Capítulo 4 La Hermana del Alfa
La mujer de los colmillos se sentó en mi sofá como si fuera suyo.
Kira. Así se había presentado. No dio más explicaciones. Solo entró, dejó el sobre sobre la mesa de centro y cruzó las piernas con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a echarla.
—Tienes una hora —dijo, mirando el reloj de pared que hacía tictac desde que me mudé a este apartamento—. Luego tengo que irme. La loba negra no espera.
—¿La loba negra? —repetí, aún de pie junto a la puerta, sin atreverme a sentarme—. ¿Qué loba negra? ¿De qué estás hablando?
—De la que viene a matar a tu hija.
El mundo se detuvo.
Mi mano bajó instintivamente a mi vientre. El latido se aceleró. La mujer lo notó, porque sus ojos blancos se posaron en mi barriga y algo en su expresión se suavizó.
—No te he dado el susto para asustarte —dijo, y su voz cambió. Ya no era la voz cortante de la puerta. Era más humana—. Te lo digo porque necesito que estés preparada. Porque si no lo estás, vas a morir. Y tu hija también.
—No tengo una hija. Estoy embarazada de tres semanas.
—Es hembra. Lo sé porque los lobos lo huelen. Y los lobos que vienen a buscarla también lo saben.
Me senté enfrente de ella. No porque confiara en la mujer. Porque mis piernas ya no me sostenían.
—Empieza por el principio —dije—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Y qué es esa loba negra?
Kira abrió el sobre. Sacó una fotografía antigua, amarillenta, con los bordes desgastados. La deslizó sobre la mesa hacia mí.
En la foto, una mujer de cabello blanco y ojos rojos miraba directamente a la cámara. No sonreía. Tenía colmillos largos y afilados, y alrededor de su cuello, un collar de colmillos más pequeños. Colmillos de cachorros.
—Esa es la loba negra —dijo Kira—. Se llama así porque su pelaje es negro como la noche. Pero también porque su corazón es negro. Hace cien años, mató a tres cachorros alfa en una sola noche. Les arrancó los colmillos y los colgó de su cuello como trofeos.
—¿Y por qué quiere a mi hija?
—Porque tu hija es alfa hembra. La primera en nacer en cien años. Y las lobas negras se alimentan del poder de los alfas. Cuanto más fuerte es la presa, más fuerte se vuelven. Tu hija, siendo mestiza y alfa a la vez, es el objetivo perfecto. La más poderosa de su generación.
El latido en mi vientre se intensificó. Como si Luna entendiera.
—¿Cómo sabes todo esto?
—Porque mi hermano fue una de sus víctimas —Kira apretó los puños. Sus uñas se alargaron, se volvieron negras, afiladas—. Tenía siete años cuando ella lo encontró. Lo desgarró delante de mí. Yo solo tenía quince, pero lo vi todo. Desde entonces, he dedicado mi vida a encontrar la forma de matarla.
—¿Y la encontraste?
—No del todo. Pero sé que necesito a una loba del norte. Y tú eres la última.
—No soy loba. Soy humana.
—Eso creías —Kira sonrió. Esa sonrisa peligrosa que mostraba sus colmillos—. Pero tu bisabuela era una loba del norte. La sangre se diluyó por dos generaciones. Hasta que el embarazo la despertó. Ahora llevas a una alfa dentro de ti. Y tu cuerpo se está transformando para protegerla.
Recordé los sueños. Los lobos blancos. El frío que ya no me afectaba. La mujer de ojos plateados que me llamaba «nieta».
—¿Y el fuego? —pregunté, recordando sus palabras en la puerta—. Dijiste algo sobre fuego y hielo.
—Yo soy el fuego. Tú eres el hielo. Juntas podemos detenerla. Separadas, moriremos.
—¿Y por qué debería confiar en ti?
—Porque no tengo razón para mentirte —Kira se inclinó hacia mí—. La loba negra mató a mi hermano. Quiero venganza. Tú quieres proteger a tu hija. Podemos ayudarnos mutuamente.
—Eso no es confianza. Es una alianza temporal.
—Exacto. Por eso funcionará.
El timbre sonó otra vez.
Kira se puso de pie de un salto, sus manos encendidas con llamas negras.
—¿Esperas a alguien?
—No.
—Entonces no abras.
—Tengo que abrir. Es mi apartamento.
—Es tu apartamento —Kira apagó las llamas—. Pero si es la loba negra, no llegarás al pomo.
Caminé hacia la puerta. Mis piernas temblaban. Mi vientre ardía. El latido de Luna era tan fuerte que lo sentía en los oídos.
Me asomé por la mirilla.
No era la loba negra.
Era peor.
Una mujer. Alta. Delgada. Pelo negro como el carbón. Ojos grises como los de Alexander. Vestía un traje rojo sangre y sostenía una cartera de diseño que costaba más que mi alquiler de un año.
Valeria Wolf.
La hermana del alfa.
—Sofía Valenti —dijo su voz, fría y cortante—. Sé que estás ahí. Abre. No tengo todo el día.
El latido en mi vientre se detuvo por un segundo.
Y luego volvió. Más fuerte. Más rápido. Ten cuidado, parecía decir. Ten mucho cuidado.
Abrí la puerta.
Valeria entró sin esperar invitación. Sus tacones de aguja resonaron en el suelo de madera. Sus ojos grises recorrieron el apartamento con desprecio: el sofá descolorido, las plantas secas, la cocina diminuta.
—Dios mío —dijo—. ¿Así vives? Pensé que mi hermano te habría comprado algo mejor.
—No quiero que me compre nada.
—Claro que no. Eres demasiado independiente para eso. Demasiado orgullosa. Demasiado tonta.
Kira seguía en el sofá, con los brazos cruzados, observando. Valeria la miró como si fuera un mueble.
—¿Y esta quién es?
—Una amiga.
—¿Una amiga? —Valeria rió. Una risa corta, oscura, que no llegó a sus ojos—. No tienes amigos, Sofía. Tienes aliados temporales. Como mi hermano. Y como esa cosa que se sienta en tu sofá.
Kira no se movió. Pero vi cómo sus uñas se alargaban. Como el fuego negro latía bajo su piel.
—¿Qué quieres, Valeria? —pregunté, cerrando la puerta.
—Quiero hablar contigo. De mi hermano. Del bebé que llevas dentro. De tu futuro —dejó la cartera sobre la mesa, junto al sobre de Kira. No le prestó atención—. Siéntate, Sofía. No tengo todo el día.
Me senté. No porque me diera miedo. Porque quería saber qué iba a decir.
—Habla —dije.
Valeria se sentó frente a mí. Cruzó las piernas. Sus tacones brillaban bajo la luz.
—Mi hermano no es el hombre que crees.
—¿Ah, no?
—No. Es un alfa. Los alfas no se enamoran. Reclaman. Marcan. Poseen. Tú eres un objeto para él. Un trofeo. La madre de su cachorro. Nada más.
—¿Y usted cómo sabe lo que siente?
—Porque es mi hermano. Lo conozco desde que nació. Y sé que cuando se aburre de algo, lo desecha.
—No soy algo.
—Eres algo —sonrió. Esa sonrisa afilada como un cuchillo—. Pero no te preocupes. No vine a asustarte. Vine a ofrecerte una salida.
—¿Una salida de qué?
—De él.
Sacó un cheque de su bolso. Lo deslizó sobre la mesa hacia mí.
Cien mil dólares.
—Aborta. Toma el dinero. Múdate a otro país. Alexander te olvidará en un mes. Los lobos somos así. Nos curamos rápido.
Mi mano, sin permiso, bajó a mi vientre.
El latido. El pequeño latido que solo yo sentía.
—No —dije.
No tembló mi voz. No dudó.
Valeria arqueó una ceja.
—¿No?
—No voy a abortar. Y no voy a tomar tu dinero. Este bebé es mío y de Alexander. Tú no tienes voto aquí.
—¿Crees que él quiere tener un hijo contigo?
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque me lo dijo.
Valeria se rió. Esa risa corta, oscura.
—Los lobos decimos muchas cosas cuando queremos sexo. No significa nada.
—Usted no lo conoce.
—Tú tampoco. Lo conoces desde hace tres semanas. Yo llevo treinta años viéndolo mentir, manipular y usar a la gente —se inclinó hacia mí. Su perfume empalagoso invadió mi nariz—. No eres especial, Sofía. Eres la primera que se quedó embarazada. Nada más.
El dolor me atravesó el pecho.
No porque creyera sus palabras. Porque una parte de mí, la más insegura, las escuchaba.
—Váyase —dije.
—¿Qué?
—Que se vaya. Ahora. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
Valeria me miró largamente. Sus ojos grises evaluaron los míos.
—Eres más testaruda de lo que pensaba. Qué lástima —se puso de pie. Ajustó su bolso en el hombro—. Pero esto no termina aquí, Sofía. Si no tomas mi oferta, mi padre se encargará de ti. Y él no es tan amable como yo.
—Konstantin ya vino a verme. No me impresionó.
—No hablo de Konstantin —Valeria sonrió—. Hablo de Nikolai Volkov. Tu padre biológico. El líder de la mafia rusa. El hombre que mata lobos por deporte.
El mundo se inclinó.
—¿Qué?
—Tu madre se llamaba Anastasia Volkov. Era la hija menor de Nikolai. Huyó de la familia cuando descubrió que su padre mataba lobos por deporte —Valeria se acercó—. Tú naciste con sangre de lobo y sangre de la bratva. Lo peor de ambos mundos.
—Miente.
—No miento —sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta. No era el mismo que el de Kira. Este era más grande, más grueso—. Aquí están los documentos. La partida de nacimiento. La prueba de ADN. Todo.
—¿Por qué me lo dice ahora?
—Porque quiero que sepas quién eres. Y porque quiero que sepas que no estás sola —su sonrisa se torció—. Tienes un padre que te buscará. Y cuando te encuentre, querrá conocerte. Querrá conocer a su nieta. Y no hay nada que Alexander o yo podamos hacer para detenerlo.
—¿Por qué me está contando esto?
—Porque quiero que sepas que no soy tu enemiga —Valeria dio un paso atrás—. Tu enemigo es Nikolai. Y la loba negra. Y los cazadores. Yo solo quiero proteger a mi linaje.
—¿Proteger a su linaje encerrándome en un ático?
—Protegerlo manteniéndote a salvo.
—No me está manteniendo a salvo. Me está usando.
—Usar y proteger no son mutuamente excluyentes.
Valeria caminó hacia la puerta. En el umbral, se detuvo.
—Tienes una semana, Sofía. Una semana para decidirte. O te unes a mí, o te enfrentas a Nikolai. Pero no puedes quedarte en el medio. Los lobos no sobreviven en el medio.
—¿Y si elijo a Alexander?
—Entonces eliges la guerra —me miró—. Y espero que estés lista para las consecuencias.
La puerta se cerró.
El silencio fue absoluto.
Kira se puso de pie lentamente. Sus ojos blancos me miraban con algo que no había visto antes.
Respeto.
—Esa mujer es peligrosa —dijo—. Y su padre también.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer?
—Llamar a Alexander.
—¿Y después?
—Después —apoyé la mano en mi vientre, donde el latido seguía firme—. Después voy a descubrir quién soy realmente. Y voy a proteger a mi hija. Cueste lo que cueste.
Kira sonrió. Su sonrisa de loba.
—Entonces empecemos —dijo—. Porque tienes mucho que aprender.
Y en la oscuridad de mi pequeño apartamento de Brooklyn, las dos nos quedamos en silencio.
El frío ya se extendía por mis venas.
Pero ahora, también había fuego.
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Alexander llegó una hora después.
No llamó. No avisó. Simplemente apareció en la puerta, con el traje arrugado, los ojos grises y una furia contenida que hacía temblar las paredes.
—¿Dónde está? —preguntó, sin saludar.
—¿Quién?
—Mi hermana. Máximo me dijo que vino a verte.
—Ya se fue.
—¿Qué te dijo?
—Que soy hija de Nikolai Volkov. Que tengo una semana para decidir si me una a ella o me enfrento a mi padre. Que la loba negra viene por mi hija. Y que tú solo me usas porque soy un trofeo.
Alexander cerró los ojos. Apretó los puños. Cuando los abrió, sus ojos eran dorados.
—Eso no es verdad —dijo—. Ninguna de esas cosas es verdad.
—¿La loba negra no viene por mi hija?
—Eso sí es verdad.
—¿Nikolai Volkov no es mi padre?
—Eso también es verdad.
—¿Entonces qué parte no es verdad?
—La parte de que te uso. La parte de que eres un trofeo. La parte de que no te quiero.
Caminó hacia mí. Sus manos encontraron las mías.
—Sofía, te quiero —dijo—. No sé cómo explicarlo mejor. No sé cómo hacerte entender. Pero desde que te vi en esa oficina, no he podido dejar de pensar en ti. En tu olor. En tu voz. En la forma en que te mueves. En todo.
—Eso es biología. Tú mismo lo dijiste. El lobo reconoce al lobo.
—No. Eso es lo que pensaba al principio. Pero ahora... —apoyó su frente contra la mía—. Ahora sé que es más que eso. Te quiero, Sofía. Y voy a pasar el resto de mi vida intentando demostrártelo.
—¿Y si no puedo confiar en ti?
—Entonces te gano la confianza. Día a día. Paso a paso. Hasta que no te quede ninguna duda.
El latido en mi vientre se intensificó.
—No voy a abortar —dije.
—No te lo pediría.
—No voy a huir.
—No te lo pediría.
—Pero tampoco voy a mudarme contigo.
—Eso sí te lo pediría —sonrió—. Pero no voy a presionarte.
—¿Y la loba negra?
—La enfrentamos juntos.
—¿Y mi padre?
—También.
—¿Y Valeria?
—Valeria es mi problema. No tuyo.
—Es mi problema si viene a mi casa a ofrecerme dinero para abortar.
—Tienes razón —soltó mis manos. Dio un paso atrás—. Voy a arreglarlo.
—¿Cómo?
—Yendo a verla. Hablando con ella. Haciéndole entender que si vuelve a amenazarte, no quedará nada de ella.
—No la mates.
—No la mataré. Pero sí la desterraré. De la manada. De mi vida. De la tuya.
—¿Y tu padre?
—Mi padre también. —me tomó del rostro—. Nadie te va a hacer daño. Te lo prometo.
—¿Cómo puedo creerte?
—No puedes. Pero puedes intentarlo. Día a día. Como siempre.
Me besó. No fue un beso de lobo. No fue hambre. Fue una promesa.
Cuando se apartó, sus ojos eran grises otra vez.
—Voy a ir a ver a Valeria —dijo—. Tú quédate aquí con Kira. No abras la puerta a nadie más.
—Alexander...
—Volveré. Te lo prometo.
—No es una promesa. Es una amenaza.
Sonrió.
—Entonces es una amenaza.
Y se fue.
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Kira se sentó en el sofá, con los brazos cruzados, observándome.
—Te quiere —dijo—. Eso es bueno.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco a los alfas. No son buenos para fingir. Cuando un alfa se arrodilla frente a alguien, no es para manipular. Es porque lo siente de verdad.
—¿Tú conoces a muchos alfas?
—Conocí a uno. Mi hermano. Era alfa, aunque no lo supiera. Y se arrodilló frente a mí una vez, cuando nos estaban cazando. Me dijo que iba a protegerme. Y lo hizo —su voz se quebró—. Hasta que la loba negra lo encontró.
—Lo siento.
—No lo sientas. Siente por ti misma. Por tu hija. Por el futuro que les espera.
—¿Y qué futuro es ese?
—Uno en el que no estás sola —Kira me miró—. Uno en el que tienes una manada. Uno en el que puedes ser libre.
—¿Libre de qué?
—Libre de miedo.
El latido en mi vientre se intensificó.
Y por primera vez, no sentí miedo.
Sentí rabia.
Rabia por lo que Valeria me había dicho. Rabia por lo que Alexander me había ocultado. Rabia por la loba negra que venía a buscar a mi hija.
Pero también sentí algo más.
Esperanza.
Porque aunque el mundo estuviera en mi contra, no estaba sola.
Tenía a Kira. Tenía a Alexander. Tenía a mi hija.
Y eso era más de lo que había tenido nunca.
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Esa noche, Kira se quedó a dormir.
No en la cama. En el sofá. Con una mano en el fuego negro que ardía bajo su piel, vigilando la puerta.
—Duerme —dijo—. Mañana empieza tu entrenamiento.
—¿Entrenamiento?
—El hielo. La transformación. Todo. Tienes mucho que aprender.
—¿Y si no puedo?
—Puedes. —sonrió—. Porque eres una loba del norte. Y las lobas del norte no se rinden.
Cerré los ojos.
Y en la oscuridad, soñé con lobos blancos que corrían sobre hielo.
Con una mujer de ojos plateados que me llamaba «nieta».
Con una hija que me esperaba en el futuro.
Y con un lobo gris que me prometía el mundo.
No era un sueño.
Era un destino.
Y yo, Sofía Valenti, estaba lista para enfrentarlo.
