Entre el Plomo y la Sangre

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Capítulo 2 El Ángel del Barrio

El motor de la camioneta blindada rugía con pesadez mientras subía por las pendientes empinadas del barrio, esquivando motos que bajaban a toda velocidad y esquivando los huecos de una calle que parecía bombardeada. La suntuosidad del este de Caracas había quedado atrás; aquí arriba, el aire olía a fritura, a tierra seca y a peligro inminente. Alma miraba por el vidrio ahumado, con los brazos cruzados y la mandíbula trancada de la rabia y los nervios. Su teléfono volvió a vibrar. Era Carlos otra vez, su voz era casi un susurro ahogado por el pánico.

—Alma, estamos en el dispensario comunitario que está detrás de la cancha de básquet. El bicho de la banda rival nos viene pisando los talones, apúrate, coño. Héctor ya ni habla, tiene la mirada perdida.

—Ya estoy llegando, Carlos. Aguanten —respondió ella, cortando la llamada de golpe. Miró al chofer—. ¡Dale, dale, métete por ahí a la izquierda!

El vehículo frenó de golpe frente a una estructura pequeña de bloques blancos con la pintura descascarada. En la fachada, un letrero desgastado decía: "Dispensario Médico San Miguel". Afuera, dos de los escoltas de su hermano, con las franelas manchadas de sangre y las manos metidas en las chaquetas ocultando las pistolas, custodiaban la entrada mirando para todos lados como fieras acorraladas.

Alma bajó de la camioneta antes de que el chofer pudiera abrirle la puerta. Sus tacones altos resonaron contra el cemento agrietado de la acera, un sonido totalmente ajeno a ese entorno. Caminó con paso firme, empujando la puerta de metal del dispensario sin pedir permiso. El olor a antiséptico barato y a óxido la golpeó de inmediato. El lugar era humilde, casi miserable: unas cuantas sillas de plástico rotas en la sala de espera, paredes con humedad y una camilla vieja al fondo.

Allí, sobre la camilla, estaba Héctor. Su hermano mayor, el hombre imbatible, se veía pequeño, con la camisa abierta y empapada en sangre, respirando con una dificultad espantosa. Al lado de la camilla, presionando una gasa contra el pecho de Héctor, estaba un hombre joven, de espaldas. Llevaba una bata médica blanca, un poco gastada en los puños, y unos jeans deslavados.

—¡Héctor! —exclamó Alma, dando un paso adelante, pero el hombre de la bata blanca ni se inmutó por su entrada triunfal.

—¡Cállese y no se acerque si no va a ayudar! —soltó el médico con una voz firme, profunda y cargada de una autoridad que Alma no estaba acostumbrada a recibir de ningún desconocido.

Alma se quedó de una pieza. Sintió que la sangre le hervía en las venas. ¿Quién demonios se creía ese muerto de hambre para hablarle así a ella?

—¿Cómo que me calle? ¡Mira, pedazo de lastima, tú no sabes con quién estás hablando! —le espetó Alma, acercándose con los ojos encendidos en ira, la arrogancia brotándole por los poros—. Soy Alma Alvarado. El que está ahí tirado es mi hermano, el dueño de media Caracas. Así que te me acomodas esos pantalones y lo salvas ya, o te juro que este ranchito tuyo va a ser tu tumba.

El médico terminó de asegurar una vía intravenosa en el brazo de Héctor, se tomó dos segundos para limpiarse las manos con un trapo limpio y, finalmente, se volteó para mirarla de frente.

Alma sintió un extraño vuelco en el estómago, aunque jamás lo admitiría. El doctor era un hombre alto, de hombros anchos, con unos ojos marrones oscuros que destilaban una mezcla de cansancio extremo y una dignidad inquebrantable. No tenía miedo. En un barrio donde todo el mundo temblaba ante el apellido Alvarado, este hombre la miraba como si ella fuera simplemente un fastidio en su sala de urgencias. Tenía la barba de un par de días y el cabello castaño un poco alborotado. Su carné de identificación guindaba del cuello: Dr. Asher Cárdenas.

—Mire, "señorita" Alvarado —dijo Asher, remarcando la palabra con un sarcasmo que a Alma le supo a veneno—. A mí no me importa si su hermano es el dueño de Caracas o el mismísimo presidente. Aquí adentro, el único que manda soy yo. Su hermano tiene un impacto de bala que le rozó la arteria subclavia y otro que le perforó el pulmón izquierdo. Se está ahogando en su propia sangre. Así que guárdese su plata, sus amenazas y su picoteo para otro día, porque si no me deja trabajar, el "dueño de Caracas" va a salir de aquí en una bolsa negra. ¿Entendió?

Alma abrió la boca para cantarle cuatro verdades, para ordenarle a sus escoltas que le pusieran una pistola en la sien, pero al mirar los ojos determinados de Asher, algo la frenó.

—Haz lo que tengas que hacer —masculló Alma, tragándose el orgullo con una dificultad que casi le hace daño—. Pero que no se te olvide lo que te dije. Si él se muere, tú te vas con él.

—Váyase a la sala de espera y no estorbe —respondió Asher, dándole la espalda por completo y volviendo a concentrarse en el cuerpo herido de Héctor—. ¡Carlos, alcánzame las pinzas y la solución fisiológica, muévete!

Alma salió a la pequeña recepción, furiosa, pisando fuerte con sus tacones. Se sentó en una de las incómodas sillas de plástico, cruzando las piernas y frotándose las sienes. El choque la había dejado descolocada. Nadie, absolutamente nadie, le había plantado cara de esa manera. "Médico de quinta", pensó con desprecio, aunque una parte de ella, la que estaba bien oculta en el fondo de su pecho, no pudo evitar admirar los pantalones que tuvo el tipo para frenarla.

Pasaron los minutos, que parecieron horas eternas. Desde la salita se escuchaba el tintineo del metal de los instrumentos quirúrgicos, los quejidos ahogados de Héctor y las órdenes precisas de Asher, quien trabajaba con las uñas, usando los pocos recursos que tenía en ese dispensario de bajos recursos. El sudor le corría por la frente al médico, pero sus manos no temblaban. Tenía un pulso de cirujano de alta categoría, desperdiciado en un rincón olvidado de la ciudad.

De repente, el silencio de la calle se rompió. El eco ensordecedor de varias motocicletas de alta cilindrada subiendo por el callejón hizo que los escoltas de Alma se pusieran en alerta máxima. Se escuchó el frenazo chillón de los cauchos contra el pavimento, seguido por el sonido metálico de armas automáticas siendo rastrilladas justo afuera del dispensario.

Alma se puso de pie de un salto, el corazón dándole un vuelco. Un grito desgarrador se escuchó afuera, seguido por una ráfaga de tiros que rompió los vidrios de las ventanas delanteras del dispensario, haciendo que los pedazos de cristal volaran por los aires. Los escoltas respondieron al fuego, desatando una balacera infernal a pocos metros de la entrada.

Asher salió corriendo del cubículo con las manos ensangrentadas, los ojos abiertos con alarma.

Alma, demostrando la sangre fría de su familia, sacó una pistola Glock cromada que llevaba oculta en la pretina de su pantalón, apuntando hacia la puerta mientras las balas perforaban las paredes de bloque. Miró a Asher con una sonrisa amarga y arrogante en los labios, a pesar del peligro.

—Te lo dije, doctorcito. Nos encontraron. Y si no terminas de remendar a mi hermano rápido para sacarlo de aquí, esos bichos van a entrar y nos van a picar a todos por igual. Así que tú verás si te apuras o nos morimos juntos.

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