ENTRE GEMELOS

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Capítulo 4 Retratos en la Penumbra

La noche siguiente.

Al igual que durante todo el día. Desde que el sol salió, el silencio de la casa después de la cena era distinto al de antes. Ya no era la calma plácida de un enorme nido vacío, sino más bien una quietud cargada, como si las paredes de madera de cedro estuvieran conteniendo la respiración, esperando. Dejé los platos lavados y guardados, Liam había subido a su estudio, un desván convertido en una impecable mesa de dibujo y estanterías llenas de maquetas. Se fue con la excusa de “revisar” unos planos para un cliente exigente. Yo sabía que era su forma de procesar las cosas con calma, de replegarse a un territorio conocido y controlable.

Theo, en cambio, con un carácter desconocido y a simple vista opuesto al de Liam, según yo. Se había derramado en el salón como un gato grande. Se había acomodado en el sofá de piel desgastada, con el brazo extendido sobre el respaldo y con sus largas piernas cruzadas a la altura de los tobillos. En sus manos sostenía no su cámara, sino un álbum de fotos antiguo que yo había dejado en la mesita auxiliar semanas atrás. La luz de la lámpara de pie le iluminaba el perfil, tan idéntico y a la vez tan ajeno al de Liam.

Al verlo, dudé en el umbral, sintiéndome intrusa en mi propia casa. Pero él levantó la vista y me miró. No con la sonrisa desenvuelta de los días anteriores, sino con una curiosidad tranquila. No dijo nada al instante, pero la energía que desprendía de su cuerpo me decía que estaba cómodo con mi presencia.

—¿Tu familia? —Preguntó finalmente, señalando el álbum abierto en una foto de mis padres en su jardín.

—Sí. Son mis padres, en Sussex. —Dije a media voz, acercándome al sofá.

Me senté en el extremo opuesto del sofá, manteniendo una distancia educada que, sin embargo, parecía ridícula después de la intimidad forzada de la mesa luego de haber pasado el día apartados de alguna forma.

—¿Liam no te había mostrado fotos? —Pregunté enarcando una ceja curiosa.

Ya sabía que en los últimos años su comunicación había sido mínima, pero quería saber qué tanto.

Theo pasó una página con un dedo cuidadoso.

—Sé lo que haces al indagar fingiendo que no lo haces. —Afirmó él con una ligera sonrisa astuta, pero no se mostró incómodo. —Liam y yo… no nos hemos enviado postales, precisamente. Los últimos años han sido más un intercambio de… líneas en la arena…

La metáfora era elocuente. Pero, la dejé flotar. Observé cómo sus ojos, del mismo verde musgoso que los de Liam, pero con destellos más dorados bajo esta luz, recorrían las imágenes. No era una mirada nostálgica, sino analítica, como si estudiara la composición, la luz, la historia no contada detrás de cada sonrisa forzada.

—Él no es muy de revolver el pasado. —Continuó Theo, su voz fue un rumor bajo que se mezclaba con el crepitar lejano de la madera de la casa con el viento exterior al golpearla. —Prefiere construir el futuro. Un ladrillo sobre otro, todo perfectamente nivelado. —No había reproche en su tono, solo una constatación.

—¿Y tú no? —Pregunté intrigada, encontrando por fin mi voz.

Theo sonrió, en una mueca rápida que no le llegaba a los ojos.

—Yo fotografío el presente. El instante en que la luz cambia, en que una grieta se hace visible, en que alguien deja caer la máscara. El futuro es una promesa vacía. El pasado… el pasado es un fantasma que a veces revela más de lo que quieres ver. —Musitó en tono serio.

Sus palabras eran como piedras lanzadas a un estanque tranquilo. Lo cual me hacía sentir un escalofrío.

—¿Qué quieres decir? —Indagué

En vez de responder, Theo pasó más páginas hasta llegar al final del álbum. Allí, en un bolsillo de plástico traslúcido, había una foto que yo apenas recordaba haber puesto. Era de Liam y Theo, tal vez de dieciséis o diecisiete años. Estaban en el porche de esta misma casa, sentados en los escalones de madera. Ambos vestían pantalones cortos desgastados y camisetas holgadas. Liam, un poco más lleno en el rostro, sonreía directamente a la cámara con una confianza despreocupada. Theo, en cambio, estaba ligeramente girado hacia su hermano, no sonreía, pero su expresión no era seria; era intensa, concentrada, como si Liam fuera el único punto de luz en su universo. El hombro de Theo rozaba el de Liam, y el brazo de Liam estaba estirado por detrás de la espalda de Theo, con la mano descansando casi, pero no del todo, sobre la madera, en un gesto que podía ser casual o deliberadamente protector.

—Dios, éramos unos críos. —Murmuró Theo, pero su voz se había suavizado, perdiendo el dejo cínico.

Yo no podía dejar de mirar la foto. Era la evidencia física de lo que solo había intuido: una conexión que iba más allá de lo fraternal. La proximidad, la orientación del cuerpo de Theo, la mirada… Había una intimidad tan densa en esa imagen estática que casi se podía tocar.

—¿Quién la tomó? —Pregunté, casi en un susurro.

—Mi madre, creo. —Dijo Theo. Su dedo índice, calloso y largo, se posó sobre el plástico, justo en el espacio diminuto entre los dos hombros. —Un verano antes de que todo sé… complicara…

Tras escucharlo levanté la vista hacia él.

—¿Qué se complicó, Theo?

Él parpadeó, como si regresara de lejos, escapando de un infierno interno. Retiró el dedo de la foto y cerró el álbum con un golpe seco. El sonido fue como el portazo de una puerta en la habitación silenciosa.

—Cosas de adolescentes. Celos, expectativas, descubrir que el camino que te habían marcado no era el tuyo. —Espetó levantándose y seguidamente estirándose con una languidez que era puro teatro, un obvio mecanismo de defensa. —Liam eligió el camino recto. Yo me perdí por los senderos laterales. Es una historia común y corriente, un cliché que podrías encontrar en cualquier libro de bolsillo.

Pero no lo era. Lo sabía. Lo sabía por la forma en que su mirada se había aferrado a la foto, por el eco de dolor en su última frase. Lo sabía porque, al cerrar el álbum, había apartado no solo una imagen, sino una verdad incómoda.

—Debe ser extraño. —Sentencié sin rodeos, también poniéndome de pie, desafiando su retirada. —Verlo a él, vivir esta vida… sabiendo que podría haber sido tuya.

Entonces, Theo se detuvo, volviéndose lentamente. La luz le iluminaba ahora solo medio rostro, dejando la otra mitad en una sombra profunda. Era como ver a Liam partido en dos: la parte civilizada y la parte salvaje.

—No, Amelia. —Corrigió él, con su voz peligrosamente suave. —Esta vida nunca podría haber sido mía. Yo no hubiera podido construir esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba la habitación acogedora, la casa sólida, el matrimonio estable. —Pero eso no significa que no mire a veces… y no me pregunte cómo se siente estar dentro del cuadro, en vez de solo observarlo desde fuera.

Sus palabras me atravesaron. “Observarlo desde fuera”. Era exactamente lo que yo había estado haciendo desde su llegada. Y ahora, él me estaba diciendo que también se sentía así. Un extraño en la vida de su propio hermano.

Y como si alguien hubiera activado una alarma, se oyeron pasos bajando por las escaleras. Liam apareció en el umbral, con un lápiz detrás de la oreja y una leve arruga de concentración en la frente. La normalidad hecha persona.

—¿Todo bien aquí? —Preguntó, con su mirada yendo de Theo a mí y de regreso, buscando señales del campo de minas emocional en el que acababan de pisar.

—Perfectamente. —Dijo Theo, recuperando instantáneamente su tono despreocupado. —Amelia me estaba mostrando lo fotogénicos que eran sus padres. —Mintió su doble a medias.

Liam asintió, relajándose un poco.

—¿Una copa de whisky antes de dormir, Theo? Tengo un single malt que te gustará.

—Claro.

Los observé mientras Liam iba al aparador. Theo se acercó a la chimenea apagada, fingiendo observar las llamas que no estaban allí. La distancia entre ellos era física, pero la foto en el álbum, la confesión a medias, flotaba en el aire como humo. Había abierto una ventana a un cuarto que Liam mantenía cerrado con llave, y ahora el viento frío de ese pasado soplaba en su presente, trayendo consigo preguntas que no sabía si quería responder.

—Yo me retiro. —Anuncié, sintiendo la necesidad repentina de espacio, de aire que no estuviera compartido por los dos hombres. —Tengo sueño. —Alegué

Liam se acercó y me dio un beso rápido en la mejilla.

—Hasta mañana, cariño. Descansa

Theo, desde la chimenea, solo asintió con la cabeza, como una sombra con ojos verdes que la observaban mientras se alejaba.

Ya en el dormitorio, cerré la puerta y me apoyé contra ella. El álbum de fotos, inocente sobre la mesita del salón, ahora me parecía una caja de Pandora. Y ya había logrado ver, aunque solo fuera por un instante, el rostro del fantasma que habitaba en la grieta entre los dos hermanos. Un fantasma que tenía los ojos de Liam y la sonrisa triste de Theo. Y que, de alguna manera que no alcanzaba a comprender, me estaba mirando también a mí.

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