miré de Liam a Theo, estos dos hombres que ahora compartían un secreto palpable y una complicidad que iba más allá de ocultar una discusión. Estaban mintiendo. Lo sabía en mis huesos, en ese nuevo y extraño calor que se había instalado en mi bajo vientre desde que desperté.

Pero también sabía que no obtendría la verdad gritando. No ahora. Ellos habían construido una narrativa perfecta y se aferrarían a ella con la desesperación de quienes protegen algo mucho más grande que una pelea fraternal.

—Tal vez... tal vez tengas razón. —Concedí, dejando que mi voz sonara débil, confundida. Dejé que mi cuerpo se hundiera un poco, fingiendo un ataque de mareo. —La cabeza... me duele mucho.

Al instante, Liam se puso en modo protector.

—Descansa. Hemos preparado la manta. Nos quedaremos aquí hasta que te sientas bien para volver.

Theo asintió con su mirada aun evitándome, y volvió a su puesto frente al fuego, manteniendo su espalda rígida.

Me acosté sobre la manta a cuadros, cerrando los ojos, fingiendo un sueño que no llegaría. Escuché el susurro de Liam diciéndole algo a Theo, demasiado bajo para que yo lo entendiera. La respuesta de Theo fue un gruñido.

La verdad estaba allí, en el espacio entre ellos, en el silencio que ahora cargaban con el peso de lo no dicho. Habían elegido mentirme. Habían elegido esconder lo que eran. Y esa elección, más que la visión de sus formas divinas y demoníacas, fue lo que realmente me aterró.

Porque significaba que el mundo que conocía había terminado. Y que la mujer que yacía fingiendo dormir en el claro del bosque ya no era Amelia, la esposa. Era Amelia, la que había visto a través del velo. La que sabía que su marido y su amante eran portadores de una verdad que podría romper el mundo.

Y lo más peligroso de todo: que parte de esa verdad ahora latía dentro de mí, un calor extraño y persistente en lo más profundo de mi ser, recordándome que, al haber sido testigo, me había convertido en parte del pacto.

Mientras el fuego crepitaba y la noche envolvía el bosque, hice mi propia promesa en silencio. Ellos podían mentir. Podían esconderse. Pero yo había visto. Y no descansaría hasta desenterrar la verdad que habían enterrado bajo capas de falsa normalidad y excusas convenientes.

El juego había cambiado. Y aunque no entendía las reglas, estaba decidida a jugar.

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