Capítulo 4 La Jaula de Oro
El capo de la mafia dormía plácidamente, conectado a los monitores de última generación que marcaban un ritmo cardíaco estable y fuerte. Asher le revisó las pupilas, chequeó el drenaje del pulmón y anotó los datos en una carpeta. Todo marchaba según lo previsto; el hombre tenía una constitución de roble. Al voltearse para salir, se topó de frente con la última persona que quería ver a esa hora de la mañana.
Alma estaba apoyada en el marco de la puerta. Llevaba unos jeans ajustados, una blusa blanca de seda que resaltaba su piel morena y unos lentes oscuros colgados del escote. Tenía una taza de café en la mano y lo miraba con esa habitual sonrisita de superioridad que a Asher le revolvía el estómago.
—Buenos días, doctorcito. Veo que madrugaste. ¿Cómo amaneció el paciente más importante de tu vida? —preguntó ella, dando un sorbo a su café y entrando a la habitación con paso felino.
—Amaneció bien, señorita Alvarado. Su hermano está fuera de peligro inmediato, la infección está controlada y el pulmón está respondiendo —respondió Asher con un tono seco y profesional, manteniendo las distancias—. Ya cumplí con mi parte. Mi paciente está estable. Así que ya me puedo ir, ¿no? Tengo gente en el barrio que sí me necesita por razones nobles.
Alma soltó una risita burlona, negando con la cabeza como si estuviera hablando con un niño inocente. Se quitó los lentes oscuros y lo miró fijamente con sus ojos negros y afilados.
—¿Irte? ¿Tú eres pendejo o te la tiras, Asher? Te lo dijo Héctor anoche y te lo repito yo hoy: tú de aquí no sales hasta que nosotros lo decidamos. Eres el médico de confianza de la familia ahora. Además, si pisas la calle, los bichos de la banda rival te van a dar pasaporte antes de que llegues a la esquina. Así que bájale dos a tu orgullo de Robin Hood y asume tu realidad. Estás atrapado aquí con los monstruos.
Asher sintió que la rabia le encendía la cara. Dio un paso adelante, quedando tan cerca de ella que podía oler su perfume costoso, un aroma a rosas y pólvora que lo desconcertaba.
—A mí no me hables así, Alma —le dijo, bajando la voz pero cargándola de una intensidad que hizo que la sonrisa de ella se borrara por un segundo—. Yo no soy uno de tus escoltas, ni uno de los malandros que te rinden pleitesía. Estoy aquí a la fuerza, salvándole la vida a un criminal. No me pidas que me alegre o que te dé las gracias por tenerme secuestrado en tu castillo.
—Vas a tener que aprender a morderte la lengua, doctorcito —amenazó ella, aunque su voz no sonó tan firme como de costumbre—. Aquí las cosas se hacen a mi manera. Hoy te toca quedarte en el ala norte de la casa. Si necesitas algo, se lo pides a los muchachos. Y ni se te ocurra acercarte a las cercas eléctricas si no quieres terminar achicharrado.
Ella se dio la vuelta para retirarse, pero antes de salir, Asher soltó un comentario que la golpeó directo en el talón de Aquiles.
—Ayer vi cómo te temblaban las manos, Alma. Vi la lágrima que te limpiaste cuando pensaste que nadie te miraba. Puedes engañar a toda Caracas con tu papel de reina de la mafia, pero a mí no. Debajo de esa máscara de tipa dura, estás muerta de miedo.
Alma se congeló en seco. Sus hombros se tensaron tanto que parecieron de piedra. Se volteó lentamente, con el rostro desfigurado por una furia que intentaba ocultar el pánico de haber sido descubierta. Caminó de regreso hacia él, apuntándolo con el dedo índice directo al pecho.
—Tú no sabes nada de mí —siseó con veneno, la voz temblándole ligeramente—. No me conoces, Asher. Vuelve a decir una estupidez como esa y te juro que te vas a arrepentir.
—La verdad duele, ¿verdad? —insistió Asher, mirándola con una profunda lástima que a ella le dolió más que cualquier insulto.
Alma no aguantó más la presión. Le dio la espalda y salió del sótano médico a paso apresurado, haciendo resonar sus tacones contra el piso con violencia. Subió las escaleras hacia el jardín principal, sintiendo que el aire le faltaba. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar el ritmo frenético de su corazón. Ese médico de barrio la había desarmado con solo un par de palabras. Se sentía desnuda, expuesta, y eso la aterrorizaba.
Pasaron tres días en una calma chicha que ponía los pelos de punta. Asher se limitaba a atender a Héctor, quien mostraba una mejoría milagrosa y ya lograba sentarse en la cama para dictar órdenes a sus lugartenientes. El capo trataba a Asher con un respeto casi fraternal, agradecido por el "milagro" del barrio, y le había asignado un presupuesto para que comprara los insumos médicos que deseara para el laboratorio de la mansión. Asher aceptaba todo con la condición de que el excedente fuera enviado de manera anónima a su dispensario en el cerro, algo a lo que Héctor accedió con una sonrisa cómplice.
Alma, por su parte, evitaba al médico a toda costa. Cuando se cruzaban en los pasillos de la inmensa propiedad, ella simplemente le lanzaba una mirada de desprecio y seguía de largo, rodeada por sus escoltas. Sin embargo, Asher no podía dejar de observarla. Notaba el cansancio en sus ojos, la forma en que fumaba un cigarrillo tras otro en el balcón por las noches, mirando hacia la inmensidad de la ciudad iluminada, como una prisionera en su propia riqueza.
La noche del cuarto día, una tormenta eléctrica típica de mayo azotó a Caracas. Los truenos retumbaban contra las colinas del este y la lluvia caía con una violencia torrencial. Asher no podía dormir; el encierro lo estaba volviendo loco. Decidió bajar a la cocina por un vaso de agua para calmar la ansiedad.
La mansión estaba en penumbras, solo iluminada por los destellos de los relámpagos que entraban por los enormes ventanales. Al llegar a la sala principal, Asher se detuvo en seco. Sentada en el piso, pegada a uno de los grandes sofás de cuero, estaba Alma. No llevaba el labial rojo, ni el cabello perfectamente arreglado, ni la ropa de marca. Vestía una franela de algodón holgada y unos pantalones de pijama. Tenía las rodillas pegadas al pecho y abrazaba sus piernas mientras temblaba visiblemente con cada trueno que resonaba afuera.
Asher se acercó despacio, sin hacer ruido. Fue entonces cuando escuchó un sonido que jamás pensó que saldría de la boca de la temible Alma Alvarado: estaba sollozando, un llanto ahogado, frágil y lleno de una profunda y dolorosa soledad.
—¿Alma? —preguntó Asher con suavidad, dejando de lado el tono seco por primera vez.
Ella levantó la cabeza de golpe, con los ojos hinchados y las mejillas empapadas de lágrimas. Al verse descubierta en su momento de mayor vulnerabilidad por el hombre que más la cuestionaba, el pánico y el orgullo herido se mezclaron en su mirada. Se puso de pie de un salto, intentando recuperar su postura de hierro, pero un trueno ensordecedor hizo que la luz de la casa se apagara por completo, dejándolos en la más absoluta oscuridad.
En medio de las tinieblas, Asher sintió cómo el cuerpo de Alma impactaba contra el suyo, buscando protección de manera instintiva, aferrándose a su franela con una fuerza desesperada mientras su respiración agitada le golpeaba el cuello.
