Entre el Plomo y la Sangre

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Capítulo 7 Sangre en la Vía

El dolor en el hombro le quemaba a Alma como si le hubiesen pegado un hierro al rojo vivo. Tirada en el suelo polvoriento del galpón, veía el cielo de La Guaira dar vueltas mientras el sonido de los disparos se escuchaba lejano, como si estuviera sumergida bajo el agua. Su blusa blanca se teñía rápidamente de un rojo espeso.

—¡Alma! ¡Quédate conmigo, mírame! —la voz de Asher la trajo de vuelta a la realidad.

El médico llegó a su lado arrastrándose, olvidándose del peligro y de los casquillos de bala que rebotaban cerca. Con las manos manchadas con la sangre del escolta anterior, presionó con fuerza la herida de Alma. Ella soltó un gemido ahogado, apretando los dientes para no gritar.

—Cálate tu dolor, princesa, pero no me cierres los ojos —le ordenó Asher, con esa voz de mando que usaba en emergencias y que no aceptaba réplicas.

Afortunadamente, los muchachos de Héctor lograron contener el ataque. Carlos, que venía en otra camioneta de respaldo, entró al patio repartiendo plomo y obligando a los atacantes heridos a montarse en sus carros y huir chillando las llantas. El callejón quedó en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los quejidos de los heridos y el olor a pólvora quemada.

Carlos se bajó del vehículo como un loco, con la pistola en la mano y la cara pálida al ver a su hermana en el piso.

—¡Mierda, Alma! ¡¿Qué pasó aquí?! —gritó, arrodillándose al lado de ellos—. Doctor, dígame algo, ¿está viva?

—Está viva, pero la bala sigue adentro y está perdiendo demasiada sangre —respondió Asher sin perder el control—. No podemos llevarla a un hospital público, la policía se va a meter de una vez. Hay que subir a Caracas ya. Ayúdame a montarla en la camioneta blindada.

Carlos, temblando de la impotencia, agarró a su hermana por las piernas mientras Asher la sostenía por la espalda. La subieron con cuidado al asiento trasero. Asher se metió con ella, mientras Carlos tomaba el volante, metía la marcha y salía del galpón quemando caucho rumbo a la autopista.

El viaje de regreso a Caracas fue una carrera contra el tiempo. Carlos manejaba como un demente, esquivando camiones y metiéndose por el hombrillo subiendo Tazón. Atrás, el panorama era crítico. Asher se había quitado la camisa para usarla como un vendaje de compresión improvisado, intentando frenar la hemorragia.

Alma abrió los ojos a medias. La arrogancia se le había evaporado por completo; se veía pequeña, pálida y con los labios resecos.

—Asher... —susurró con dificultad, buscando la mano del médico—. No me dejes morir, vale... Tengo miedo.

A Asher se le encogió el corazón. Esa mujer que horas antes le gritaba que no sabía un coño de la vida, ahora se aferraba a él como un niño asustado. El médico le apretó la mano con fuerza, transmitiéndole toda la seguridad que podía, aunque por dentro él también estaba rezando.

—No te vas a morir, Alma. Te lo prometo. Has aguantado cosas peores, una balita no te va a tumbar a ti —le dijo con una sonrisa tierna, limpiándole el sudor de la frente con la mano limpia—. Quédate conmigo, piensa en Héctor, piensa en tu casa.

—Héctor me va a matar... por perder la mercancía... —deliró ella por el dolor.

—A Héctor no le importa ninguna mercancía, le importas tú. Así que respira despacio.

Cuando por fin llegaron a la mansión, el caos se apoderó del lugar. Héctor, al ver entrar a su hermana cargada por Asher y cubierta de sangre, casi sufre un infarto. La furia del capo hacía temblar las paredes.

—¡¿Qué coño pasó en la Guaira?! ¡Les dije que la cuidaran! —rugió Héctor, pateando una mesa.

—¡Cállate la boca y muévete, Héctor! —le gritó Asher, sorprendiendo a todos los malandros de la sala. Nadie le gritaba al jefe, pero en ese momento, el doctor era el que mandaba—. Necesito que limpien la mesa del comedor ya. Traigan alcohol, agua hervida, sábanas limpias y todas las lámparas que tengan. ¡Muévanse si quieren salvarla!

El tono de Asher fue tan imponente que el mismísimo Héctor tragó grueso y empezó a dar órdenes a sus hombres para armar un quirófano improvisado en el comedor.

Asher se lavó las manos a la velocidad de la luz y abrió su maletín médico. El pulso, que siempre había sido de acero, le tembló por un microsegundo al ver a Alma tendida en la mesa, semiconsciente. No era un paciente cualquiera; era la mujer que lo había besado con desesperación la noche anterior. Pero se obligó a respirar hondo, se colocó los guantes y recuperó la mente fría del cirujano.

—Te voy a poner anestesia local, Alma. Va a doler un poco cuando busque el proyectil, pero necesito que te quedes muy quieta —le susurró al oído.

Alma solo pudo asentir con la cabeza, clavándole las uñas a la madera de la mesa.

Durante cuarenta minutos que parecieron siglos, Asher trabajó con precisión milimétrica bajo la mirada tensa de Héctor y Carlos, que vigilaban desde la puerta. Con las pinzas, el médico fue entrando en el tejido herido, buscando el metal. El sudor le corría por la frente. Por fin, un sonido metálico resonó en el envase de acero: la bala de nueve milímetros había salido.

Asher suspiró aliviado, limpió la zona y comenzó a coser con una sutura perfecta.

—Listo. La bala no tocó ninguna arteria principal ni el hueso. Tuve suerte —dijo Asher, secándose el sudor con el antebrazo.

Héctor se acercó, mirando a su hermana que ya descansaba más aliviada gracias a los analgésicos. El capo miró al médico, le puso una mano pesada en el hombro y, con la voz quebrada, le dijo:

—Doctor... me salvaste a mí en el cerro y ahora me salvas a la carajita. La verdad es que no sé cómo pagarte esto, hermano. Eres de la familia, oíste. Lo que tú quieras, me lo pides.

Asher miró a Héctor y luego a Alma, que se estaba quedando dormida en la mesa.

—Solo quiero que la dejen descansar —respondió Asher en voz baja—. Y que entiendan que la violencia de este negocio tarde o temprano les va a pasar factura a todos.

Más tarde esa noche, cuando la casa volvió a la calma, Asher entró al cuarto de Alma para revisar que no tuviera fiebre. Ella estaba despierta, mirando fijamente al techo. Al ver entrar al médico, esbozó una sonrisa débil.

—Gracias, doctorcito... De verdad me salvaste la vida. Y perdón por lo que te dije en la camioneta.

Asher se sentó en el borde de la cama y le tomó el pulso.

—No tienes que pedir perdón, Alma. Solo me alegra que estés bien.

Se quedaron mirándose en silencio, con una complicidad que ya no se podía ocultar. Asher se inclinó y le dio un tierno beso en la frente. Lo que ninguno de los dos sabía, y que cambiaría sus vidas para siempre, es que los mareos y las náuseas que Alma había sentido esa mañana en la autopista no eran por los nervios del viaje... sino el primer síntoma de los morochos que ya venían en camino.

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