Capítulo 5 El Eco en el Desván
Esa noche tuve un sueño que fue un total revoltijo de imágenes inconexas. Primero vi el brillo del objetivo de la cámara de Theo convertido en un ojo único que todo lo veía. Luego fue la sonrisa confiada de Liam en la foto vieja, desvaneciéndose como humo. El roce de esos hombros que ninguno era el suyo, sino de dos adolescentes en un porche que ya no existía. Hasta que simplemente no pude más, desperté con la primera alba, con el corazón acelerado, incluso antes de que los pájaros comenzaran su cacofonía matutina. Volteo la cabeza y descubro que el espacio junto a mí estaba vacío, paso mi mano y las sábanas estaban frías del lado de Liam.
No era raro que él se levantara temprano, a veces para correr o para atrapar las primeras horas de luz en su estudio. Pero una punzada de ansiedad, irracional y aguda, me obligó a levantarme. Salto de la cama y me envuelvo en mi bata de seda, para luego salir descalza al pasillo, donde las tablas del suelo de madera antigua crujieron bajo mis pies como advertencias.
La casa estaba sumida en un silencio azulado, al tiempo en que el mundo pareció estar suspendido entre la noche y el día. No había ruido en la cocina, ni en el salón. Solo el tictac lejano del reloj de pared en el recibidor. Entonces, escuché un sonido. Bajo, apenas perceptible. Un murmullo. Provenía de arriba, del desván que le servía de estudio a Liam.
Abrumada subí la escalera estrecha que conducía a él, ejecutando cada paso calculado para minimizar los crujidos de la madera bajo mis pies. La puerta del desván estaba entreabierta, con una franja de luz cálida de la lámpara cortando la penumbra del rellano. Me acerqué, no con la intención de espiar, pero sí con una necesidad visceral de confirmar, de poner contexto al malestar que llevaba en el pecho desde la noche anterior.
A través de la rendija, la vista era parcial, como un cuadro vivo recortado. Podía ver a Liam. Estaba de pie frente a su mesa de dibujo, pero no trabajaba. Tenía la espalda tensa y los hombros un poco encorvados. Y por supuesto que no estaba solo.
Theo estaba sentado en el borde de la pesada mesa de madera, con una pierna colgando y la otra plantada en el suelo. Estaban muy cerca. Demasiado cerca para una conversación casual a las cinco de la mañana. Theo sostenía algo entre sus manos: un viejo modelo arquitectónico de madera de balsa, una casa futurista que Amelia reconocía como el primer proyecto universitario importante de Liam. Lo hacía girar suavemente.
—No puedo creer que conservaras esta mierda. —Dijo Theo, con su voz convertida en un susurro ronco, privado, completamente diferente al tono que usaba conmigo.
—Tú hiciste la maqueta de terreno. —Respondió Liam. Su voz era igual de baja, cargada de una fatiga que no era física. —Estuviste tres noches seguidas cortando corcho. Se te cerraban los ojos y aun así seguías.
Theo soltó una risa breve, sin humor.
—Sí. Antes yo era… Era terco. —Confesó encogiéndose de hombros.
—Eras leal. —Afirmó Liam.
La palabra cayó entre ellos como una piedra en un estanque quieto. Theo dejó la maqueta sobre la mesa. El movimiento hizo que su rodilla rozara el muslo de Liam. Ninguno de los dos se apartó.
—¿Por qué vine, Liam? —Preguntó Theo, levantando la vista hacia su hermano. Desde mi ángulo, solo podía ver el perfil de Theo, la línea de su mandíbula apretada.
—Porque te invité.
—Eso no es una razón. Es un gesto. Podría haberlo rechazado. Como hice con los otras…
Liam se quedó quieto por un momento largo. Luego, con una lentitud que, a mí, en lo personal, me pareció agonizante, él levantó una mano. No para tocar a Theo, sino para ajustar el cuello de su propia camiseta, como un gesto que era pura nerviosidad contenida.
—Quizás esta vez no querías rechazarlo. —Musitó en un tono que apenas y pude escuchar.
Theo bajó la cabeza, mirando sus propias manos.
—Estás casado, Liam. Tu matrimonio es… Estable. Feliz, por lo que veo. No soy un tornillo que encaje aquí.
—¿Y desde cuándo te importa encajar?
Ahora Theo sí levantó la vista, y su mirada, incluso de perfil, era un dardo que me atravesó el corazón.
—Desde que, al romper el molde, destrozo también lo que tú has construido.
Fue entonces cuando Liam se movió. Dio un paso, el más pequeño, que redujo a cero la distancia ya de por sí inexistente. Su brazo, que antes colgaba a un lado, se flexionó. Su mano no llegó a tocar a Theo, pero quedó suspendida en el aire, a centímetros de su hombro, en un gesto que era a la vez un anhelo y una barrera.
—Ella no es de cristal, Theo. —Murmuró Liam, y su voz estaba tan cerca que yo supe que los labios de mi esposo casi rozaban el cabello desordenado de su hermano. —Y esto… —Hizo un leve movimiento con la cabeza, como si indicara la casa, el mundo que había creado, —No es tan perfecto cómo crees. A veces se siente como… una casa de muñecas. Preciosa, impecable, y vacía.
Esas palabras me hicieron sentir que el suelo se inclinaba bajo mis pies. “Vacía”. La palabra resonó en mi cráneo como un gong. ¿Eso sentía él? ¿Eso es nuestra vida juntos?
Entonces, Theo se inclinó hacia adelante, en un movimiento imperceptible, pero suficiente para que su sien rozara, solo por un instante, la mano que Liam tenía suspendida. Fue un contacto fugaz, eléctrico, que hizo que Liam cerrara los dedos en un puño, retirando la mano como si se hubiera quemado.
—Joder, Liam. —Exhaló Theo, y en su voz había rabia, dolor y algo más, algo que sonaba a rendición.
No pasó nada más. No hubo un beso, no hubo un abrazo. Solo esa proximidad cargada, esa confesión a gritos en susurros, esa tormenta contenida en el espacio de un suspiro. Liam dio un paso atrás, frotándose la mano con la otra, como si quisiera borrar la sensación.
—Baja, voy a hacer café. —Dijo Liam, con su voz recuperando un tono de normalidad forzada.
Theo asintió, sin mirarlo, y se deslizó de la mesa.
Al instante retrocedí de un salto, con el corazón golpeándome las costillas con tal fuerza que temía que pudieran oírlo. Corrí en silencio por el pasillo y me deslicé dentro de mi dormitorio, cerrando la puerta sin hacer ruido. Me apoyé contra ella, jadeando, con la bata pegada a mi piel por el sudor frío que corría sobre cada centímetro de mí.
La escena se repetía en mi mente en un bucle cruel. Escuchaba sus palabras. “Vacía”. Luego veía el roce. La tensión palpable que había en el aire, tan espesa que podía cortarse. No había sido un encuentro sexual, pero había sido infinitamente más íntimo. Había sido el desnudo de dos almas que se conocían demasiado bien, que compartían un lenguaje y una historia en la que yo no tenía cabida.
El desayuno fue un ejercicio de actuación brutal para mí. Arreglada bajé las escaleras como si nada, vestida ya, fingiendo haber tenido un sueño reparador. Liam estaba en la cocina, sirviendo café en tres tazas. Su semblante era el de siempre, sereno, un poco absorto. Theo entró unos minutos después, con el pelo mojado por la ducha, llevaba una camiseta negra que se le pegaba al torso. Y cuando se sentó a la mesa evitó mirarme directamente.
—¿Dormiste bien, cariño? —Preguntó Liam, dándome un beso en la coronilla.
—Como un tronco. —Mentí hábilmente, sonriendo. Sin embargo, mi sonrisa me pesaba en los músculos faciales. —¿Y tú? Te levantaste temprano.
—Necesitaba aire. Subí al desván a ordenar unas cosas. —Respondió Liam, pasándome mi taza de café. Su mentira fue suave, natural. Siendo sin duda un arquitecto de fachadas perfectas, incluso en lo emocional.
Theo bebió un sorbo de café, mirando por la ventana hacia el bosque.
—Pensaba ir a caminar hoy. Explorar un poco los alrededores con la cámara. —Comentó como queriendo persuadir nuestra conversación
—Buena idea. —Dijo Liam. —El sendero que va hacia el norte llega a un mirador espectacular.
En silencio, observe el intercambio de miradas entre ellos, este baile de normalidad. Pero ahora veía las grietas. Ví cómo la mirada de Liam se posaba en Theo un segundo de más cuando este no miraba. Veía la ligera rigidez en los hombros de Theo. Veía el fantasma del roce en el desván flotando sobre la mesa del desayuno, entre la mermelada y el pan tostado.
Se suponía que yo era la esposa. La anfitriona. La intrusa en mi propia vida. Y por primera vez, la semilla de una pregunta peligrosa, tan prohibida como el vínculo que acababa de atisbar, comenzó a brotar en lo más profundo de mi ser, alimentada por el dolor de sentirme fuera y por una curiosidad oscura, fascinada.
¿Qué pasaría si, en vez de quedarme al otro lado de la rendija, yo abriera la puerta?
