Capítulo 3 Futuro Irrevocable
El aire en nuestro dormitorio ya no era el de siempre. Olía a cera caliente y a anticipación, un perfume espeso que se me agarraba al paladar. Yo estaba quieta, apoyada contra el marco de la cama, observando cómo la penumbra acariciaba las espaldas desnudas de ellos dos. Liam, mi Liam, desabrochaba su camisa con los movimientos precisos que le conocía, pero había una lentitud deliberada, ceremonial, en sus gestos. Theo, su reflejo y su opuesto, se despojaba de su camiseta negra con un gesto más brusco, casi desafiante, pero en sus ojos—los mismos ojos verdes que veía cada mañana al despertar—detecté un destello de pánico, de una vulnerabilidad tan desnuda como su piel a punto de quedar al descubierto.
Liam extendió su mano hacia mí. No fue un gesto de marido que llama a su esposa. Fue una invitación a cruzar un umbral. Sentí el latido de mi corazón en las yemas de los dedos, en las sienes, en el lugar más íntimo de mi ser, ya húmedo y expectante. Al acercarme, el espacio entre los tres se cargó de electricidad estática, como si el aire mismo fuera a estallar en chispas.
Su primer beso fue para mí. Los labios de Liam, tan familiares, tan seguros, se posaron sobre los míos con una ternura que prometía hogar. Pero era un hogar al que ya no podía volver, no de la misma forma. Luego, sus manos, tan cálidas y firmes, me giraron el rostro. No hacia él, sino hacia Theo.
Y los vi besarse.
Fue como ver la consumación de un secreto que mi cuerpo había sabido antes que mi mente. La misma boca que acababa de estar sobre la mía, ahora se sellaba contra su duplicado exacto. No fue un beso de hermanos. Fue un beso de hambre reprimida, de años de miradas contenidas y toques que se retiraban demasiado pronto. El gemido que Liam soltó en la boca de Theo no lo había escuchado nunca, ni siquiera en nuestros momentos más íntimos. Era un sonido profundo, roto, que salía de un lugar oscuro y prohibido. Observé, hipnotizada, cómo las manos de Theo se hundían en el cabello negro de Liam, cómo sus cuerpos se buscaban como dos imanes que finalmente cedían a una fuerza inevitable. No sentí celos. Sentí vértigo. Y una excitación tan aguda que me dobló las rodillas.
Theo se separó, jadeando, y su mirada, vidriosa y ardiente, se posó en Liam. Luego bajó. Vi cómo sus manos, esas manos de artista que capturaban la belleza del mundo, temblaban levemente mientras desabrochaba el pantalón de mi marido. Y cuando inclinó la cabeza y tomó el pene de Liam en su boca, algo se rompió dentro de mí. Un último tabú, un último muro de lo que creía posible. Liam arqueó la espalda, al tiempo en que un gruñido gutural escapó de su garganta, y cerró los ojos con una expresión de éxtasis tan puro que era doloroso de contemplar.
Yo me quité la bata. No por pudor, sino porque mi piel clamaba por el aire, por participar de aquella ceremonia sagrada y profana. Necesitaba sentirme parte de ese circuito que veía formarse frente a mí.
Liam devolvió el favor con una devoción que era casi religiosa. Mientras su cabeza se movía entre las piernas de Theo, mi esposo me tendió un brazo. Y fue Theo quien me atrajo, quien me besó. Sus labios sabían a Liam, a sal y a deseo, y el sabor de mi marido en la boca de su hermano me provocó un mareo delicioso y prohibido. Fui yo quien los guio hacia la cama. Necesitaba tener el control, aunque fuera la ilusión de un instante.
Los tumbé a los dos, uno al lado del otro. Eran espejos perfectos y distorsionados. La misma piel, el mismo mapa de músculos, pero Theo estaba más bronceado, más marcado por el sol y las cicatrices de una vida sin red. Me monté en Liam, hundiéndome en él con un suspiro que era mitad alivio, mitad agonía. Él era mi puerto, mi ancla en aquel mar revuelto. Pero entonces sentí las manos de Theo en mis caderas, calientes y posesivas. Me inclinó hacia atrás hasta que mi espalda encontró su torso sólido. Su boca encontró la mía, y sus dedos, hábiles y precisos, bajaron por mi vientre hasta el lugar donde Liam y yo estábamos unidos.
“Aquí”, pensé, o quizás lo dije. Su tacto en mi clítoris, justo en el punto donde se unían nuestros tres cuerpos, fue una revelación. Un gemido se me ahogó en el beso de Theo, un sonido que pertenecía a los dos, a los tres.
—Theo. — Desde abajo, Liam jadeó su nombre.
Y ellos cambiaron de posición con una fluidez que hablaba de un entendimiento ancestral, de una conexión que iba más allá de la palabra. Theo se arrodilló junto a la cabeza de Liam, y ellos formaron un círculo perfecto de carne y deseo. Liam tomó a Theo en su boca al mismo tiempo que Theo hacía lo mismo con él. El sonido era obsceno, húmedo, el sonido de todos los límites derribándose.
Yo me moví, arrastrándome, colocándome sobre Theo mientras mi cuerpo todavía envolvía a Liam. Guie a Theo dentro de mi segundo portal, con un lento y ardiente descenso que me hizo gritar. Y así quedamos: un triángulo de carne sudorosa, un circuito cerrado donde cada uno daba y recibía. Liam a Theo, Theo a mí, yo a Liam. Era matemático. Era primitivo. Era la cosa más completa que había sentido en mi vida.
Miré hacia abajo, hacia el rostro de Liam, perdido en la doble sensación de chupar y ser chupado por su gemelo. En sus ojos entornados vi el abandono total, la rendición a un deseo que nos superaba a los tres.
El ritmo se volvió frenético, la cama era un tambor que marcaba nuestro fin. Sentí la tensión en el cuerpo de Theo, sus músculos de acero se crisparon bajo mis manos.
—Yo… no puedo… —Jadeó, y su voz fue un eco de la rendición que yo sentía venir.
—¡Juntos! —Rugió Liam, y su mandíbula se tensó.
Theo estalló dentro de mí, haciendo que una oleada de calor me inundara. Su espasmo fue la llave que abrió la compuerta en Liam, quien a su vez se hundió en mí una última vez, soltando un grito gutural que le desgarró el pecho. Y entonces me alcanzó a mí, una ola de puro éxtasis me arrancó de la realidad, sacudiéndome en espasmos incontenibles entre sus dos cuerpos, ahogada en un vértigo de sensaciones donde ya no podía distinguir quién era quién, qué mano era de quién, qué gemido salía de qué boca.
El silencio llegó después, pesado y dulce, roto solo por el jadeo colectivo. Poco a poco, el circuito se deshizo. Theo se desplomó a mi derecha, Liam a mi izquierda. Yo en el medio, todavía físicamente conectada a ambos, sintiendo sus semillas mezclarse dentro de mí.
La mano de Liam buscó la mía sobre mi pecho sudoroso. Y luego, su dedo meñique rozó y encontró la mano de Theo. Sus dedos se entrelazaron sobre mi piel, como un puente de carne sobre el territorio conquistado de mi cuerpo.
No hubo palabras. Ninguna habría sido suficiente. Solo el peso de lo que habíamos hecho, flotando en el aire cargado, tan real como el aroma a sexo, a cera derretida y a un futuro irrevocable. Éramos tres. Éramos uno. Éramos una sola sombra, alargada y retorcida, bailando en la pared al capricho de las llamas. Y por primera vez en mi vida, no supe dónde terminaba yo y empezaban ellos. Y esa incertidumbre, aterradora y gloriosa, fue lo más parecido a la libertad que había sentido jamás.
