ELIAN: EL REGRESO DEL RUSO

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Capítulo 4 Capítulo 4.

Capítulo 4.

Elian se quedó completamente frío y quieto como una estatua de mármol. Las gotas de lluvia se precipitaron del cielo de manera violenta y él, sencillamente no reaccionaba. Sus manos se cerraron en dos puños de acero mientras intentaba encender su cerebro. Miró a Aris, empapándose al igual que él. Con la diferencia que tenía el rostro brillante, como alguien que acababa de descubrir un yacimiento de oro puro.

—¿Sorprendido? —preguntó, burlón—. No es para menos. El secreto mejor guardado de Elian Kyriaskis, no es un secreto en realidad.

Elian lo miró.

—No tengo la menor idea de lo que hablas —respondió, cuando el corazón por primera vez en años, le temblaba.

—¡Oh, vamos! Sabes muy bien de lo que hablo, cuñado. El sol no se puede tapar con un dedo. Es un pecado que lo pienses.

Elian apretó los dientes con fuerza, midiendo a su enemigo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, no tenía otra opción que negociar. Su familia lo valía, incluso si tenía que vender su alma al diablo. Haría todo para protegerlos.

—Necesito toda la información que has recolectado sobre mí y mis negocios —declaró, acomodándose el abrigo que su seguridad le alcanzó—. Eso a cambio de las fotos que tengo en mi poder.

—¿Crees que voy a caer en tu juego? Tú no tienes ni sabes nada.

—¿Quieres tentar a la suerte, Elian? ¿Dejarás que Eva pase por tremenda humillación? El mundo enteró sabrá de su pecado, será señalada con el dedo, repudiada por la sociedad. Los ojos de toda Grecia recaerán sobre ella, ¿es lo que quieres para nuestra querida Eva?

—Eres un miserable.

—Soy un hombre de negocios. Esto es un trueque, yo te doy, tú me das. A los dos nos conviene seguir ocultando nuestra verdadera naturaleza. Ruso.

Elian se tensó al darse cuenta de que Aris no hablaba por hablar. Si conocía su verdadero origen, era impensable que no supiera más cosas sobre él. Incluyendo los negocios de la familia en el bajo mundo. Esos que estaban llevando su tiempo limpiar.

—¿Cómo sé que cumplirás? —preguntó, viéndose atrapado entre la espada y la pared. Si solo se tratara de él, otro gallo cantaría.

Pero con Evangelina involucraba, todo cambiaba. Tenía que protegerla al precio que fuera, incluso si tenía que dejar que Aris se saliera con la suya. No sería definitivo, encontraría una manera de ponerlo tras las rejas, por ahora. Eva era lo más importante.

—Soy un hombre de palabra, Elian.

—Quiero verlas.

—Eres un sádico, ¿acaso quieres recordar ese momento tan… impropio entre ustedes? —se burló.

Elian no respondió, se quedó quieto mientras Aris tomaba el sobre café de la mano de uno de sus hombres. Volvió con lentitud, golpeando le pecho del ruso.

—Míralo por ti mismo.

Él tomó el sobre, lo abrió y extrajo el contenido. Eran fotos de Eva y él juntos. Por el ángulo de cada una, se dio cuenta de que fueron tomadas de una cámara de seguridad. Elian no recordaba mucho de esa noche y a la mañana siguiente, se había ocupado de dejarle claro a Evangelina que debían olvidarse de lo sucedido.

Era su maldita culpa. Él tenía que protegerla y ahora, era el responsable de ponerla en el ojo del huracán.

—Si sabes lo que sucedió entre nosotros, ¿por qué insistes con ella, Aris? —preguntó con una calma que no sentía. Las piernas le temblaban, la sangre le retumbaba en los oídos. No se sentía él.

—Ya te lo he dicho, Eva es el sueño dorado de cualquier hombre y la quiero para mí.

—No lo permitiré.

—¿Crees que te voy a pedir permiso?

—Estás jugando con fuego …

—Y quien se chamuscó fuiste tú —se burló—. Deja que mi relación con Eva continue, quiero casarme con ella y convertirla en una mujer decente. Deseo que se olvide de ti y no lo hará mientras sigas metiéndote en nuestras vidas.

—Pides mucho.

—Te estoy ofreciendo demasiado. Puedo enviar estás fotos a las revistas del corazón, a las televisoras. Puedo conseguir que se haga viral en las redes y al mismo tiempo ser su pañuelo de lágrimas.

—Te daré hasta el fin de semana para que lo pienses. Sería una lástima arruinar la buena reputación de Eva y el buen nombre de la familia Kyriaskis, ¿no crees?

Elian no respondió, apretó las fotos en su mano hasta arrugarla por completo. No era las originales por lo que Aris lo tenía en su mano.

—Tú ganas —aceptó, maquinando ciento de ideas para hacerle pagar este maldito chantaje—. Te veré el sábado a las cinco en El Pireo, te llevaré toda la información, pero a cambio, tú vas a entregarme todas y cada una de las copias que tengas de estas fotografías.

—No trates de jugar conmigo, Elian —le advirtió, subiendo de regreso a su auto. Dejándolo atrás. Solo.

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Evangelina abrió los ojos y la sanción de que su mundo estaba a punto de cambiar la sacudió. ¡Cada vez que ella y Elian se involucraban por una u otra razón, siempre tenía algo que suceder y no era para nada bueno!

La última vez, él se marchó al extranjero, utilizando los negocios como escudo. No quería imaginar lo que se inventaría esta vez. ¿Qué maldita excusa daría para irse? No lo sabría hasta que sucediera.

Eva negó, tenía que dejar de pensar en él. Elian no se merecía uno solo de sus pensamientos. Era un cobarde, alguien incapaz de reconocer al amor teniéndolo delante de sus narices.

Un hombre así, no valía la pena. No era un niño, era un hombre adulto. Solo tenía que ser valiente. Sin embargo, la decepción que se abrió en su pecho fue inevitable. Por mucho que lo provocara, continuaría negando sus sentimientos. Aferrándose a su lealtad.

Su sentido del deber era demasiado grande, más fuerte que cualquier otra cosa. Incluso más fuerte que sus propios sentimientos. ¿Qué más necesitaba para pasar la página? ¿Por qué esperaba aun cuando sabía que no tenían un futuro juntos? ¡Por Dios! Ella tampoco era una niña, era una mujer.

Si él no se decidía, tenía que hacerlo ella. Su historia necesitaba un punto final.

Con brusquedad, apartó las sábanas, salió de la cama con un amargo sabor en la boca y no era gracias a los tragos de anoche. Fue directamente a la ducha, se dio un baño y salió casi renovada, por lo menos físicamente. Casi, porque aún tenía que enfrentarse a él, verlo todos los días, acostumbrarse a verlo como su hermano, la cabeza de la familia.

Veinte minutos más tarde, bajó al jardín, esperando encontrarse con una escena familiar; sin embargo, Electra era la única sentada en la mesa.

—¿Se te han pegado las sábanas hoy? —preguntó a modo de saludo. Tener una sobrina casi de tu misma edad en ocasiones resulta chocante.

Eva no le respondió, se sentó en la silla contigua. Se sirvió un café en completo silencio, pero la mirada de Electra estaba fija sobre ella. Levantó la cabeza ligeramente para encontrarla observándola por encima de la taza.

—¿Hay algo divertido en mi rostro? —preguntó de mala manera. Su sobrina no tenía la culpa de lo que le sucedía con Elian, pero había amanecido peleando con el mundo entero.

Electra negó.

—No sé por qué, pero cada vez que el tío Elian vuelve, tu humor se vuelve negro —acusó—. Y él no parece mejor que tú. Ayer me preguntó sobre tu relación con Aris.

La taza se queda a medio camino mientras la mano le temblaba ligeramente.

—¿Qué le has dicho?

—Nada que no se sepa —respondió la joven —. Le dije que era tu novio y no le hizo ninguna gracia. Salió echo una furia, ¡me dejó hablando sola! —gritó indignada.

Pero su indignación no era importante. La chispa de la esperanza se encendió en el corazón de Evangelina.

De nuevo, estaba dejándose llevar por una ilusión.

—Por cierto. —Electra cortó el hilo de sus pensamientos, haciendo que Evangelina le prestara atención.

—¿Qué?

—El abuelo llamó muy temprano. Dijo que no volverían hasta dentro de dos semanas, así que… me preguntaba… —Ella hizo una pausa demasiado larga.

Electra parecía no encontrar las palabras correctas para expresarse. Los ojos verdes brillaron con algo de emoción y fascinación, como alguien que está a punto de conseguir algo con solo abrir la boca.

—El fin de semana hay una fiesta y me han invitado, ¿puedo ir? —preguntó, batiendo las pestañas. El truco barato que solía usar con sus padres y sus abuelos, que por cierto siempre le resultaba. Con ellos, no con Evangelina.

—No.

Ella hizo un puchero, dejó la taza sobre la mesa con un golpe demasiado exagerado. Sus berrinches no cambiarían la decisión tomada.

—No puedes decirme que no.

—Ya lo hice, Electra.

—Pero, tía, es una fiesta que llevo esperando meses.

—No importa, no irás —insistió tajante.

Electra le dedicó una mirada que decía más que mil palabras.

—Estás bajo mi responsabilidad y, mientras sea así, no tienes ningún permiso y menos para irte de fiesta con tus amigos.

Electra se cruzó de brazos, mostrando cuánta indignación le causan las respuestas de Eva; sin embargo, no se preocupaba.

—Le llamaré al abuelo —amenazó, poniéndose de pie.

—Llama a quien tú quieras, Electra, eso no cambiará nada.

—Eres tan cruel.

—No me importa lo que pienses y el calificativo que me pongas. Soy responsable de ti, no quiero que te expongas al peligro. Las fiestas universitarias nunca terminan bien. Siempre hay alcohol y drogas mezclándose como el peor de los venenos.

—¿Lo dices por ti? —cuestionó con rudeza. Estaba enfadada.

Evangelina le dedicó una sola mirada, dando por terminada la conversación mientras Electra se aleja por la puerta lateral, volviendo a la interior de la casa, dando un portazo para anunciar lo furiosa que se encontraba.

Eva negó con un lento movimiento de cabeza, Electra no era su responsabilidad, pero la adulta a cargo gracias a las vacaciones de sus padres y hermana.

—Sabes que de todas maneras se irá, ¿verdad?

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