ELIAN: EL REGRESO DEL RUSO

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Capítulo 5 Capítulo 5.

Evangelina se tensó al escuchar la voz de Elian a su espalda. La taza entre sus dedos tembló y un nudo se formó en la garganta, negándose rotundamente a girarse para verlo.

Tenía que acostumbrarse, el cambió empezaba por ella.

—No. No lo hará —respondió con más seguridad de la que sentía, dejó la taza sobre la mesa con cuidado, quería evitar que Elian notara el temblor de su mano.

—Eva…

Ella se levantó con la elegancia de una reina, la mezcla perfecta entre una rusa y un griego. A sus ojos, era una diosa.

—Lamento no poder quedarme para conversar contigo, hermano —dijo, girándose para enfrentarlo, esbozó una sonrisa que no llegó a iluminar sus ojos—. Pero tengo una cita con Aris, si me disculpas, se me hace tarde.

Eva pasó a su lado, sin rozarlo, dejando claro que la distancia entre ellos ya no solo era física, también emocional.

—¡Espera! —gritó Elian, atrapando su muñeca—. No te vayas.

Evangeline se tensó como un arco a punto de disparar. Se apartó con brusquedad, dejando ver en sus ojos la molestia que le provocaba que la tocara. Lo miró y por primera vez en mucho tiempo, sintió resentimiento, odio por él.

Elian sabía muy bien lo que le provocaba su toque, pero, aun así, la provocaba. ¿Lo hacía por diversión? ¿Crueldad? ¿O sencillamente tenía la perversa intención de burlarse de ella?

—Por favor, Eva…

—¿Qué es lo que quieres?

—Es sobre Aris. —Elian quería advertirle sobre las intenciones del hombre. Deseaba decirle que conocía su secreto, pero se detuvo antes de decir una sola palabra.

Conocía a Evangelina y sabía que, si le contaba, existía la posibilidad de que fuera directamente a enfrentarlo y entonces, Aris tendría motivos para exponerlos. Él quería la información que tenía para destruir todas las pruebas de sus negocios ilícitos; Elian solo quería proteger a Eva.

—Olvídalo, Elian. No hablaré contigo sobre Aris, es mi novio y nada va a cambiarlo —le aseguró. Todo lo que Eva quería era alejarse de él. Su sola presencia tenía el poder de ponerla mal en muchos sentidos.

Elian apretó la mandíbula hasta que sus dientes dolieron. ¡Eva se comportaba tan irresponsable que la desconocía!

—Estoy preocupado, ¿no lo entiendes?

—Perfectamente, Elian. Me aprecias, me quieres como hermana, ya lo sé, no tienes que ser tan insistente, no tienes que convencerme. No a mí —respondió sin emoción, poniendo sus sentimientos bajo mil candados.

—Maldición, Aris no es el hombre para ti, Eva. ¡Entiéndelo de una puta vez!

Ella le dedicó una fría mirada y, sin responder, se alejó de él. Estaba cansada de repetir lo mismo. Las discusiones con Elian ya ni siquiera eran divertidas. Cada palabra que salía de sus labios era como espadas afiladas que tenían toda la intención de herir.

Cada vez odiaba más el hecho de que fuera su hermano adoptivo. Odiaba todo de él, pero se odiaba más a sí misma por amarlo como lo hacía. ¡Su corazón no entendía razones! Era necio y, si continuaba por ese camino, tarde o temprano tendría que recoger los pedacitos que quedaran de él.

Incapaz de estar en el mismo lugar y de respirar su mismo aire, tomó las llaves de su auto y escapó de casa, no era cobardía, era supervivencia.

La frustración, el enojo y la decepción se convirtieron en adrenalina pura. Evangelina pisó el acelerador a fondo, desplazándose hacia el norte. Bajó la velocidad al tomar la calle Athinás, dejando atrás el bullicio del mercado de pulgas. Estacionó y caminó en dirección recta. Las calles estaban llenas de vendedores ambulantes; el aroma del souvlaki llenaba el ambiente cálido de Atenas.

Eva se detuvo a la mitad de la calle, giró a su derecha; el edificio era antiguo con persianas azul cobalto. Las letras blancas del rótulo de la cafetería brillaban incluso bajo la sombra que proyectaban los toldos.

El lugar no era el más elegante, pero el ambiente olía a café tostado y pan recién horneado. Era de esos sitios pequeños que no puedes dejar de visitar. Eva empujó la puerta de cristal. La campanilla anunció su llegada. El aire cambió, era fresco, perfumado por bergamota y lleno de murmullos suaves de las conversaciones.

Ella no se detuvo en ninguna de las mesas, no vino a tomarse un café y pasar el día sola. Fue directo a la pequeña oficina en el segundo nivel, dejando los agradables aromas y la cotidianidad de las personas normales. Esas que jamás se sentirían atraídas por un miembro de su propia.

Eva se paró delante de la puerta, estando allí, justo a un paso de su amiga, pensó que quizá era mejor marcharse. Tessa estaba ocupada con sus asuntos, ¿por qué hacerla perder el tiempo con sus dramas? La pregunta llegó cuando sus nudillos golpearon la madera.

—Adelante.

Evangelina respiró profundo, giró el pomo y empujó la madera.

—¿Todo bien? —preguntó Tessa, al verla entrar a su pequeña oficina. Dejó de lado la humeante taza café sobre la mesa para levantarse de su silla.

—Hola —respondió Eva, sin saber muy bien que decir.

Tessa la saludó con un beso en ambas mejillas.

—No te ves nada bien, ven siéntate y cuéntame —pidió, llevándola al sillón.

—Para ser honesta, nada está bien —admitió con derrota.

Tessa le dedicó una mirada penetrante que casi le abrió un agujero.

—Volvió —musitó, enterrando la cabeza entre las manos. No tenía que decirle de quien se trataba; Tessa lo sabía muy bien, era la única que conocía su secreto.

Evangelina había estado muy mal aquella vez. La dura realidad, la reacción de Elian tras su noche de pasión la dejó devastada y terminó por contarle a Tessa lo ocurrido. Ella la había escuchado sin juzgarla, le había dado su hombro para llorar como toda buena y mejor amiga.

—¿Es Elian? —Tessa sabía quien era, pero necesitaba preguntarlo.

Eva asintió con un movimiento de cabeza.

—Sí.

Un corto silencio se instaló entre ellas. Tessa la miró antes de dejar escapar un suspiro.

—¿Y qué piensas hacer?

Evangelina se mordió el labio, sopesando su respuesta, pero el silencio se extendió hasta volverse casi insoportable.

—Tienes una relación con Aris —dijo, acariciándole el cabello rubio como si fuera una niña pequeña y necesitara entender las cosas—. ¿Qué piensas hacer? —preguntó, deteniendo el movimiento de sus dedos.

Evangeline tragó el nudo que se le instaló en la garganta mientras un sonido incomprensible abandonaba sus labios, levantó el rostro sintiendo sus calientes lágrimas llenar sus ojos.

—Renunciar.

—¡¿Dejarás a Arias?! —Tessa se puso de pie de un salto, la silla cayó estrepitosamente al suelo—. No puedes hablar en enserio, Eva. Sé muy bien lo que sientes por Elian, pero amarlo no te ha traído más que sufrimiento y dolor. Mereces más que ser un sucio secreto.

Eva asintió. Tessa tenía toda la maldita razón. Amaba a Elian desde hace mucho tiempo y hasta ahora las mieles que conoció entre sus brazos terminaron convirtiéndose en hiel.

—No puedo creerlo, Eva, no puedo creer que quieras arrastraste por un hombre que no te dará el lugar que te mereces.

Las palabras de Tessa golpearon el orgullo de Eva, ella la miró con decisión.

—Nada va a cambiar entre Aris y yo —respondió.

Tessa se mostró sorprendida.

—¿Hablas en serio?

—Totalmente —murmuró sabiendo que su traicionero corazón anhelaba otra cosa. Que su cuerpo deseaba sentir la piel de Elian sobre la suya, pero no podía darse el lujo de que él continuara despreciándola y humillándola en cada oportunidad.

—Haces bien —dijo Tessa, más calmada—. Aris ha sido muy bueno contigo, merece una oportunidad, Eva. Estoy segura que llegarás a amarlo como se lo merece. Pero si no puedes corresponderle, déjalo. No conviertas a Aris en un sustituto de tu amor no correspondido.

Algo en las palabras de Tessa le hizo sentirse incómoda. Tal vez no eran las palabras, sino el tono empleado para decirlas. ¿No se estaba preocupando mucho por alguien que apenas conocía? Tessa era amiga suya no de Aris. ¿No debería ponerse de su lado?

Sin embargo, tenía razón. Aris merecía un amor completo y no ser únicamente un escape. Saberlo no la hizo sentir mejor.

—Evangelina…

—Puedo hacerlo, Tessa, quiero hacerlo —musitó con decisión—. Le daré la oportunidad más allá de lo que tenemos —agregó con una ligera sonrisa.

Su relación con Aris no había pasado de besos intensos, algunos toqueteos íntimos, pero nunca llegaron a tener sexo, siempre fue ella quien le puso freno inventando cualquier excusa y, aun así, Aris la entendió, jamás la presionó.

—Me alegra escucharlo, Eva. No es justo que Elian ponga tu mundo patas arriba cada vez que decide regresar y se hunda cada vez que decide huir.

Un denso y largo silencio llenó la habitación tras las palabras de Tessa. Podían sonar dura, pero sinceras y llenas de verdad.

Aris no era Elian, no debía olvidarlo jamás.

—Sinceramente, no quisiera estar en tus zapatos, amiga. Sé que nada de esto ha sido fácil para ti —dijo Tessa, tocando su mano.

—No me gustaría verte en una situación como la mía —admitió. Ella no sabía qué culpa le hería más.

Estar con Aris sin amarlo o arriesgarse a estar con alguien vinculado a la mafia por capricho. No era otra cosa; aunque su novio era guapo, rico y hasta ahora se había comportado como todo un caballero, no despertaba la misma pasión que Elian conseguía encender con una sola mirada, con un solo roce de sus manos.

Sin embargo, si Aris era culpable de asociación ilícita, sería cuestión de tiempo para que fuera llevado ante la justicia y entonces, ¿qué? ¿Se sentiría menos culpable por usarlo? Maldición, Elian le alteró la vida en menos de veinticuatro horas.

Un ligero carraspeo la sacó de sus pensamientos. Tessa había regresado a su asiento; la miraba fijamente como un halcón a su presa. ¿Acaso adivinaba lo que estaba pensando? Era imposible.

—Si aceptas un consejo —dijo, tomando el bolígrafo entre sus dedos, girándolo hasta marearla—. Olvídate de Elian para siempre. A ojos del mundo, es tu hermano, Evangelina. Y sabes muy bien que en Grecia el apellido importa y pesa lo mismo que la sangre.

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