Capítulo 6 Luces de neón y miradas de fuego
Narrado por Zoe
La música en el Skyline era un pulso vibrante que golpeaba directamente en mis sienes, pero de una forma extrañamente liberadora. El lugar estaba lleno de luces de neón azules y púrpuras que hacían que las batas blancas y el olor a hospital parecieran un recuerdo de otra vida.
—¡Otra ronda! —gritó Sofía sobre el estruendo de los bajos, levantando su vaso de tequila.
—Sofía, frena un poco, que mañana hay guardia de retén —advirtió Thiago, aunque él ya llevaba dos cervezas encima.
—¡Mañana es mañana! Hoy, la Dra. Harrington va a aprender a vivir —Sofía me pasó una copa con un líquido ámbar.
Miré el vaso con duda. Antes, en la facultad, dos copas de vino eran suficientes para que me diera sueño. Pero estos cuatro años de maternidad, estudio nocturno y batallas silenciosas me habían endurecido de formas que no esperaba. Bebí el trago de un golpe. El ardor en la garganta fue bienvenido; quemaba las palabras que no le dije a Ian en la mañana.
—¡Eso! —celebró Thiago—. Mírala, Elena, ¡nuestra residente estrella tiene aguante!
Me giré y vi que el grupo de los "veteranos" acababa de llegar. Elena, Marcos, Santi e Ian. Me sorprendió no ver la cabellera rubia de Leticia pegada al brazo de Ian por primera vez en el día. Santi, siempre el alma de la fiesta, se acercó a nuestra mesa con una sonrisa de oreja a oreja.
—Pero bueno, ¿qué hace la nueva generación mezclada con el alcohol? —bromeó Santi—. Únanse a nuestra mesa, el Dr. Montgomery paga la primera ronda de los jefes.
Sofía soltó una carcajada estrepitosa y miró a Santi con descaro.
—Ay, Dr. Crawford, gracias por la oferta, pero estamos perfectamente así —dijo ella, guiñándome un ojo—. No necesitamos pasar nuestra noche libre con "dinosaurios". Aquí la energía es otra.
Me reí, aunque luego le di un pequeño golpe en el brazo.
—Oye, que yo soy casi de la edad de ellos —me quejé, sintiendo ya el mareo juguetón del alcohol.
—Tú eres diferente, Zoe —dijo Thiago, pasando un brazo por mis hombros—. Tú tienes alma de R1, ellos ya tienen alma de jubilados amargados.
Elena se acercó a nosotros, luciendo un vestido negro que la hacía ver espectacular. Se fijó en mi copa vacía y luego en mi cara sonrojada. Me sonrió de una manera cómplice, casi orgullosa.
—Vaya, Harrington… parece que ahora toleras mucho mejor el trago que en la universidad —comentó Elena, ignorando la mirada de piedra que Ian nos lanzaba desde la barra—. Te sentó bien el retiro.
—He tenido que aprender muchas cosas estos cuatro años, Elena —respondí, sonriendo con una confianza que solo el whisky te da—. A aguantar el sueño, el dolor y, por lo visto, el alcohol.
—¡Zoe! ¡Mira a ese de allá! —Sofía me señaló a un grupo de hombres en la mesa de al lado—. El del reloj de plata dice que es abogado. Ha estado mirándote desde que entramos. ¡Vamos a bailar!
—Sofía, no creo que... —intenté protestar, pero ella ya me estaba arrastrando hacia la pista.
El abogado —un tipo alto y con una sonrisa amable— se acercó de inmediato.
—¿Te debo una pieza? —preguntó él, acercándose a mi oído para que lo escuchara.
—Solo si prometes no hablar de leyes —respondí, riendo.
Sofía me dio un empujón juguetón hacia él y terminamos en medio de la pista. La música cambió a un ritmo urbano, lento y pesado. El abogado puso sus manos en mi cintura y yo, por primera vez en cuatro años, no me alejé. Empecé a moverme al ritmo de la música, cerrando los ojos y dejando que la vibración me envolviera.
Quería olvidarlo todo. Quería olvidar el contrato que Ian me obligó a firmar, quería olvidar el frío de su oficina y el calor de sus ojos cuando me odiaba. Quería olvidar que en casa había un niño que era su vivo retrato.
—Bailas increíble para ser doctora —me dijo el abogado, pegándose un poco más.
—Y tú no pareces tan aburrido para ser abogado —le contesté, echando la cabeza hacia atrás y riendo.
A través de las luces estroboscópicas, abrí los ojos un segundo y vi a Ian. Estaba apoyado en la barra, con un vaso de whisky en la mano, absolutamente solo. No estaba hablando con Marcos ni con Santi. Me miraba fijamente, con una intensidad que casi podía sentir quemándome la piel a través de la distancia. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía que iba a romperse.
Le sostuve la mirada mientras seguía bailando con el desconocido. "Mírame, Ian", pensé con la valentía de la embriaguez. "Mira a la chica que rompiste. Ya no es tuya. Ya no le importas".
Giré sobre mi eje, dejando que mi cabello castaño rozara el rostro del abogado, y me perdí de nuevo en el ritmo, riendo a carcajadas mientras el mundo exterior desaparecía. Por una noche, Zoe Harrington no era una madre secreta ni una residente humillada. Era solo una mujer libre, bailando bajo las luces de un sábado que me pertenecía solo a mí.
