Capítulo 6 La Marca del Holocausto
Al terminar el desayuno y mi acto protagónico de “la esposa que no sabe nada de lo que ocurre”, Liam no paró de hablar sobre las maravillas que podían verse desde el mirador al que le sugirió a su hermano para que visitara. ¿Qué tenía de interesante ver un bosque aislado desde arriba? Puede tener su atractivo si lo piensas, pero no entendía su fijación con ello… ¿Acaso Liam quería más tiempo a solas con Theo?
Me importa un carajo… no les voy a dejar el camino libre.
—Bien, ¿Por qué no vamos todos? —Pregunto esbozando una amplia sonrisa bien actuada. —Hace un día hermoso. Podemos hacer un pícnic y almorzar fuera… Después de todo, nos hará bien el aire fresco.
—No lo sé. Yo solo quería hacer algunas fotos y no me agrada hacerlo con más gente a mi alrededor. —Respondió Theo en tono serio.
Su mirada se clavó en Liam, como si quisiera comunicarse con él telepáticamente. No se dijeron nada, pero parecieron entenderse y Liam lo confirmo diciendo:
—Es cierto… Cariño, ya sabes como soy yo al momento de trabajar, no logro concentrarme si hay gente viéndome. —Intervino Liam encogiéndose de hombros con simpleza.
Demonios… viendo lo bueno que es para mentir, comienzo a pensar si en algún momento ha sido sincero conmigo realmente, hasta podría decir que se casó conmigo como tapadera. Pero no. Jamás será más astuto que yo, si para ellos soy una intrusa en mis propias vacaciones y en sus vidas, lo haré como debe ser.
—¿Pero qué rayos dicen? ¿Trabajar en vacaciones? ¡Ni hablar! —Farfullé cruzándome de brazos con ironía. —¿Tú irás a tomar fotos y tú a trabajar en tu estudio? ¿Y yo qué? ¿Me sentaré a tejer? —indagué con sorna.
—¡Bien, cariño! ¡No te alteres! —Exclamó Liam y seguido soltó una carcajada forzada.
—Súper. Iré a cambiarme. —Anuncié saliendo de la cocina.
Pero, al atravesar el umbral y que ellos me perdieran de vista, me detuve a escuchar si había objeciones y oí claramente a Theo musitar un “Tienes que estar de joda”. Extasiada sonrío en mis adentros y sigo con mi camino.
El bosque olía a humedad y secretos.
Pensativa, caminaba unos pasos detrás, observando cómo los hombros de los dos hombres se movían en perfecta sincronía, incluso después de todos esos años de distancia. Liam llevaba una pequeña mochila con agua y una vieja manta a cuadros. Theo, quien no se molestaba en demostrar su fastidio por mi presencia, solo llevaba su inactiva cámara colgándole del cuello, mientras caminaba con las manos en los bolsillos de sus cargos verdes. Ninguno de los dos hablaba, pero la comunicación entre ellos era más que palpable, como un diálogo silencioso hecho de miradas laterales y cambios de ritmo casi imperceptibles.
—Aquí. —Dijo Theo de pronto, desviándose del sendero principal sin vacilar y Liam, sin cuestionarlo, lo siguió.
Extrañada me paré en seco, dudando por un instante, sintiendo el latido del bosque a mi alrededor, escuchando el crujido de las ramas bajo mis pies, crujidos los cuales parecían demasiado fuertes en el silencio. Pero luego, los seguí expectante.
El claro en el que se detuvieron era más pequeño de lo que me había imaginado. Se trataba de un círculo casi perfecto de hierba alta, coronado por un roble anciano y majestuoso cuyas ramas se extendían como brazos protectores. El tronco era tan ancho que los tres juntos no habríamos logrado rodearlo. La luz del sol se filtraba por las miles de hojas y caía en motas doradas que bailaban sobre el musgo.
Entonces Theo se detuvo frente al árbol y extendió una mano, sus dedos rozaron la corteza rugosa con una reverencia que me sorprendió justo como antes. Sin duda alguna, no era un extraño al recorrer esos surcos.
Liam se acercó a su lado.
—También sigue ahí. —Murmuró, y su voz sonó extrañamente irónica.
Casi pude sentir como si estuviera presenciando un déjà vu. Esta misma escena la vi cuando Theo llegó a la cabaña y salimos a caminar. Finalmente me aproximo curiosa y entonces la vi, a la altura del pecho de un hombre, estaban talladas sobre la corteza gris, las iniciales “L+T”. Pero estas parecían ser más antiguas e inesperadamente causó que mi corazón diera un vuelco. No era un garabato de ellos en su adolescencia. Era un trabajo dedicado, las líneas eran profundas y limpias, como si hubieran empleado tiempo y cuidado. El símbolo “+” tampoco era una simple cruceta; era más bien una cruz un poco corta y estaba encerrada en un pequeño círculo.
—¿También lo hicieron ustedes? —Dije, pero realmente no fue una pregunta.
—No. Este lo hizo nuestra madre. —Respondió Liam asintiendo. Su perfil fue serio y tenía la mirada perdida, como si estuviera atrapado en sus recuerdos. —Fue tallado con un cuchillo de caza de nuestros tátara abuelos, ellos eran nativos americanos… Fue un ritual.
Theo al escucharlo soltó una risa breve, seca.
—Ritual. Claro. Lo dices como si fuera tan simple… Siempre ocultando la verdad para suavizar su impacto. —Su tono no era de reproche, sino de una familiaridad tan jodida, oscura y profunda que dolía.
—Theo… No lo hagas. —Exigió Liam en un tono que fue más bien una súplica.
—¡No pienso hacerlo! ¡No contaré algo que no sé con certeza! —Espetó Theo y por una fracción de segundo, casi pareció que los irises de sus ojos se iluminaron con un fuego rojizo que ni bien apareció, desapareció. —Pero si de algo estoy seguro es que estamos malditos. —Añadió a media voz, como si temiera ser escuchado.
Instintivamente di un par de pasos hacia atrás, observando la escena que se desarrollaba ante mis ojos. Esto comenzaba a salirse de control y sabía muy bien lo que había visto. No había mentira suya que me pudiera marear. Esa tensión caótica y ardiente que había entre ellos era aterradora y la vez hipnotizante. Sus cuerpos adultos proyectaban sombras que se fundían en el musgo. El aire entre ellos vibraba con algo más que ira condensada por décadas. Era como si el claro mismo contuviera la esencia concentrada de todo lo que habían sido y todo lo que habían reprimido.
Liam dio un paso hacia el árbol, su hombro rozó el de Theo, pero no se apartó. La proximidad era íntima, casual y a la vez cargada de un significado que comencé a descifrar más profundamente porque ese ligero contacto hizo que la respiración acelerada de Theo automáticamente se calmara. Liam levantó su propia mano y colocó la palma justo al lado de la de Theo, sobre las iniciales. Sus manos, idénticas en tamaño y forma, pero diferentes en los detalles —la de Liam con callos de lápiz y herramientas, la de Theo con cicatrices antiguas y nudillos más marcados— descansaban una al lado de la otra sobre el corazón de madera del roble.
—Creí que se habría borrado. —Dijo Liam, su voz apenas fue un susurro dirigido a la corteza, o a su hermano.
Theo giró ligeramente la cabeza. Su perfil estaba tan cerca del de Liam que yo podía ver cómo la misma línea de la nariz, la misma curva del labio superior, se repetía como un eco.
—Algunas cosas no se borran, Liam. —Murmuró Theo, y sus palabras no fueron solo sobre la talla en el árbol. Flotaron en el aire húmedo, pesadas y verdaderas. —Por mucho que lo intentes. Quedan marcadas en la piel de las cosas y las personas. Más sí están malditas.
Yo contuve la respiración. El sol jugaba con sus cabellos negros, fundiendo sus siluetas. Por un segundo, bajo la luz moteada, la diferencia entre ellos se desvaneció. No eran Liam y Theo, arquitecto y nómada. Eran una sola entidad dividida, dos mitades de un todo que el roble recordaba. La tensión que había sentido en la casa se condensó aquí, en este claro sagrado, en ese roce de hombros que duraba un segundo, dos, tres…
Liam cerró los ojos, como si la verdad de las palabras de Theo fuera un peso físico. Su pecho se expandió con una respiración profunda. Theo no apartó la mirada de él. Había un hambre en esa mirada, una necesidad de reconocimiento que iba más allá de lo fraternal.
Luego, Theo dio un paso atrás, rompiendo el hechizo. El roce se interrumpió. Tosió levemente, fue un sonido forzado que rasgó el silencio del claro.
—Jamás debí haber venido… Esto fue un error. Jamás debimos volver a estar juntos… —Sentenció dando media vuelta y comenzando a alejarse.
—Por favor, no te vayas. —Suplicó Liam con su voz más ronca de lo habitual.
Theo se paró en seco y bajó la cabeza, luego ladeó ligeramente y lo miró de soslayo con un aire siniestro.
—Te amo. No te pediré que te quedes… Pero, te pido que no me dejes solo. —Bisbisó con su voz hecha añicos.
Al instante mis ojos se inundaron de lágrimas a la par de mi corazón que se rompió en miles de pedazos que rompieron todo en mi interior, bajé la mirada y di otro paso atrás, ahora sería yo quien se fuera.
—Amelia. Mi amor, no te vayas. —Dijo Liam para detenerme.
Di la vuelta y lo miré a los ojos para que viera como me estaba destrozando por dentro.
—Los necesito a ambos. —Declaró.
—No sé si estoy lista para algo así. —Sentencié, pero en cierto modo estaba mintiendo, si quería quedarme. Me ardía como los mil demonios, pero este dolor me había regresado a la vida desde que Theo llegó a nuestras vidas. —No quiero ser más una intrusa.
—No lo eres. —Instó él. —Prometo que todo mejorará, pero concédeme esto…
—¿Qué quieres? —Inquirí enarcando una ceja. No estaba segura de ceder a cualquier cosa, pero el millar de emociones que transitaban en mi interior me impedían reaccionar con claridad.
—¿Puedo besarlo?
—Maldita sea Liam… —Gruñó Theo dándose la vuelta finalmente.
—Haz lo que quieras. —Respondí.
Solo eso bastó para que Liam rompiera la barrera entre él y su hermano para luego sujetar su cabeza con ambas manos firmemente. Pero, cuando sus labios se estrecharon, un destello seguido por un estallido de luz caótico generó una onda expansiva que me lanzó por los aires, despidiéndome hasta una docena de metros del claro y al tocar el suelo hubo un golpe seco, y todo se oscureció.
