Capítulo 7 Fuego bajo la tormenta
Narrado por Zoe
El alcohol era un velo cálido que me protegía del mundo, pero no fue suficiente para protegerme de él. Sentí una mano de hierro cerrarse sobre mi muñeca, arrancándome del ritmo de la música y del abrazo del abogado.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —protestó el hombre con el que bailaba, pero se calló en cuanto vio la expresión de Ian.
Ian no dijo nada. Me arrastró fuera de la pista de baile, ignorando las miradas de Sofía y Thiago, atravesando la multitud como un rompehielos. Sus dedos quemaban mi piel. Me sacó por la puerta trasera del local, hacia el callejón donde la lluvia de la ciudad empezaba a caer con una fuerza repentina.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Zoe? —rugió en cuanto estuvimos solos, su voz compitiendo con el estruendo de la lluvia sobre los contenedores de metal.
—¡Bailar! ¡Estaba bailando! —le grité, intentando zafarme de su agarre. El frío del agua chocando con mi piel caliente por el baile me hizo temblar—. ¡Suéltame, Ian!
—Parecías una cualquiera ahí dentro —escupió con un odio que me atravesó el pecho—. Restregándote contra un desconocido, dejando que te tocara así frente a todo el hospital. ¿Esa es la dignidad que tanto defiendes? ¿Así de bajo has caído en estos cuatro años?
Me zafé de un tirón y me planté frente a él, empapada, con el maquillaje seguramente corrido y el corazón galopando.
—Fuera del hospital, tú no mandas en mi vida —le siseé, apuntándolo con el dedo—. No eres mi jefe aquí, Ian. No eres mi dueño. No eres nada mío. Si quiero acostarme con ese abogado o con cualquier otro, no tienes ningún derecho a decirme nada.
Él soltó una risa amarga, una que sonó a cristales rotos. Se acercó tanto que pude oler el whisky en su aliento mezclado con el aroma de la lluvia.
—Tienes razón. No soy nada tuyo. Pero me enferma ver cómo te vendes al mejor postor.
—¿Venderme? —reí con ironía, sintiendo que el alcohol me daba una lengua de fuego—. ¿Y qué apostaron esta vez, Ian? Vamos, dímelo. ¿Apostaron veinte dólares esta vez? ¿O como ya estoy "usada", la apuesta bajó a un simple café? ¿Eso es lo que valgo ahora para tus amigos?
El rostro de Ian se transformó. La furia se convirtió en algo mucho más oscuro y peligroso. Sus ojos bajaron a mis labios y luego volvieron a los míos.
—Cállate —susurró.
—¿Te duele la verdad? ¿Te duele saber que sé exactamente el precio que me pusiste? —seguí provocándolo, incapaz de detenerme—. No soy la ratona de biblioteca, Ian. Ya no me rompes con tus palabras.
—He dicho que te calles —repitió, y antes de que pudiera decir una palabra más, su boca se estrelló contra la mía.
No fue un beso de amor. Fue un choque de odio, de resentimiento acumulado durante mil quinientas noches de ausencia. Sabía a lluvia, a alcohol y a una desesperación que ninguno de los dos quería admitir. Mis manos, que deberían haberlo empujado, se enredaron en su camisa empapada, tirando de él hacia mí con la misma fuerza con la que él me sujetaba la nuca.
No hubo palabras. Solo el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el golpeteo del agua contra el suelo. Era una lucha de poder disfrazada de deseo. Él me besaba como si quisiera borrar el rastro de cualquier otro hombre de mi piel, y yo le devolvía el beso con el hambre de quien ha estado en ayunas durante años.
Sin romper el contacto de nuestros labios, Ian me guio hacia el final del callejón, donde su auto negro brillaba bajo la luz de una farola. Sacó las llaves, abrió la puerta trasera y me empujó dentro.
El silencio del interior del coche, roto solo por el tamborileo de la lluvia en el techo, fue ensordecedor. No nos miramos. No dijimos "te extraño" ni "te odio". No había espacio para la lógica, solo para la adrenalina que corría por nuestras venas y el deseo animal que nos consumía.
Me arrastró hacia él en el asiento trasero, sus manos buscando desesperadamente mi piel bajo el vestido húmedo. Yo no lo detuve. En ese momento, no importaba el contrato, no importaba Leticia, no importaba la apuesta. Solo importaba el calor de su cuerpo contra el mío en medio de la tormenta.
Nos dejamos llevar por la marea, permitiendo que el instinto tomara el mando de un barco que se hundía, sin decir una sola palabra sobre lo que esto significaría cuando saliera el sol.
