ENTRE GEMELOS

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Capítulo 2 El Peso del Silencio y la Luz

La mañana siguiente llegó bañada en un sol demasiado brillante, que convertía el polvo flotante en partículas de oro y hacía que los recuerdos de la noche anterior parecieran un sueño febril. Al bajar las escaleras me encontré con el aroma a café recién hecho y a tostadas calientes. Liam, impecable como siempre, ya estaba en la cocina, hojeando un plano estructural en su tableta.

—Buenos días, cariño. ¿Dormiste bien?  —Preguntó enarcando una ceja inquisitivamente. Su voz era normal, su beso en la mejilla, rutinario. Demasiado normal.

—Sí… más o menos. Te escuché levantarte. —Dije, intentando que sonara casual mientras me servía café en una taza.

Liam no apartó la vista de la pantalla.

—Sí, Theo tenía un problema con el grifo del baño. Se atascó. Pero, ya está solucionado. También logré que vengan en la tarde a revisar los aires acondicionados para poder encenderlos. —La explicación era lógica, tersa, y me dejaba un resquicio de duda aún más grande que la sospecha inicial… ¿Por qué no me había despertado para ayudarle, como solía hacer con cualquier avería doméstica?

Fue entonces cuando Theo irrumpió en la cocina, llevando consigo una ráfaga de aire fresco y el olor a jabón con un olor a sándalo hipnótico.

—Buenos días. Espero no haber hecho demasiado ruido anoche. —Masculló.

Llevaba una camiseta holgada que dejaba ver los bordes de un tatuaje en su hombro, algo que Liam nunca tendría. Luego, sus ojos se posaron en mí un instante de más, como si esperara alguna reacción particular en mí.

—Ningún problema. —Respondí ignorando la intención de su mirada y el silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar.

El día transcurrió en una extraña tregua, hasta que llegaron los técnicos que arreglarían los aires acondicionados. Liam, para darle espacio a los técnicos propuso una caminata por el bosque que bordeaba la propiedad, alegando que era una actividad de sus veranos de la infancia. Theo accedió, y yo, pues los seguí, aún no sabía con certeza si me ocultaban algo, así que me quedaría observando de cerca.

En el bosque, la dinámica se transformó entre los hermanos sorpresivamente. La rigidez de Liam se suavizó entre los pinos y los robles familiares. Theo, por su parte, parecía más joven, más liviano. Se reían de viejas travesuras, terminando las frases del otro, señalando árboles trepados y rocas que fueron fortalezas. Era como ver a Liam desdoblado, con su lado más salvaje y despreocupado materializado en otra persona. Yo, en silencio, caminaba detrás, sintiéndome por primera vez, como la intrusa en un mundo de códigos compartidos, de historias escritas a dúo mucho antes de que apareciera en sus vidas.

En un claro, Theo se detuvo frente a un viejo roble.

—Aquí está. —Dijo, con su voz suave. Al tiempo en que, con el dedo, trazó unas iniciales toscamente talladas en la corteza de este: “L + T”. —Lo hicimos el verano que cumplimos trece… —Aclaró mirándome fijamente. No era una maestra interpretando señales, pero pudría jurar que sus ojos me gritaban algo que no lograba deducir.

Liam se acercó. Su hombro rozó el de Theo. No se apartaron.

—Creí que se habría borrado. —Afirmó a media voz.

—Algunas cosas no se borran, Liam. —Murmuró Theo, sin mirarlo. Y yo, expectante, contuve la respiración.

El sol filtrado por las hojas los cubría a ambos con el mismo patrón de luz y sombra, borrando sus diferencias, acentuando la duplicidad inquietante de sus figuras. Por un segundo, fueron uno. Luego, Liam dio un paso atrás, tosiendo levemente.

—Deberíamos regresar. Ya está oscureciendo. —Indicó bajando la cara como sintiéndose avergonzado.

Ya con los aires acondicionados funcionando, la cena fue, nuevamente, el escenario. Theo había cocinado, un cerdo picante al curry que Liam nunca hubiera intentado preparar. Hablaban de arquitectura, de los viajes de Theo, pero había una capa de tensión bajo la superficie, una corriente que tiraba de los tres hacia un centro desconocido. Yo bebí más vino de lo habitual, buscando en el tinto el valor que le faltaba para averiguar que carajos me ocultaban.

Fue Theo quien, al limpiar la mesa, dejó caer un plato. Se hizo añicos contra las losas de la cocina. Los tres nos agachamos al mismo tiempo para recoger los pedazos. Nuestras manos se encontraron entre los restos de cerámica blanca. La mía tocó la de Liam, que a su vez estaba sobre la de Theo. Entonces un circuito se cerró a nuestro alrededor, breve y electrizante. Levanté mi vista y encontré la mirada de Liam. En sus ojos, tan conocidos, no vi sorpresa ni negación. Vi reconocimiento, y algo más: una pregunta. Y, tal vez, una invitación.

Theo fue el primero en levantarse, rompiendo el contacto.

—Lo siento. —Musitó, con su voz áspera. —Siempre he sido torpe…

Pero la fractura ya no estaba solo en el plato. Estaba en el aire, en el silencio que llenó la casa después, más pesado que antes.

Después tomé una ducha, sintiendo el agua caliente como una caricia insuficiente sobre mi piel. Al salir, envuelta en una bata, fui por un vaso de agua y al bajar las escaleras me encontré a Liam solo en el salón, mirando las fotos familiares sobre la repisa de la chimenea que solo se usaba en el invierno.

—Liam. —Lo llamé, decidida a averiguar la verdad, pero sin saber muy bien qué iba a preguntar.

Él se volvió hacia mí. Su rostro estaba en sombras, pero la luz cálida le iluminaba los ojos con unos destellos atrapantes.

—Amelia… hay cosas… entre Theo y yo. Cosas que no se apagan. Por eso le pedí que viniera. —Musitó sin esperar a que comenzara a interrogarlo

—¿Qué cosas? —Indagué en un susurro.

Antes de que pudiera responder, Theo apareció en el umbral de la puerta. No dijo nada. Solo se quedó allí, apoyado contra el marco, observándolos a los dos. No era una intrusión, sino una presencia que completaba una ecuación.

Liam miró a su hermano, luego a mí. Y así, la tensión de los días, las miradas cargadas, el peso de lo no dicho, todo alcanzó un punto de ruptura silenciosa

Él extendió una mano hacia mí. No hacia Theo. Pero el gesto no fue una elección, era un puente.

Con el corazón martilleándome en los oídos, tomé su mano. Era cálida, firme, esa mano que conocía cada centímetro de mi piel. Pero cuando Liam me guio hacia el centro de la habitación, no me llevó solo a mí. Su otro brazo se extendió, en un gesto que era a la vez ofrenda y rendición, y su mano encontró la de Theo, que se despegó del marco de la puerta y se acercó.

Los tres quedamos de pie, formando un triángulo imperfecto e irrespirable en la penumbra calidez del salón. El crujido de la brisa contra los ventanales fue el único sonido que había en el lugar. Yo miré a un hombre, luego al otro. La misma boca, prometiendo cosas diferentes. El mismo pecado, el mismo deseo, gemelos en la sombra.

Fue Liam quien movió el primer hilo de la trama. Con una suavidad que me desarmó, inclinó su cabeza y besó a su hermano en los labios.

No fue un roce fugaz. Fue un beso profundo, hambriento, cargado de años de distancia y de una intimidad que trascendía lo comprensible. Yo solo los observé, paralizada, no por asco, sino por la brutal belleza del acto, por la rendición total que veía en la espalda de Liam, en la forma en que la mano de Theo se enredó en su cabello con un conocimiento antiguo.

Cuando se separaron, jadeantes, Theo volvió su rostro, brillante y vulnerable, hacia mí. Y Liam, sin soltar la mano de ninguno de los dos, murmuró contra los labios de su hermano, pero con los ojos clavados en los míos:

—¿Ves?

Era una pregunta, una confesión y un punto de no retorno. La tormenta que había sentido en el aire desde la llegada de Theo, por fin, había roto el dique. Y nosotros estábamos justo en el ojo del huracán, a merced de un viento que no sabíamos si nos destruiría o nos llevaría a una orilla completamente nueva.

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