ENTRE GEMELOS

Descargar <ENTRE GEMELOS> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 7 Lux et Umbra

El dolor fue lo primero que llegó. Era como un martilleo sordo en la base de mi cráneo, acompañado de una náusea giratoria que hacía que mi mundo se tambaleara incluso con los ojos cerrados. Luego, llegó el frío. La humedad penetrante de la tierra del bosque estaba empapándome la ropa. Y, sobre todo, había un silencio absoluto, antinatural. No escuchaba pájaros, ni insectos, ni el susurro del viento.

Forcé los párpados a abrirse y el cielo, visto a través del dosel de hojas, no era azul. Era de un color púrpura electrizante, como el de un moretón cósmico. Parpadeé, creyendo que era un efecto de la conmoción. Pero no, el color permanecía, inquietante y profundo.

Me incorporé con dificultad, con cada uno de mis músculos protestando. Había aterrizado entre helechos, a varios metros del claro. Donde debería estar el roble, había una cúpula de energía.

Era como una burbuja transparente e iridiscente que envolvía el claro. En su superficie, había patrones geométricos de luz blanca y sombras negras grabados que danzaban y se entrelazaban en un torbellino frenético. Dentro, la luz era cegadora y oscura a la vez, imposible de describir. No podía ver a Liam ni a Theo, solo dos siluetas borrosas e inmóviles en el centro del caos.

El miedo, agudo y metálico, me atravesó. ¿Cómo, un beso…? Un simple, prohibido y desesperado beso entre hermanos había hecho esto. Y como si una enciclopedia automática estuviera en mi cabeza, las palabras de Theo resonaron en mi cráneo, respondiendo a mi pregunta. Pero ahora con un significado literal y aterrador: “Estamos malditos.”

Gateé hacia la burbuja, ignorando el dolor que recorría mi cuerpo. El aire olía a ozono, a tierra quemada y a algo dulcemente podrido, como flores marchitas. Al acercarme, sentí una vibración en el pecho, una resonancia profunda que hizo que los dientes me castañetearan. Extendí una mano temblorosa hacia la superficie de la cúpula.

No la toqué. A un centímetro de distancia, la piel de mis dedos comenzó a brillar con una tenue luz plateada, como si mi propia carne estuviera reaccionando a la energía. Un dolor punzante, no en la mano, sino dentro de mí, en algún lugar profundo del vientre, me hizo retirar el brazo con un jadeo.

Entonces, la burbuja pulsó. Una onda de fuerza silenciosa me empujó hacia atrás, y la cúpula comenzó a desvanecerse, no como un humo, sino como si se estuviera reabsorbiendo en las dos figuras del centro.

La luz y la sombra se disiparon, revelando el claro.

El roble estaba intacto, pero a su alrededor, la hierba y el musgo formaban un patrón concéntrico perfecto: un círculo de tierra carbonizada y negra, seguido de un anillo de hierba de un verde imposiblemente vibrante y florecido, y luego otro de tierra estéril. Era como la huella de una explosión divina y profana a la vez.

En el epicentro, Liam y Theo yacían desplomados en el suelo, separados por un metro de distancia. No se movían.

—¡Liam! —Grité, arrastrándome hacia ellos. Mi voz sonó apagada, tragada por el bosque silencioso.

Llegué primero junto a Liam. Estaba boca arriba, pálido como la cera. Su respiración era superficial, pero constante. Al tocarlo, su piel estaba fría. Demasiado fría. Pero cuando le aparté el cabello de la frente, vi algo que me detuvo el corazón. Justo en el centro de su frente, yacía una marca tenue, del tamaño de una moneda, brillaba con una luz dorada interna antes de desvanecerse, dejando solo la impresión de una geometría sagrada, un sello que nunca había estado allí.

Un gemido gutural me hizo girar la cabeza. Theo se retorcía en el suelo, como si luchara contra una pesadilla. Su piel, normalmente bronceada, mostraba un tinte rojizo, como si llevara una fiebre infernal. En su pecho desnudo, sobre el corazón, unas grietas finas y oscuras, como de lava enfriándose, emitían un tenue resplandor carmesí. No eran heridas. Parecían parte de él, algo que siempre había estado ahí, oculto bajo la piel, y que ahora se revelaba.

—Theo. —Susurré, acercándome. El calor que emanaba de él era palpable, sofocante.

Sus ojos se abrieron de golpe.

No eran los ojos verdes que conocía.

La pupila de su ojo derecho se había contraído a un punto negro rodeado por un anillo de fuego rojo anaranjado. El iris brillaba con una luz propia, maligna y fascinante. El izquierdo, aunque aún verde, tenía destellos del mismo rojo en su profundidad.

Me miró, y no me reconoció. O sí, pero de una manera diferente. Su mirada era antigua, llena de un conocimiento oscuro y un dolor primordial.

—El vínculo… —Escupió, su voz distorsionada, grave, como si dos personas hablaran a la vez. —Roto… y reclamado.

Liam emitió un sonido a mi lado. Al volverme, vi que sus ojos también estaban abiertos. Los de Liam eran el reflejo opuesto: su pupila izquierda estaba rodeada por un anillo de luz dorada pura, y su iris brillaba con una claridad sobrenatural, serena y aterradora. En su mirada no había confusión, sino una comprensión devastadora, como si acabara de recordar algo que jamás debió olvidar.

—Lux. —Murmuró Liam, la palabra salió de sus labios como una revelación, un nombre.

Theo se incorporó con movimientos espasmódicos, llevándose una mano al pecho, a las grietas luminosas.

—Umbra. —Gruñó en respuesta, y la palabra sonó a maldición y a verdad al mismo tiempo.

Se miraron a través del espacio que los separaba, y el aire entre ellos volvió a crisparse. Esta vez no había deseo humano. Había una fuerza cósmica, una atracción y una repulsión al mismo nivel, como dos polos opuestos de un imán monstruoso.

—¿Qué… qué rayos está sucediendo? —Logré articular con mi voz quebrada por el terror y la fascinación.

Liam giró su cabeza hacia mí, y en sus ojos dorados vi dolor, una pena infinita.

—No lo sabíamos, Amelia. Lo juramos, no lo sabíamos.

Theo soltó una risa amarga, un sonido que rasgaba el silencio del bosque.

—¿Un ritual? ¡Ja! Eso era lo que nos decían. Un pacto. Nuestra querida madre… tan desesperada por un heredero… hizo un trato. —Se levantó, tambaleándose. Su cuerpo parecía más grande, su sombra más alargada y densa de lo que la física permitía.  —¿Con qué? ¿Con quién? No importa. El precio fue un alma. Una sola. Pero dividida…

Liam también se puso de pie, su movimiento fue más fluido y controlado en contraste con la torpeza salvaje de Theo. La palidez había desaparecido, reemplazada por una luminosidad interna que hacía que su piel pareciera de alabastro.

—Luz y Oscuridad. Orden y Caos. Separados para siempre en dos vasijas de carne. —Me miró a mí, y su expresión se suavizó por un instante. —Hasta que encontramos un punto medio. Un tercero. Un equilibrio.

Yo era el punto medio. El puente. La intrusa que, sin saberlo, había activado el mecanismo.

—El beso… —Dije, comprendiendo.

—Fue la llave. —Confirmó Theo, con su voz recuperando algo de su tono habitual, pero con una resonancia profunda y peligrosa bajo la superficie. Acercó su mano, la cual se lamio sobre el nudillo. La herida ya no estaba. En su lugar, la piel era lisa y perfecta.  —El contacto total, el reconocimiento… despierta lo que estábamos destinados a ser. Lo que somos.

—¿Y ahora qué? —Pregunté, mirando de uno a otro, estas dos criaturas de leyenda que eran, y no eran, los hombres que había a uno lo había amado y al otro deseado. —¿Destruiréis el mundo por estar juntos?

Liam bajó la mirada, con el peso de una responsabilidad cósmica encorvando sus hombros poderosos.

—No si permanecemos separados. El equilibrio se mantiene con distancia.

Theo rugió, un sonido de frustración pura que hizo temblar las hojas de los árboles más cercanos.

—¡¿Separados?! ¡Después de esto! ¡Después de saberlo! —Se acercó a Liam, desafiante, el calor de su cuerpo hizo que el aire ondeara.  —Soy tu sombra, Liam. Tu caos. Tu verdad. No puedes encerrarme otra vez.

—No se trata de encerrarte. —Dijo Liam, y su voz tenía la firmeza de una piedra. —Se trata de proteger a Amelia. De proteger todo esto. —Aclaró haciendo un gesto con su brazo que abarcó el bosque, el mundo más allá.

Me miraron entonces, a mí, la mortal atrapada en su guerra de dioses. En sus ojos —oro y fuego— vi mi reflejo: pequeña, frágil, humana. Y, sin embargo, también vi algo más: en sus pupilas, mi imagen no se dividía. Se mantenía entera, un solo reflejo duplicado en dos espejos opuestos. Yo era el ancla. El punto fijo.

—Ella es parte de esto ahora. —Murmuró Theo, y por primera vez, en su tono de fuego, hubo algo que no era furia: era asombro. —Nos viste. Nos sostuviste.

Liam asintió, lentamente. La luz dorada en sus ojos parpadeó.

—La elección ya no es solo nuestra.

Un viento frío, que no venía de ninguna dirección, levantó hojas muertas alrededor. El bosque parecía contener la respiración, esperando. El cielo púrpura empezó a aclararse, volviendo al azul del atardecer, como si la realidad se reafirmara a regañadientes.

El estallido había pasado. La revelación estaba hecha. Ahora quedábamos nosotros: un ángel, un demonio y la mujer que, por querer dejar de ser una intrusa, se había convertido en el eje sobre el cual giraba su destino compartido.

Theo extendió una mano hacia Liam, no para tocarlo, sino para mostrarle la palma. En el centro, una marca idéntica a la de Liam, pero de sombra y carbón, que se desvaneció lentamente.

—Juntos. —Dijo Theo, y esta vez no fue un desafío, sino una verdad dolorosa. —O el mundo arderá con nosotros.

Liam miró su propia palma, donde el último destello dorado desaparecía. Luego me miró a mí.

—¿Amelia? —Preguntó, y en esa simple palabra había una pregunta mayor que cualquier otra: ¿Estás con nosotros? ¿A pesar de lo que somos? Me levanté del suelo, temblorosa pero firme. El dolor en mi vientre había cesado, reemplazado por un calor tranquilo, una certeza extraña. El vértigo de antes no era miedo. Era reconocimiento.

No dije nada. Solo crucé la distancia entre nosotros, me coloqué en el centro, y tomé una mano de cada uno.

Sus pieles eran diferentes: una fría como la luz de la luna, la otra caliente como una piedra al sol. Pero al contacto, ambas temperaturas se moderaron, encontrando un punto medio en el calor de mis propias manos.

El bosque, por fin, exhaló.

Y de nuevo oscureció, esta vez no sentí nada más que el suelo firme bajo mi cuerpo. Al abrir mis ojos me encuentro con más oscuridad, iluminada a penas por lo que parecían ser flamas. Ladeo mi cabeza y allí los veo. Liam a mi lado, estaba sentado con su mirada perdida y a pocos metros de allí estaba Theo avivando el fuego de una fogata improvisada.

—¿Qué mierda paso? —Balbuceé.

Ambos voltearon al unísono.

—¿Amelia? —Pronunciaron a la vez.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo