Capítulo 3 El latido en mi Vientre
El test de embarazo tenía dos rayas.
Las miré fijamente durante lo que parecieron horas. Rayita número uno: control. Rayita número dos: positiva. No había ambigüedad posible. Ningún «tal vez». Ningún «vuelve a intentarlo en unos días».
Positiva.
Mi mano temblorosa dejó el palito de plástico sobre el borde del lavabo. Me miré en el espejo del baño de mi pequeño apartamento de Brooklyn. La misma cara de siempre. Los mismos ojos marrones, el mismo cabello castaño recogido en un moño desastre.
Pero mi hombro izquierdo, justo donde terminaba el cuello, todavía conservaba las marcas de sus dientes. Dos pequeños puntos blancos, cicatrizados, imposibles de ocultar con maquillaje.
La marca del alfa.
Mierda.
—Estás embarazada —dije en voz alta para escucharlo. La frase sonó tan real como absurda—. Estás embarazada de tu jefe hombre lobo.
El espejo no me respondió.
Apoyé las palmas de las manos sobre la fría superficie de mármol y respiré hondo. Aquella noche en su oficina había sido... no podía llamarlo violación. No del todo. Mi cuerpo había respondido antes que mi mente. Pero tampoco había sido completamente consentido. Había sido un reclamo. Y yo, como una idiota, me había dejado reclamar.
Un pensamiento horrible cruzó mi mente: ¿y si el bebé no es humano? ¿Y si nace con colmillos? ¿Y si me destroza por dentro al crecer?
Mi abuela contaba que las lobas del norte parían solas, en el hielo, y que los cachorros salían mordiendo. Me reía entonces. Ahora el vómito me subía a la garganta.
Apoyé una mano en mi vientre. Todavía plano. Todavía mío. Pero por cuánto tiempo.
—No voy a ser una madre normal —susurré al espejo—. Voy a ser una madre monstruo.
El espejo me devolvió una cara demacrada. Pero en el fondo de mis ojos, algo brillaba. Algo que no era miedo.
Esperanza.
O quizás, simplemente, hambre.
---
Los mareos empezaron al día siguiente del test.
Náuseas cada mañana, tan puntuales como un despertador. Los senos hinchados, sensibles, doliendo con solo rozar la tela de la camiseta. Y el olfato... Dios mío, el olfato.
Ahora podía oler el gas de la cocina de mi vecina a tres apartamentos de distancia. Detectaba si alguien había fumado en el ascensor horas antes de subir. El perfume de las señoras en el supermercado me daba arcadas.
Pero lo peor no era el cuerpo.
Lo peor era la noche.
Soñaba con lobos. No lobos normales. Bestias enormes, de ojos blancos, que corrían sobre la nieve y me miraban como si me conocieran. En los sueños, yo corría con ellos. Mis manos se convertían en garras. Mi boca, en hocico.
Despertaba sudando, con las sábanas enredadas entre mis piernas y una humedad entre ellas que no era solo pesadilla.
—Estás embarazada de un lobo —repetí cada mañana, esta vez con un hilo de voz.
Y cada mañana, la misma respuesta del espejo: un par de ojos marrones que ya no eran del todo míos. Algo más viejo miraba a través de ellos.
El teléfono vibró sobre la encimera.
Un mensaje de Máximo.
«El CEO solicita su presencia en la oficina. Hoy. 4:00 p.m. No acepta negativas.»
Mi estómago se revolvió. Náusea o miedo. Difícil distinguir.
Pero algo más también se movió. Bajo. Dentro. Un cosquilleo que no era físico del todo.
Ve, susurró algo en mi cabeza. Ve y enfréntalo.
No era mi voz. Era más grave. Más antigua.
Era la loba.
---
A las cuatro en punto estaba frente a la puerta de su oficina.
La misma puerta de roble oscuro. El mismo pasillo de mármol impecable. La misma secretaria que me miró con ojos de «pobre ingenua» cuando pasé a su lado.
Llamé dos veces con los nudillos.
—Adelante —dijo su voz grave al otro lado.
La oficina se veía exactamente igual que aquella noche. Todo ordenado. El escritorio reluciente. Los papeles perfectamente apilados. Ni un solo rastro del desastre que habíamos provocado.
Excepto por él.
Alexander Wolf estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí. Hoy vestía un traje azul marino, camisa blanca y corbata gris. El hombre de negocios perfecto. La máscara del lobo.
Pero cuando se giró, sus ojos no eran grises.
Eran dorados.
—Pasa, Sofía. Y cierra la puerta.
Obedecí como un autómata. El pestillo hizo clic. Otra vez solos. Otra vez atrapada.
—Siéntate —señaló una de las sillas frente a su escritorio.
No me senté.
—Prefiero quedarme de pie.
Arqueó una ceja. No dijo nada. Dio la vuelta a la mesa y se sentó en el borde, frente a mí. Sus piernas casi rozaban las mías.
—¿Qué quieres, señor Wolf?
—Alexander —corrigió—. O alfa. Ya no me llames señor Wolf. No después de lo que pasó.
—Lo que pasó fue que usted me tomó sobre su escritorio sin preguntar.
El impacto de mis palabras fue inmediato. Sus ojos dorados se oscurecieron. No de ira. De otra cosa.
—No te tomé. Te marqué. Es muy diferente.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la diferencia?
—Que gritaste mi título mientras te venías —se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi mejilla—. Y que si mañana te doy la opción de irte, no te irás. Porque tu cuerpo ya me pertenece. Y dentro de poco, también tu corazón.
—Estás embarazada —dijo. No era una pregunta.
—¿Cómo lo sabes?
—Huelo el cambio en tu sangre desde la semana pasada. Además, llegas tarde. Esperaba esta noticia hace catorce días.
El cinismo me soltó la lengua.
—Perdón por no correr a hacerme un test la mañana siguiente de que me tomaras sobre tu escritorio.
—Te marqué —dijo, con una paciencia que me desarmó—. Te reclamé. Y aceptaste. Con cada fibra de tu cuerpo. Con cada gemido. Con cada vez que me pediste más.
—Es biología. Tú mismo lo dijiste. El lobo reconoce al lobo.
—No —su mano plana se posó sobre mi vientre. La palma quemaba a través de la tela de mi blusa—. Esto no es biología común. Esto es destino. Y este pequeño que llevas dentro lo confirma.
Cerré los ojos. Sentía su mano. Y debajo de ella, muy dentro, algo que apenas empezaba a formarse.
Un latido.
No era imaginación esta vez. Diminuto, rápido, como el aleteo de una mariposa atrapada en mi útero.
—¿Lo sientes? —preguntó él en un susurro.
Asentí sin abrir los ojos. Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla.
—Miedo —adivinó él. Pasó su pulgar sobre la lágrima, la secó—. No le tengas miedo, Sofía. Mi cachorro no te hará daño.
—¿Y tú? —Abrí los ojos. Lo miré directamente—. ¿Tú me harás daño?
—Nunca.
—¿Cómo puedo creerte?
—No puedes —su mano abandonó mi vientre y subió hasta mi cuello. Me rodeó la nuca con los dedos y me atrajo hacia él—. Pero puedes intentarlo. Día a día. Hasta que tu miedo se convierta en otra cosa.
—¿En qué?
—En confianza. O en odio. Depende de ti.
Nuestros labios estaban a un centímetro.
—¿Y si no quiero ninguna de las dos?
—Entonces tendré que conquistarte —sonrió. Esa sonrisa de lobo que me helaba y me encendía a la vez—. Me tomó treinta años encontrarte. No me voy a rendir en tres semanas.
—Eso suena a amenaza.
—Es una promesa.
Y entonces me besó.
No fue un beso suave. No fue paciente. Fue hambre contenida durante tres semanas. Su lengua invadió mi boca sin permiso. Sus dientes rasparon mi labio inferior hasta sacar una gota de sangre. La lamió con un gemido bajo.
Cuando me soltó, estaba mareada. Otra vez deshecha. Otra vez suya.
Pero esta vez, él también parecía deshecho.
Sus manos temblaban. Su respiración era irregular. Y en sus ojos dorados había algo que no había visto la primera vez: vulnerabilidad.
---
—Mudate a mi casa —ordenó, pero esta vez sonó más a ruego.
—¿Qué?
—Mi ático. El piso 50 de este edificio. Ahí vivirás mientras dura el embarazo. Tendrás habitación propia, cocinero, médico, todo lo que necesites.
—¿Y si me niego?
—Entonces me mudaré yo a tu apartamento de Brooklyn. Pero no voy a permitir que mi cachorro crezca en una caja de zapatos con humedad y vecinos ruidosos.
Mi indignación luchó contra el sentido común. Tenía razón. Mi apartamento era diminuto. Y él era millonario.
—¿A cambio de qué? —pregunté con recelo.
—A cambio de nada. Solo de que dejes que lo proteja.
—No necesito protección.
—No es por ti. Es por él —su mano volvió a mi vientre—. Nuestro cachorro necesita estabilidad. Un territorio seguro. Una manada. Aunque solo seamos nosotros dos.
—¿Y qué hay de mí? ¿Qué necesito yo?
—Necesitas saber que no estás sola —se levantó, rodeó el escritorio y se arrodilló frente a mí. El alfa de la manada más poderosa de la costa este, de rodillas ante su asistente—. Necesitas saber que lo que pasó aquella noche no fue un error. Fue el principio de algo. Y necesitas saber que voy a pasar el resto de mi vida intentando ser digno de la confianza que no he ganado.
—No puedes prometer eso.
—Puedo intentarlo.
—Las intenciones no bastan.
—Lo sé. Por eso te pido que me des la oportunidad de demostrarlo.
Me quedé en silencio. Mi mano, sin permiso, bajó hasta su cabeza. Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro. Él cerró los ojos al sentir mi tacto, como si fuera la primera vez que alguien lo tocaba con ternura.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunté.
—Porque eres mi pareja destinada. Porque llevas a mi hija dentro de ti. Porque... —abrió los ojos. El dorado se había suavizado, casi humano—. Porque cuando te vi entrar por esa puerta, supe que no volvería a estar completo sin ti.
—Eso es mucho peso para poner sobre una persona.
—Lo sé. Por eso te pido que lo compartas conmigo.
El latido en mi vientre se intensificó. Como si el bebé estuviera de acuerdo.
—Necesito tiempo para pensarlo.
—Tienes hasta mañana a las nueve de la mañana —se puso de pie y me tendió una mano para ayudarme a salir—. Ahora vete. Antes de que decida que prefiero tenerte de rodillas debajo de mi escritorio que en tu apartamento.
Mi cuerpo se calentó ante la imagen. Lo odié. Lo deseé. Lo temí.
Tomé su mano. Me levanté. Caminé hacia la puerta con la poca dignidad que me quedaba.
En el umbral, me detuve.
—Alexander.
Detrás de mí, escuché su respiración cortarse.
—¿Sofía?
—Gracias por no obligarme hoy —me di la vuelta. Lo miré—. La última vez no me preguntaste. Esta vez sí. Eso... significa algo.
—¿El qué?
—Que quizás no seas solo el monstruo que creía.
Esperé una respuesta. No llegó. Así que salí.
Pero sentí su mirada dorada en mi nuca hasta que el ascensor cerró sus puertas.
---
Esa noche, en mi apartamento, no pude dormir.
Di vueltas en la cama durante horas. El colchón crujía bajo mi peso. Las sábanas se enredaban en mis piernas. Y dentro de mi vientre, el pequeño latido seguía.
No era imaginación. Lo sentía más fuerte ahora. Como si supiera que había estado cerca de su padre.
—¿Qué se supone que haga? —pregunté en voz alta, con la mano en la barriga.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Un mensaje de Alexander.
«Sé que no debería escribirte. Que necesitas espacio. Pero no puedo dormir sin saber que estás bien. Dime que estás bien. Aunque sea una mentira.»
Mis dedos temblaron sobre la pantalla.
«No estoy bien. Pero no es por ti. Es por todo.»
Tres puntos parpadearon. Luego su respuesta:
«¿Puedo llamarte?»
«No.»
«¿Puedo escribirte?»
«Eso ya lo estás haciendo.»
«¿Puedo verte mañana?»
«Mañana a las nueve. En tu oficina. Pero no para darte una respuesta. Para hablar. De verdad. Sin que termines conmigo contra tu escritorio.»
El silencio se alargó. Luego:
«Trato hecho. Pero si cambias de opinión y quieres terminar contra mi escritorio, avísame.»
Sonreí. A mi pesar.
«Buenas noches, Alexander.»
«Buenas noches, Sofía. Sueña conmigo.»
Apagué el teléfono. Lo dejé sobre la mesita.
El latido en mi vientre se calmó.
—Vamos a estar bien —susurré a mi barriga—. O no. Pero vamos a intentarlo. ¿De acuerdo?
El bebé no respondió, obviamente.
Pero algo dentro de mí se sintió más ligero.
Como si, por primera vez en tres semanas, no estuviera completamente sola.
---
A la mañana siguiente, llamé a la puerta de su oficina a las nueve en punto.
Él abrió antes de que pudiera tocar.
Llevaba el mismo traje, la misma corbata, la misma máscara de CEO perfecto. Pero sus ojos estaban grises hoy, no dorados. El lobo dormía.
—Pasa —dijo.
Entré. Esta vez me senté.
Él se sentó frente a mí. No detrás del escritorio. En la silla de enfrente, con las rodillas casi tocando las mías.
—Hablemos —dije.
—Hablemos.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—No sé si puedo confiar en ti.
—Lo sé.
—No sé si quiero tener un bebé con un hombre que conocí hace tres semanas.
—Lo sé. Y no te pido que lo quieras. Te pido que lo consideres.
—¿Y si decido que no quiero?
El silencio se alargó. Sus ojos grises se oscurecieron, pero no con ira.
—Entonces te ayudaré a encontrar una clínica. Te pagaré el tratamiento. Te daré dinero para que te mudes a otro estado si quieres —apretó la mandíbula—. No voy a forzarte a tener a mi cachorro. No voy a forzarte a nada.
—¿Por qué? La última vez...
—La última vez fue un error —se inclinó hacia mí. Sus manos, temblorosas, encontraron las mías—. La última vez mi lobo tomó el control. Y aunque eso no excusa lo que hice, te prometo que no volverá a pasar. Te lo juro por mi manada. Te lo juro por mi vida. Si decides quedarte con el bebé, estaré a tu lado pase lo que pase. Si decides no hacerlo, te ayudaré a sanar. Pero no voy a volver a tocarte sin tu permiso. Nunca más.
—¿Cómo puedo estar segura?
—No puedes. Solo puedes observarme. Día a día. Y decidir si valgo la pena.
El latido en mi vientre se intensificó.
—No voy a abortar —dije.
Alexander soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿No?
—No. Pero tampoco voy a mudarme contigo —apreté sus manos—. Necesito mi espacio. Necesito tiempo para procesar esto. Para decidir si confío en ti. Para saber si esto puede funcionar.
—Entonces dime qué necesitas.
—Necesito que me des tiempo. Que no me presiones. Que no me llames cada hora preguntando cómo estoy. Que confíes en que volveré cuando esté lista.
—¿Y si no vuelves?
—Entonces te escribiré. Te llamaré. Te mandaré un mensaje con un emoji de lobo. Pero necesito que me des espacio para decidir por mí misma.
—Puedo hacer eso.
—¿Puedes?
—Puedo intentarlo.
—Eso es todo lo que pido.
Me besó. No fue un beso de lobo. No fue hambre. Fue una promesa.
---
Salí de su oficina sin mirar atrás.
En el ascensor, me miré en el espejo. Pelo revuelto. Labios hinchados. Mejillas sonrojadas.
Pero no tenía miedo.
No de él.
Miedo de mí misma. De lo que sentía. De lo que estaba dispuesta a arriesgar.
El ascensor llegó al vestíbulo. Salí.
El aire de la calle me golpeó como una bofetada.
El mundo seguía igual. Los mismos semáforos. Los mismos carteles. Las mismas calles.
Pero yo ya no era la misma.
Algo había despertado dentro de mí. Algo que llevaba durmiendo generaciones.
—Loba del norte —susurré, probando las palabras en mi lengua.
La gente a mi alrededor no me oyó.
Pero dentro de mí, algo respondió.
Un latido diminuto. Un calor en el vientre. Una promesa.
No era el embarazo. Era demasiado pronto.
Era la decisión.
Y esa decisión tenía nombre: Alexander Wolf. Mi alfa. Mi lobo. Mi destino.
Sea lo que sea que eso signifique.
---
El timbre de mi apartamento sonó a las once de la noche.
No esperaba visitas.
Me asomé por la mirilla y mi sangre se heló.
No era Alexander.
Era una mujer. Alta, delgada, con el pelo negro hasta la cintura y unos ojos de un gris tan claro que parecían blancos. Vestía un chaquetón de cuero negro y sostenía un sobre en la mano.
—Sofía Valenti —dijo, sin necesidad de que abriera. Su voz atravesó la puerta como si fuera de papel—. Sé que estás ahí. Abre. No tengo todo el día.
Mi mano tembló sobre el pomo.
Y entonces, en mi vientre, el latido se detuvo.
Por un segundo, el silencio fue absoluto.
Y luego, el latido volvió. Pero no era el mismo.
Era más fuerte. Más rápido. Como si el bebé estuviera diciendo: ten cuidado.
Abrí la puerta.
La mujer sonrió. Tenía colmillos. No metafóricos. Reales. Blancos, afilados, asomando por encima de su labio inferior.
—Me llamo Kira —dijo—. Y necesito hablar contigo sobre el fuego y el hielo. Antes de que la loba negra nos encuentre a las dos.
El mundo se inclinó.
Y supe, en ese instante, que mi vida nunca volvería a ser lo que era.
Porque ya no era solo una mujer embarazada.
Era una loba.
Y los lobos, cuando son cazados, o huyen... o cazan de vuelta.
Yo ya había elegido.
No iba a huir.
