ELIAN: EL REGRESO DEL RUSO

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Capítulo 6 Capítulo 6

«Olvídate de Elian para siempre.»

Era un sabio consejo y el más difícil de seguir. Aunque la razón le gritaba que era lo mejor, no era lo que su corazón quería. El ser humano…, el amor podía ser demasiado complejo, siempre buscando mil maneras de complicarse la vida teniendo la solución en sus manos.

Eva suspiró. Elian era prohibido, siempre lo supo. Fue necia al alimentar un sentimiento que debió cortar apenas comenzó a nacer. Era su culpa por soñar con lo que no debía. Su familia no podía pagar por sus locuras. Sabía mejor que nadie que la sangre y el apellido eran el orgullo para cada familia. La sociedad de Atenas no les perdonaría, no la señalarían como única responsable. Harían pedazos incluso a los descendientes no nacidos. Los condenaría a todos…

Deseaba no haber amado a Elian jamás. ¿Cuántas veces tenía que pensarlo y repetírselo? Eso no cambiaba la maldita verdad. ¿Quién era tan masoquista para sufrir por gusto? Definitivamente, ella no quería serlo.

Eva abrió la boca, pero la cerró de golpe cuando el teléfono de Tessa sonó. Ella miró la pantalla, le regaló una sonrisa de disculpa, pero algo había cambiado en su rostro.

—Lo siento, he estado esperando esta llamada, tengo que atender —dijo, levantándose de la silla con rapidez.

—Está bien, no te preocupes —respondió Eva. Siguiendo a Tessa con la mirada; ella abrió la puerta de cristal que daba a la pequeña terraza y salió, cerrando detrás de ella.

Eva frunció el ceño, Tessa estaba actuando un poco rara, aunque la llamada era importante, antes no tuvo que esconderse. Negó, quizá solo estaba pensando de más. además, no debía olvidar que cada persona tenía sus problemas con que lidiar.

Tenía toda la intención de preguntarle, pero Tessa se tomó demasiado tiempo y cansada, decidió dejar la habitación. Ya tendría oportunidad de hablar con ella más tranquila, cuando sus emociones no fueran una mierda.

Con rapidez, bajó las escaleras con intención de salir y alejarse del café, pero antes de atravesar las puertas de cristal, estas se abrieron de par en par, encontrándose de frente a Aris Kouris.

Instintivamente, ella dio un paso atrás, sin apartar la mirada. ¿Qué rayos hacía él ahí? ¿Acaso la seguía? Eva trató de recomponerse; no debía dejar que Aris notara en su rostro las preguntas que bailaban en su cabeza.

—Eva, cariño, que sorpresa —comentó, tomándola por la cintura, haciendo una ligera presión sobre su piel, arrancándole un suave gemido.

—La sorprendida soy yo —dijo, tratando de sonar tranquila—. No esperaba encontrarte aquí.

Él le sonrió de esa manera que conseguía hacerla olvidarse de Elian, aunque fuera algo efímero. ¡Aris era su novio! Era normal que le hiciera sentir cositas. La atracción no tenía nada que ver con el amor, ella era humana después de todo.

—Digamos que estamos conectados —respondió, viéndola de una manera distinta, como si algo había cambiado entre ellos y no lograba entender que era.

Sus labios se acercaron demasiado a los suyos, sintió el calor de su aliento bañarle la boca, iba a besarla y ella, no iba a resistirse. Tenía que olvidar, empezar de nuevo, darle la oportunidad a Aris tal como se lo dijo a Tessa.

Eva recibió la lengua de Aris, disfrutó del beso sin culpa, esta era la primera vez que realmente pensaba en él mientras su lengua jugaba con la suya. Era Aris, se repitió una y otra vez hasta que él se apartó.

—Estaba cerca y se me antojó un café —dijo con la respiración entrecortada—. De haber sabido que estaba aquí, habría llegado antes —agregó, tocándole la punta de la nariz.

Aris era tan perfecto que la culpa le mordió el pecho como un perro rabioso. Lo que Eva no sabía era que su novio no era tonto, así como descubrió a Elian y usó la información a su favor, así lo haría con ella. La quería para él y la tendría sin importar lo sucio que debía jugar. En la guerra y en el amor todo acto valía.

El mundo era de los vivos, del más inteligente. No de quienes aceptaban su destino sin pelear, como lo había hecho Elian al rendirse con Eva. A río revuelto, ganancia de pescadores. Y él si sabía aprovechar las oportunidades.

Evangelina Kyriaskis era suya y lo sería para siempre.

—¿Me acompañas? —preguntó, ofreciendo su brazo como todo un caballero.

Eva asintió ligeramente; un nudo se le formó en la garganta. Había algo en Aris que la ponía en alerta; quizá era debido a la conversación con Elian o solo se estaba imaginando las cosas.

Tomó el brazo de Aris y caminó de regreso al interior de la cafetería, luchando para controlar los temblores de su corazón. Tessa, como si adivinara la situación, bajó oportunamente por las escaleras, caminando hacia ellos.

Ella les dedicó una mirada que de repente Eva no supo descifrar.

—¿Mesa para dos? —preguntó con una sonrisa que resultaba un poco forzada. No la culpaba, después de todo, se había ido sin despedirse.

Aris asintió.

—Perfecto —respondió ella, moviéndose entre las mesas, guiándolos a la terraza.

La mano de Aris descansó sobre la parte baja de la espalda de Evangelina, indicándole silenciosamente que siguiera a Tessa. Sin resistirse, ella obedeció. Cada paso se sentía como si caminara a una trampa y aun así no se detuvo hasta llegar a la mesa más alejada.

Parecía algo premeditado por parte de Tessa, su amiga estaba adoptando el papel de cupido. No era un secreto que su aprecio por Elian era nulo, así que esta era su manera de decirle… has elegido bien.

—Volveré en un momento —agregó Tessa antes de dejarlos solos.

Aris haló la silla para Eva; rígida, ella se sentó mientras el ambiente se llenaba de un denso y tenso silencio. El nerviosismo se apretó en el pecho de la rubia observando a Aris recostarse contra el respaldo, observándola como un depredador a su presa. No como un hombre miraba a una mujer. Él la miraba como si quisiera leerle el alma, como si quisiera atravesar su cabeza y descubrir todos y cada uno de sus secretos.

Esos secretos que estaba empeñada en esconder.

—Nuestro encuentro te ha puesto inquieta, Eva —dijo, viéndola fijamente—. ¿Es por el regreso de tu hermano? —preguntó, estudiando cada gesto como un halcón.

Evangelina no respondió.

—Si tuviste algún problema o discutiste con él por mi culpa, me disculpo.

Ella negó, pero no se atrevió a hablar. Elian no era un tema que quisiera discutir con Aris por muchas razones.

—Quisiera saberlo todo de ti, Eva.

Ella se humedeció los labios, su sangre retumbó en sus oídos.

—No hay mucho que saber, mi hermano y yo… tenemos una relación extraña. No lo había visto en los últimos dos años —dijo, encogiéndose de hombro—. Supongo que no sabía que tú y yo estábamos en una cita.

El nudo que se le formó en la garganta le apretó la tráquea, robándole el aliento. No le estaba mintiendo, pero tampoco le estaba contando toda la verdad.  No esa que Aris quería saber, sería muy vergonzoso decirle que había perdido la virginidad en la cama de su hermano y que había sido despreciada por él.

—Tiene sentido, aun así, no debió llevarte de esa manera del club —dijo con una tranquilidad que no sentía.

—Elian no termina de entender que ya no soy una niña, sigue pensando que soy su responsabilidad. No te preocupes.

Aris apretó los puños dentro del abrigo.

—Aun así, no puede perder la compostura, anoche hubo rumores —dijo, soltando la primera bomba.

—¿Rumores?

—Sí.

—¿Qué tipo de rumores? —preguntó Eva, afligida.

—No es la primera vez que sucede, ¿verdad? Escuché que hace dos años hizo lo mismo y que luego de eso, desapareció.

Los latidos del corazón de Eva se aceleraron con las palabras de Aris, el nudo en su garganta se hizo más grande, más asfixiante.

—No soy hombre que presta atención a los rumores, nena —expresó Aris con una sonrisa, sus dedos acariciaron el dorso de Evangeline.

Ella tembló irremediablemente.

—Solo necesito que tu te abras, Eva, estoy aquí, voy a escucharte sin juzgarte —dijo, levantándose de la mesa sin soltarla.

Aris la llevó cerca del barandal, la atrapó entre sus brazos, abrazándola como si quisiera consolarla.

Eva no pudo evitar pensar que ya él sabía la verdad, que solo estaba dándole la oportunidad de confesarse y, aun así, no resultaba fácil abrirse a él.

—Fuiste suya, ¿verdad? —soltó él de repente, su voz fue baja y ronca, su aliento rozó su lóbulo.

Eva se quedó petrificada, un escalofrío le recorrió la espalda; los vellos de la nuca se le erizaron, sus piernas temblaron como si fueran a ceder ante su peso. Aris al fin, había confirmado lo que ya sospechaba.

Sabía lo suyo con Elian.

—Si lo niegas, te creeré —musitó, mordiéndole la oreja.

Aris le estaba dando una oportunidad para limpiar su imagen y decir que nada había ocurrido; sin embargo, él ya lo sabía, no tenía sentido mentirle y si de verdad quería olvidarse de Elian, era mejor hablarle con la verdad.

—Sí —pronunció con un hilo de voz.

Aris el acarició la espalda, no le hizo ninguna clase de reproche, no se apartó de ella, por el contrario, podía sentirlo más cerca. Sus labios le presionaron sobre su cuello.

—Comprendo —musitó, besando el hombro de Evangelina.

Eva se apartó lo suficiente para buscar su mirada. Sus rostros quedaron muy cerca, sus labios casi se rozaron y cuando la boca de Aris buscó sus labios, no se apartó. Aris guio el beso, presionando la cabeza de Evangelina, su hábil lengua consiguió arrancar un suspiro de los labios de la rubia.

Se sentía tan vulnerable, quería llorar y acurrucarse entre los brazos de Aris, deseaba dejarse llevar y olvidarse de todo.

Lo necesitaba.

Evangeline no sabía si era por el beso o por la falta de aire, por lo que fuera. Su cuerpo reaccionó a la presión de Aris, su entrepierna se empapó, sus pezones se pusieron tiesos dentro del vestido, haciendo que la fricción entre ellos fuera estimulante.

Quizá solo era la necesidad de ser entendida, sostenida, amada.

—Vamos a otro lugar —pidió, sin verlo a los ojos, temía que, si lo hacía, toda la valentía se esfumara de su cuerpo. Ese día, pensaba romper las cadenas que lo ataban a Elian para siempre.

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