Entre el Plomo y la Sangre

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Capítulo 3 Pulso de Acero

El estruendo del golpe contra la puerta de metal resonó en las cuatro paredes del dispensario. La silueta del tipo que entró al umbral era la viva imagen de la muerte: un malandro de la banda rival, con la cara tapada con un pasamontañas  y un fusil que apuntaba directo al pecho de Asher. El médico se quedó petrificado, con las manos arriba, todavía manchadas de la sangre de Héctor. Pero Alma Alvarado no era una mujer que se congelaba ante el peligro; el plomo lo llevaba en las venas.

Antes de que el delincuente pudiera apretar el gatillo, Alma levantó su Glock cromada con una velocidad impresionante y alineó la mira. Dos detonaciones secas, precisas y ensordecedoras salieron del cañón de su arma. Los impactos dieron certeros en el pecho del atacante, quien soltó el fusil y cayó de espaldas hacia la acera, directo al asfalto húmedo.

El olor a pólvora quemada inundó el pequeño espacio de inmediato, mezclándose con el aroma a antiséptico. Alma ni parpadeó. Sopló el humo de la pistola con una tranquilidad que rayaba en lo psicópata y miró de reojo a Asher, que respiraba agitado, mirando el cuerpo tirado afuera y luego a ella.

—De nada, doctorcito —le dijo Alma con una sonrisa de lado, cargada de una soberbia insoportable—. Para que veas que la "niña bien del este" también sabe limpiar la casa. Ahora muévete y regresa al cubículo, que afuera mis muchachos se están encargando de los demás bichos.

—Ustedes están locos, vale. Esto es un centro médico, aquí viene la gente de la comunidad, vienen carajitos, viejos... ¡No pueden armar este saperoco aquí! —reclamó Asher, la voz le temblaba por la adrenalina, pero el tono de reclamo seguía intacto. No se la iba a dejar montar de esa mujer.

—A mí no me vengas con sermones de iglesia —le cortó ella, agarrándolo por la bata con fuerza, obligándolo a mirarla a los ojos—. Mi hermano se está muriendo ahí atrás. Si tú no le salvas la vida, a mí no me va a temblar el pulso para meterte un tiro a ti también. Así que déjate de mariqueras y termina tu trabajo.

—A mí no me vuelva a tocar, señorita. Yo voy a salvar a ese hombre porque soy médico y ese es mi deber, no porque usted me esté apuntando con ese juguete.

El médico se dio la vuelta y regresó corriendo al cubículo donde Héctor empezaba a convulsionar por la falta de oxígeno. Fuera del dispensario, la balacera continuaba. Se escuchaban los gritos de los motorizados de la banda contraria, las ráfagas de las ametralladoras impactando contra las paredes de bloque del dispensario y el sonido de los carros derrapando en las bajadas empinadas del cerro. Los escoltas de los Alvarado estaban aguantando el camión, pero la situación era crítica.

—¡Solución, Carlos! ¡Pásame la pinza de campo, rápido! —ordenaba Asher con voz de trueno.

El pulso del médico era una cosa irreal. Afuera parecía el fin del mundo, las balas atravesaban el techo de zinc haciendo un ruido infernal, pero las manos de Asher se movían con una precisión milimétrica dentro de la herida de Héctor. Con cuidado extremo, logró pinzar el vaso sanguíneo antes de que el capo se vaciara por completo. Luego, con un movimiento rápido, introdujo un tubo de tórax improvisado para drenar la sangre que estaba colapsando el pulmón del herido. Un sonido de succión llenó el cubículo y el monitor cardíaco portátil, que funcionaba con baterías, empezó a normalizar su pitido perezoso.

—Listo... el pulmón se expandió. Lo tengo estable —suspiró Asher, pasándose el antebrazo por la frente para secarse el sudor, con el corazón queriendo salírsele del pecho.

Carlos soltó un suspiro de alivio que pareció un llanto. En ese momento, Alma entró al cubículo con la pistola abajo, pero con los ojos fijos en el monitor. Al ver que su hermano respiraba mejor, una oleada de alivio casi la hace tambalear, pero se sostuvo firmemente de la puerta.

—¿Cómo está? —preguntó, intentando sonar fría, aunque el quiebre en su voz la delató por completo ante los ojos atentos de Asher.

—Está vivo, que ya es un milagro —respondió Asher, mirándola fijamente mientras se quitaba los guantes de látex ensangrentados—. Pero aquí no se puede quedar. Ese hombre necesita cuidados intensivos, antibióticos de alta gama y un monitor de verdad, no esta reliquia que tengo aquí. Si esos tipos vuelven con más gente, de esta no nos salva nadie.

Fuera, el ruido de las motos empezó a alejarse. Los escoltas de la familia habían logrado repeler el primer ataque, pero el silencio que quedó en el barrio era tenso, pesado, como el que precede a una tormenta peor. Carlos se asomó por la ventana rota.

—Alma, la zona está clara por ahora, pero los bichos del este van a mandar refuerzos. Hay que mover al chivo ya. Las camionetas están encendidas abajo.

—Bueno, doctorcito, empaca tus corotos. Te vienes con nosotros —ordenó Alma, cruzándose de brazos.

Asher la miró como si se hubiera vuelto loca.

—¿Qué? ¿Usted está demente? Yo no me voy a ningún lado con ustedes. Mi trabajo aquí terminó, ya le salvé la vida. Ahora lárguense de mi dispensario.

Alma soltó una carcajada seca, sin pizca de gracia, y caminó hacia él hasta quedar a pocos centímetros de su pecho. El olor a perfume caro de ella se mezcló con el olor a sangre y sudor del médico.

—Tú no estás entendiendo la gravedad del asunto, Asher —dijo ella, usando su nombre por primera vez, lo que sonó como una sentencia—. Acabas de salvar al jefe de la mafia de Caracas. Los tipos que vinieron a matarlo vieron tu cara. Si te dejo aquí, esta misma noche te van a picar en pedacitos solo por haber hecho tu trabajo. Además, mi hermano te necesita para que lo sigas tratando. Así que te vienes a las buenas... o mis muchachos te meten en la maleta a las malas. Tú eliges.

Asher apretó los puños. Sabía que la mujer tenía razón en una cosa: su vida en ese barrio se había acabado en el momento en que curó a Héctor Alvarado. Miró a su alrededor, al dispensario por el que tanto había luchado, y sintió una impotencia terrible.

El grupo salió rápidamente del dispensario bajo la penumbra de la tarde caraqueña. Subieron a Héctor con sumo cuidado a la parte trasera de la camioneta blindada.

Tras una media hora de camino, entraron a la gigantesca propiedad de los Alvarado en las colinas del este: una mansión fortificada con muros de tres metros, cámaras por todos lados y hombres armados hasta los dientes custodiando la entrada. Era una jaula de oro.

Bajaron a Héctor de inmediato y lo llevaron a una habitación médica privada que la familia tenía equipada en el sótano para emergencias.

Casi a la medianoche, Héctor abrió los ojos lentamente. Estaba débil, pero completamente consciente. Vio a Asher a su lado revisando el suero y luego a su hermana Alma, que esperaba de pie al fondo del cuarto.

—¿Quién... quién eres tú? —susurró Héctor con la voz ronca.

—Es el doctor Asher —intervino Alma, dando un paso al frente—. Él te sacó las balas en el barrio mientras nos caían a plomo limpio, Héctor. Te salvó la vida.

—Gracias, pana... —dijo Héctor, respirando con dificultad—. En esta familia... el que nos salva... se convierte en uno de los nuestros. Desde hoy... eres mi médico personal. Nadie te va a tocar. Pero tampoco... te vas a poder ir.

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