Entre el Plomo y la Sangre

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Capítulo 5 El Filo de la Noche

La oscuridad de la mansión era total, densa como una boca de lobo, Alma estaba pegada al pecho de Asher. El médico sentía el corazón de la mujer latiendo como el de un pájaro atrapado, un repique frenético que tumbaba cualquier mentira sobre su supuesta fortaleza. Por un segundo, ella se quedó inmóvil, aferrada a la franela de Asher como si fuera el único poste firme en medio de un deslave.

Asher no la empujó, ni se burló. Al contrario, la rodeó con sus brazos de manera instintiva, sintiendo lo pequeña y frágil que era en realidad sin sus tacones altos y sus miradas de reina. El olor de su cabello, libre de laca y químicos, era suave.

—Tú... tú no viste nada, ¿entendiste? —le espetó con la voz rota, pero intentando sonar amenazante—. Te me largas para tu cuarto ya. Si le llegas a decir una sola palabra de esto a Carlos, a Héctor o a cualquiera de los muchachos, te juro por la memoria de mis viejos que no cuentas el cuento.

Asher la miró fijamente, cruzándose de brazos. Ya no sentía rabia por su arrogancia; ahora solo sentía una profunda compasión.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con ese teatro, Alma? —preguntó él con tranquilidad, dando un paso hacia ella—. No le voy a decir nada a nadie, no soy un chismoso. Pero deja de fingir conmigo. Estás cansada de cargar con este muerto, se te nota en la cara. No tienes que ser la mujer de hierro las veinticuatro horas del día.

—¡Tú no sabes un coño de mi vida! —gritó ella, perdiendo los papeles por completo. Las lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez eran de pura impotencia—. ¡Tú no sabes lo que es despertarse todas las mañanas pensando a cuál de tus hermanos van a traer en una bolsa de plástico! ¡No sabes lo que es tener que mirar feo a la gente para que no vean que te estás muriendo de miedo por dentro! Desde que mataron a mis papás, Héctor me pidió que fuera fuerte, que no demostrara debilidad ante nadie porque en este negocio, al que ven flojo, lo aplastan. Así que sí, doctorcito, soy una tipa dura porque no me queda de otra. Si me quiebro, nos matan a todos.

Asher guardó silencio, dejando que el eco de sus palabras se apagara en la enorme sala. La verdad había salido a flote sin frenos. Se acercó despacio, acortando la distancia entre los dos hasta que estuvo a menos de un palmo de su rostro. Alma levantó la barbilla, desafiante, pero no se movió.

—Eso no es ser fuerte, Alma. Eso es estar presa —dijo Asher con suavidad, extendiendo una mano con timidez. Con la yema de los dedos, le acarició la mejilla, secándole una lágrima rezagada. El contacto físico fue eléctrico; Alma contuvo el aliento, abriendo los ojos de par en par—. Ser fuerte es aceptar que tienes miedo y seguir adelante sin tener que pisotear a los demás para demostrar que vales.

Alma sintió que el suelo se le movía. La calidez de los dedos de Asher en su piel la hizo estremecer. Nadie la había tocado nunca con tanta delicadeza, sin intenciones ocultas, sin buscar el poder de su apellido. Por un segundo, la arrogancia de la princesa del cartel desapareció por completo, dejando ver a la muchacha de veinticinco años que solo buscaba un refugio en medio de la tormenta.

Fue Alma quien rompió la última barrera. Avanzó el paso que faltaba, agarró a Asher por el cuello de la franela y lo jaló hacia ella, pegando sus labios a los de él con una desesperación salvaje, hambrienta, como quien busca salvarse de un naufragio. Asher respondió de inmediato, rodeándole la cintura con sus manos grandes, pegándola a su cuerpo mientras el beso se volvía profundo, cargado de toda la adrenalina, la rabia y el deseo reprimido de esos días de encierro. Era un beso prohibido, un choque de mundos que no debían cruzarse, pero en ese rincón de la mansión, bajo la luz artificial, nada de eso importaba.

Se separaron jadeando, con las frentes pegadas. Alma lo miró con los ojos empañados, asustada de lo que acababa de hacer. Había cruzado una línea de la que no había retorno.

—Esto no pasó, Asher —susurró ella, retrocediendo un paso, con la voz temblorosa—. Esto es una locura. Si Héctor se entera... nos mata a los dos. Olvídate de esto.

Sin dejar que el médico dijera una sola palabra, Alma se dio la vuelta y subió las escaleras corriendo, perdiéndose en la penumbra del segundo piso. Asher se quedó parado en medio de la sala, con el sabor de sus labios todavía en la boca y el corazón latiendo a mil por hora, sabiendo que se había metido en la boca del lobo por voluntad propia.

A la mañana siguiente, el ambiente en la casa era más denso que de costumbre. Asher bajó temprano a revisar a Héctor, intentando mantener la mente fría. El capo ya estaba sentado en un sillón de la habitación, revisando unas cuentas en una tableta junto a Carlos y dos de sus hombres de confianza.

—¡Epa, doctor! Pasa adelante, hermano —saludó Héctor con un tono animado, aunque todavía se le notaba el cansancio en el rostro—. Estaba hablando aquí con el menor. Ya me siento fino, ese remedio que me pusiste anoche me asentó el estómago. Eres un tiro, vale.

—Es mi trabajo, Héctor. Solo asegúrate de no hacer fuerzas —respondió Asher, revisándole los puntos con profesionalismo.

En ese momento, la puerta se abrió y entró Alma. Asher sintió que el pulso se le aceleraba, pero se obligó a mantener la vista en la herida de Héctor. Alma venía vestida con un traje de sastre impecable, el cabello perfecto y el labial rojo de siempre. Volvía a ser la reina de hierro. No miró a Asher ni una sola vez, actuando como si el médico fuera transparente.

—Héctor, tenemos un problema —dijo Alma, con una voz fría que no dejaba traslucir nada de la vulnerabilidad de la noche anterior—. Los informantes del barrio dicen que la gente del este está reuniendo armas. Saben que estás vivo y que te estás recuperando aquí. Están planeando algo grande.

Héctor frunció el ceño, dejando la tableta a un lado. Su rostro se volvió sombrío, el aura de jefe criminal regresando de golpe.

—Esos carajos no aprenden. Bueno, vamos a mover las fichas. Carlos, activa a la gente de Petare. Que vigilen los accesos. Y tú, Alma, quiero que vayas personalmente a supervisar la entrega de mercancía que llega hoy por la Guaira. No podemos descuidar el negocio por este susto.

—Entendido —respondió ella, dándose la vuelta para salir.

Antes de cruzar la puerta, Héctor levantó la voz.

—¡Ah! Y llévate al doctor contigo.

Alma y Asher se congelaron al mismo tiempo. El médico levantó la vista, sorprendido, mientras Alma se volteaba lentamente con una ceja levantada.

—¿Para qué me voy a llevar al matasanos a una entrega de mercancía, Héctor? Eso es peligroso, ese tipo no sabe ni agarrar una pistola —protestó ella, intentando ocultar los nervios que le causaba la idea de estar a solas con él en un carro.

—Se lo lleva porque todavía tengo los puntos frescos y si a mí me da un yeyo aquí solo con Carlos, me muero —explicó Héctor con firmeza—. Además, en la Guaira la cosa está caliente. Si hay plomo, prefiero que mi médico personal esté cerca de ti por si acaso. Lévatelo, Alma. Es una orden.

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