ENTRE GEMELOS

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Capítulo 1 Huéspedes del Verano

El verano estaba en su pleno apogeo, con el sol brillando, los pájaros cantando y la brisa fresca y ligeramente calurosa que invitaba a sentarse a tomar el sol en una tumbona, bajo una sombrilla y tomando un coctel refrescante. Al menos es lo que yo deseaba en ese momento.

La casa de campo en Willow Creek de los Winchester había pertenecido a la familia de Liam durante tres generaciones. Olía a madera de cedro envejecida, a sol en las cortinas de lino fino y a los recuerdos de veranos infinitos cargados de risas y acogimiento eterno. Para mí, ese aroma significaba paz. Significaba escapar de la ciudad, de mi larga y estresante rutina, de mis deadlines como editora Freelance y del ritmo monótono que, tras cinco años de matrimonio, empezaban a sentirse menos como una comodidad y más como una leve asfixia que guardaba para mí misma.

Liam, con su practicidad de arquitecto, revisaba los cerrojos de las ventanas del porche, mientras yo lo acompañaba intentando estar allí en caso de que necesitara apoyo.

—La tormenta de la semana pasada debe haber soltado este gozne… —Comentó, su voz fue un rumor familiar contra el coro de los primeros grillos que anunciaban el crepúsculo.

Yo solo me limité a asentir, observando el perfil de mi marido contra la luz dorada del atardecer. Liam era un hombre hermoso, de rasgos sólidos y una calma que había sido mi ancla desde siempre. Pero últimamente, anhelaba una ola que me sacudiera, una corriente que rompiera con la placidez de mi océano interior.

De repente, el rugido de una motocicleta acercándose a la propiedad cortó el silencio campestre del lugar. Un sonido áspero, fuera de lugar. Al instante pude ver cómo la espalda de Liam se tensaba, casi imperceptiblemente, antes de relajarse y esbozar una sonrisa genuina y a la vez sorprendida.

—Debe ser Theo. —Dijo Liam, limpiándose las manos en su pantalón de mezclilla.

Theo. El hermano gemelo de Liam. La sombra que rara vez se mencionaba. Yo solo lo había visto en fotografías viejas: tiene la misma sonrisa que la de Liam, pero con el pelo más largo, los ojos más claros (¿O era la luz de la foto?), y una cicatriz fantasma en la ceja derecha donde Liam tenía un lunar. Sabía que por razones desconocidas ellos se habían distanciado, tuvieron un desacuerdo años atrás sobre el manejo de la herencia familiar, sobre estilos de vida opuestos... No recuerdo bien, Liam prefería no hablar demasiado de ello. Pero lo que sí sabía con certeza es que ambos son muy diferentes. Theo, el nómada, el fotógrafo que recorre países inestables; Liam, el constructor, el esposo modelo que echaba raíces.

La moto se detuvo levantando un pequeño remolino de polvo. El hombre que se bajó era, y no era, Liam. Llevaba el mismo metro ochenta y cinco de altura, la misma estructura ósea ancha, pero donde Liam irradiaba una estabilidad serena, Theo emanaba una energía cinética y misteriosa, contenida pero palpable. Su cabello negro azabache era más largo, desordenado por el viento y el casco. Su piel estaba más curtida por el sol. Y sus ojos, del mismo tono verde brillante que los de Liam, pero los suyos no sostenían la mirada con la misma paciencia; la retaban, la escudriñaban, como los de un depredador que estudia las debilidades de su presa.

—Hermano. —Dijo Theo, su voz era un poco más áspera, con un dejo de acento adquirido en ningún lugar y en todos.

Seguidamente se abrazaron, fue un abrazo breve, pero fuerte, de espaldas que se palmeaban como si de una coreografía gastada se tratase. Sin Embargo, en ese momento, hubo una corriente eléctrica en el aire, como una mezcla de tensión y afecto reprimido.

—Theo, esta es Amelia. —Indicó mi esposo al presentarme, con un orgullo tranquilo.

Theo instantáneamente tomó mi mano. No fue un apretón, sino una ligera presión, sus dedos eran calientes y callosos.

—La famosa Amelia. Liam solo deja de hablar de ti cuando está respirando… Encantador… pero agobiante —Bromeó con su sonrisa más desenvuelta, más cargada que la de Liam. Fue repentino, pero al instante sentí un calor inesperado subirme por el cuello, erizándome la piel en segundos.

La cena fue una coreografía extraña. Theo nos contaba historias de mercados en Estambul, de desiertos en Namibia, de conflictos fronterizos donde había estado “solo para hacer fotos, nada heroico”. Liam escuchaba, haciendo preguntas puntuales, mientras que cada tanto su pie tocaba el mío bajo la mesa en un gesto de búsqueda de normalidad. Yo, sin embargo, no podía dejar de observar las similitudes y diferencias en ellos. El mismo modo de llevarse el tenedor a la boca, pero la muñeca de Theo estaba adornada con un cordón gastado, mientras la de Liam con un reloj de pulsera elegante. La misma cadencia en la risa, pero la de Theo era más explosiva, menos filtrada.

Theo nos mostró su cámara, tenía imágenes impresionantes de paisajes y rostros marcados por la vida. En una, una mujer anciana sonreía con ojos que habían visto demasiado.

—Capturas el alma de las personas. —Murmuré impresionada.

—Intento. A veces, lo que queda al descubierto no siempre es cómodo de ver. —Respondió Theo mirándome directamente a los ojos.

Entonces, Liam bostezó, ¿Se trataba de un bostezo real o solo era una cortina que usaba como excusa al sentirse celoso por mi fascinación?

—Se hace tarde… —Anunció Liam seguidamente. —Te acomodamos en la habitación del ala este, Theo. Tiene su propio baño. —Continuó mirándolo a los ojos con una intensidad que no pasó desapercibida.

¿Será real esa conexión entre gemelos que no necesitan comunicar lo que sienten con palabras para entenderse?

(***)

Más tarde, en la cama de su habitación, con Liam ya respirando profundamente a mi lado, yo no podía dormir, a pesar de tener los ojos cerrados desde hacían horas. De repente, la casa crujió, como haciéndose a la nueva presencia. Frustrada, Me levanto quitándome el antifaz de seda y me siento de golpe, descubriendo que Liam no estaba allí. Ni siquiera sentí cunado se levantó.

Asumiendo que solo fue al baño, decido ir a la cocina para buscar un vaso de agua para refrescarme un poco, me sentía realmente acalorada. Pero, al pasar por el largo pasillo rumbo a la habitación principal, veo una rendija de luz al costado de la puerta de la habitación de invitados, estaba entreabierta. “Es de madrugada y tuvo un viaje largo, ¿Por qué Theo estaría despierto?”, pensé confundida.

Con curiosidad, me asomo sigilosamente sin hacer ruido y pude ver sombras en la pared al otro lado de la habitación. Dos figuras de idéntica estatura, de pie, muy cerca. No podía oír sus palabras, solo el murmullo grave y duplicado. Uno era Liam. Se encontraba allí y no en el baño. “¿Por qué a esta hora?”, me pregunté internamente confundida. Las sombras no se movían con ira, sino con una intensidad quieta, cargada. Entonces vi el perfil de uno de ellos inclinarse, el otro también hizo lo mismo. Por un segundo, una fracción de segundo suspendida en el tiempo y la penumbra, me pareció que las siluetas se fundían, que los contornos de ambos se tocaban de un modo que no era un abrazo fraternal.

Mi corazón dio un vuelco contra mis costillas. Parpadeé estupefacta soltando un suspiro sonoro involuntario, y las sombras se separaron. La luz bajo la puerta se apagó. Fue lo último que vi antes de alejarme rápidamente de allí.

De vuelta en la cama, dejé el vaso con agua helada sobre la mesita de noche y de inmediato me tumbé en la cama y me coloqué el antifaz fingiendo estar dormido. Un par de minutos después, Liam entró a la habitación de puntillas y se recostó a mi lado, pero elegí seguir fingiendo que estaba dormida. “Seguro es por el insomnio, estás imaginando locuras”, me repetía a mí misma en mi cabeza.

—Cariño… ¿Estás despierta? —Preguntó Liam en un susurro.

No respondí, ni me moví, solo respiré tan tranquila como mi cuerpo me lo permitía.

El silencio de la casa ya no era paz. Era la calma profunda y expectante que precede a la tormenta. El aire olía a cedro, a sol pasado, y a algo más, algo eléctrico y desconocido que había entrado en mi verano con el rugido de una motocicleta. No sabía qué había visto, o qué había imaginado ver en el juego de sombras. Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía asfixia. Sentía el vértigo de estar al borde de un acantilado, con el viento soplando fuerte, anunciando un cambio en el tiempo.

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