Capítulo 6 Bajando a la Guaira
El aire acondicionado de la camioneta blindada zumbaba con fuerza, pero no lograba enfriar la tensión que se respiraba en el habitáculo.
Ninguno de los dos había dicho una sola palabra desde que salieron de la mansión en Caracas. El silencio era espeso, casi asfixiante, cargado con el recuerdo del beso clandestino que se habían dado en la oscuridad de la sala. Alma carraspeó, rompiendo la tensión con su habitual tono cortante.
—Te lo repito por si no te quedó claro en la casa, doctorcito: allá abajo tú te quedas quieto en el carro. No hablas, no miras a nadie y no te la tiras de héroe. Esa gente de los muelles no juega carrito, y si ven a un extraño con cara de asustado preguntando pendejadas, son capaces de meterte en un container y mandarte a China.
Asher soltó una risa seca, sin apartar los ojos del paisaje.
—Quédate tranquila, señorita Alvarado. No tengo ninguna intención de ganarme un enemigo nuevo hoy. Solo estoy aquí porque tu hermano me obligó. Por mí, estaría metido en mi dispensario atendiendo gente que de verdad lo necesita, no escoltando contrabando.
—¡Ay, por favor! —exclamó Alma, dándole un golpe seco al volante con la palma de la mano—. ¿Vas a empezar otra vez con el discursito de Robin Hood? Entiende que estás vivo gracias a este "contrabando" y a los monstruos que tanto criticas. Un poquito de por favor, Asher.
—Una cosa es estar agradecido porque me mantengan respirando, y otra muy diferente es que me tenga que gustar lo que hacen —respondió el médico, volteándose por fin para mirarla de frente. Se fijó en cómo apretaba la mandíbula—. Además, sigo pensando lo que te dije anoche. Te pones esa máscara de tipa mala para convencerte a ti misma, pero cada vez que hablas del negocio, te pones rígida como un poste. Te pesa, Alma.
Alma sintió un frío en el estómago. Frenó la camioneta de golpe en el hombrillo de la autopista, justo antes de entrar al primer túnel. Los neumáticos chillaron contra el asfalto. Se quitó los lentes oscuros con un movimiento violento y se inclinó hacia él, con los ojos encendidos en rabia.
—¡Ya basta, Asher! —siseó, con la voz temblando ligeramente—. Lo que pasó anoche fue un error, una debilidad por culpa de la tormenta y el apagón. No te equivoques conmigo ni te creas que tienes el derecho de meterte en mi cabeza. En este mundo, el que se ablanda termina tres metros bajo tierra. Si yo soy así, es porque tengo que proteger a los míos. Así que te me callas la boca y te guardas tus análisis de psicólogo de pacotilla.
Asher la sostuvo la mirada, a solo centímetros de su rostro. Podía ver el labial rojo perfecto, pero también el ligero temblor en sus pestañas. El espacio se sintió peligrosamente pequeño.
—Está bien —dijo Asher en un susurro, bajando la intensidad—. No hablo más. Pero los dos sabemos que la tormenta no fue la única culpable.
Alma tragó grueso, sintiendo que el aire le faltaba. Sin responder, se colocó los lentes de nuevo, metió la velocidad y aceleró a fondo, adentrándose en la oscuridad del túnel.
Veinte minutos después, la camioneta ingresaba a la zona portuaria de La Guaira. El calor costero los golpeó de inmediato, pegajoso y pesado. Alma guio el vehículo hacia unos almacenes viejos y apartados del muelle principal, un lugar que olía a salitre, pescado podrido y aceite de motor. Aparcó detrás de un enorme galpón de láminas de zinc oxidadas.
Afuera ya esperaban tres hombres de la organización de Héctor, vestidos con ropa deportiva y gorras bajas, vigilando los alrededores. Al ver la camioneta de la jefa, el que parecía el líder se acercó de inmediato, limpiándose el sudor de la frente con un trapo.
—Epa, señorita Alma, todo fino —saludó el hombre, mirando de reojo a Asher con desconfianza—. La mercancía ya está abajo, los contactos de la aduana ya cobraron lo suyo y abrieron el contenedor. Pero hay un detalle...
Alma bajó del carro, adoptando al instante su postura de reina implacable. Caminó con paso firme, ignorando el calor.
—¿Qué detalle, bicho? Habla claro y raspao que no tengo todo el día para estar metida en este horno —le espetó con arrogancia.
—Bueno, jefa... los informantes dicen que unos motorizados de la banda rival andaban dando vueltas por la principal hace media hora. Parece que se enteraron del movimiento.
Alma sintió una punzada de alarma, pero ni pestañeó.
—Que se activen los muchachos entonces. Sacamos las cajas rápido, las metemos en las camionetas y nos largamos de aquí antes de que se arme el saperoco. Muevan ese esqueleto.
Asher se quedó dentro de la camioneta, tal como le habían ordenado, observando el movimiento a través de los vidrios ahumados. Veía cómo los hombres cargaban cajas pesadas de madera hacia otra camioneta pick-up. La tensión en el ambiente era palpable; los escoltas no soltaban las manos de las cinturas, donde ocultaban las pistolas.
De repente, el sonido que todos temían rompió la pesadez de la tarde: el rugido ensordecedor de varios motores de alta cilindrada aproximándose a gran velocidad por el callejón de tierra del galpón.
—¡Emboscada! ¡Plomo, coño! —gritó uno de los escoltas.
Antes de que Alma pudiera reaccionar y sacar su Glock, una ráfaga de ametralladora impactó contra el portón de zinc del almacén, haciendo un ruido infernal de metralla. Dos camionetas viejas entraron derrapando al patio, y de ellas bajaron hombres armados disparando a diestra y siniestra.
Los hombres de Alma respondieron al fuego de inmediato, desatando una balacera brutal en el espacio cerrado del estacionamiento. Las balas pasaban zumbando, rebotando contra las estructuras metálicas y rompiendo los parabrisas de los vehículos cercanos.
Alma se lanzó al piso detrás de una pila de paletas de madera, disparando con frialdad contra los atacantes. Pero la superioridad numérica del enemigo era evidente. Uno de los escoltas de la familia cayó al suelo herido, gritando de dolor mientras la sangre manchaba la tierra.
Asher, dentro del vehículo blindado, vio la escena con horror. El instinto médico le gritó que no podía quedarse de brazos cruzados viendo morir a alguien. Olvidando las advertencias de Alma, abrió la puerta de la camioneta y se bajó, arrastrándose por el suelo polvoriento en medio del fuego cruzado para llegar hasta el escolta herido.
—¡Asher! ¡¿Qué coño haces?! ¡Vuelve al carro, pedazo de demente! —le gritó Alma desesperada, al verlo exponerse de esa manera, sintiendo que el corazón se le salía del pecho, no por el tiroteo, sino por el miedo puro de que una bala alcanzara al médico.
Asher ignoró el grito. Llegó hasta el muchacho, que sangraba profusamente por la pierna. Con las manos desnudas, le rasgó el pantalón y presionó la arteria para evitar que se desangrara, manteniéndose agachado mientras el plomo pasaba a pocos centímetros de su cabeza.
En ese instante, uno de los atacantes vio a Asher indefenso y lo apuntó directamente con un escopetín, dispuesto a rematarlo. Alma, al ver la escena, sintió que el mundo se detenía. Una furia ciega y un pánico terrible la invadieron. Se asomó por encima de las maderas, exponiendo su propio cuerpo, y le metió tres tiros certeros al atacante antes de que pudiera jalar el gatillo. El tipo cayó seco al suelo.
Sin embargo, el descuido le costó caro. Otro de los delincuentes aprovechó el momento en que Alma quedó descubierta y disparó una ráfaga en su dirección.
Alma sintió un golpe ardiente y violento en el hombro izquierdo que la lanzó hacia atrás contra el piso. Soltó la pistola y se llevó la mano a la herida, sintiendo la sangre caliente empaparle la blusa de seda blanca, mientras la vista se le empezaba a nublar por el dolor.
—¡Alma! —gritó Asher, viendo cómo la mujer de hierro caía herida en medio del caos.
