ELIAN: EL REGRESO DEL RUSO

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Capítulo 3 Capítulo 3

Capítulo 3.

Evangelina se detuvo, no se giró. El aire se le atoró en la garganta, su cuerpo tembló ligeramente. ¿Qué es lo que Elian pretendía con esto? ¿Qué diablos quería de ella?

—Sé que mis palabras suenan exactamente a una maldita excusa, Eva, pero no es ninguna mentira. Aris es un peligro para ti —dijo.

Elian quería decirle que los nexos de Aris con la mafia no solo la exponían a ella al peligro, sino también a la familia Kyriaskis y a los secretos que llevaban años escondiendo. Nadie debía enterarse de los nexos que Esteban y Annika tuvieron con la mafia en el pasado. Eso era parte activa de su trabajo. Mantener los demonios del pasado bajo mil candados.

Contrario a lo que Evangelina creía, sus largas ausencias no eran por gusto y placer. Tampoco era para evitarla. Sino para garantizar la seguridad familiar. Su seguridad.

—Eva…

Ella se giró lentamente; seguía tan hermosa y tan perfecta como siempre. Y tan malditamente prohibida que dolía.

Era algo que no lo cambiaría ni el tiempo ni la distancia. Ella era esa droga que jamás debió probar; sin embargo, lo hizo y, desde entonces, vivía intoxicado en espera de la siguiente dosis.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó con seriedad. Su rostro era como el mármol, frío y hermoso. Apenas acabas de conocerlo.

—No te miento, Evangelina, no tengo ninguna razón para hacerlo. Me conoces, y…

Ella dejó escapar una amarga carcajada.

—Creí conocerte, Elian, pero veo que he estado equivocada contigo. ¡Eres como el perro de las dos tortas! No comes ni dejas comer —acusó Evangelina iracunda.

Elian hizo un gesto de dolor. Como si las palabras de ella lo hirieran. Bien, es lo que quería; sin embargo, Evangelina no tenía idea de lo que pasaba por la cabeza de su hermano.

Él no deseaba comerla, sino devorarla. Moría por perderse en su piel, enterrarse en su calor y olvidarse de todo lo que la convertía en alguien prohibida. Si ella supiera todos los estragos que causaba en él. Si tan solo… no fueran hermanos.

—Esperaba que te comportaras como el hermano que tanto quieres ser. Pero, ¿llegar a esto no te parece innecesario? No tienes por qué mentir sobre Aris. Y en todo caso, es mi problema, ¿no?

El enojo surcó los ojos grises; fue un rápido movimiento. Evangelina no lo vio venir, pero antes de procesar lo que sucedía, la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.

—¿Acaso se te olvida quién soy, Eva? ¿A lo que me he dedicado toda la vida? ¿Crees que te diría una mentira únicamente por celos? —cuestionó.

Sus ojos brillaron con furia y resentimiento.

—Qué poco me conoces, Eva.

Ella no se amedrentó; por el contrario, encontró su oportunidad de sacar todo el dolor y el veneno que llevaba dentro, acumulado por dos largos años desde aquella vez.

—Tienes razón, no te conozco —dijo, intentando apartarse; él no lo permitió—. Tu boca grita una y otra vez que solo soy una maldita responsabilidad para ti, pero tus acciones dicen todo lo contrario.

Elian apretó la mandíbula, estiró la mano, acariciando la suave mejilla de Evangelina. Su toque era cálido, gentil y adictivo. Ella cerró los ojos y abrió la boca cuando los dedos masculinos trazaron la forma de sus labios. Eva suspiró; ahora mismo podía morir y lo haría gustosa. Había echado de menos esa cercanía. El calor de su cuerpo junto al suyo.

¡Lo deseaba tanto! ¡Al diablo con su orgullo! De eso no se vivía, pero se podía morir de amor.

—Admítelo de una puta vez, Elian —musitó—. Deja de correr y de comportarte como un cobarde.

Él tembló.

—No sabes lo que pides —respondió, ignorando el insulto.

—Te equivocas, lo sé muy bien —susurró, tomándolo por las mejillas con brusquedad—. Sé lo que pido, sé lo que necesito. ¿No puedes sentirlo? —preguntó, acercando sus rostros.

Su aliento era una mezcla de vodka y algo más. Quizá mienta. No lo sabía, pero era una tentación difícil de resistir. Cualquier hombre con sangre en las venas caería bajo el embrujo de Evangelina. Él tenía que resistir.

—Yo no tengo ningún problema en admitir lo que siento, Elian. Te deseo. Lo he hecho desde que tengo dieciocho —murmuró con voz melodiosa, seductora—. Desde entonces, no hay noche que no vengas a mis sueños y me hagas el amor —su tono fue altamente provocador.

Elian se mordió el labio cuando su pene dio un tirón doloroso entre su pantalón. Odiaba no tener las pelotas para tomarla y cumplir sus deseos; no era fácil soportar, resistirse, si Evangeline tuviera una mínima idea de lo que sentía. De lo traidor que se sentía al defraudar a Esteban y Annika. Si lo supiera, todo sería distinto.

—Mi coño te echa de menos, llora por ti —insistió, Evangelina tenía toda la intención de llevarlo al límite. Quería quebrar sus defensas, doblegarlo hasta que aceptara lo que había entre ellos.

—Somos hermanos —insistió con la voz forzada, pero funcionó. Evangelina apartó las manos como si de repente el cuerpo de Elian fuera un puñado de brasas. Se cruzó los brazos, enterrando las uñas en su piel.

—Entonces, deja de comportarte como un hombre celoso y asume tu papel.

—¡Eso es precisamente lo que estoy haciendo! —gritó exasperado, luchando contra el maldito deseo de tomarla entre sus brazos—. Aris no es trigo limpio, tiene las manos manchadas.

—¿Y qué político no las tiene? —refutó, mirándolo con desafío—. Menciona el nombre de un solo hombre que ha llegado al poder por sus propios méritos.

Evangelina era consciente de que su defensa era pésima, que no estaba siendo racional. Que hablaba desde el dolor que le causaba el rechazo de Elian, pero no iba a echarse atrás. Aunque estuviera cometiendo un error.

—Te desconozco, estás comportándote como una niña malcriada. Ignoras mis advertencias por mero capricho —señaló Elian, apretando la mandíbula. Eres irracional.

—¿Y a ti dónde te dejamos?

Elian alborotó sus cabellos con frustración. No era Evangelina quien le hablaba, sino el orgullo herido. Aun así, insistiría en hacerle ver su error. Defender a Aris únicamente para llevarle la contraria podía ser su condena. Y prefería estar muerto a quedarse de brazos cruzados y ver cómo se destruía por sí sola.

—Mi deber es protegerte y proteger el buen nombre de la familia —dijo. Eva no conocía el pasado de sus padres y, si él no hubiese sido protagonista de ese pasado, tampoco lo sabría.

—Elian…

—El historial de Aris con el crimen organizado es demasiado extenso. Si insistes en quedarte a su lado, no solo caerá él, también lo harás tú.

Evangelina dejó escapar un último suspiro. No tenía caso discutir con Elian; debía. No. Tenía que aceptarlo.

—Llévame a casa o llévame a la cama, pero no voy a discutir contigo sobre mi relación con Aris —le advirtió. Sabía que de esa manera iba a dar por terminada la conversación.

No tenía que ser una adivina para saber su elección. Evangelina sonrió ligeramente cuando Elian le abrió la puerta y esperó a que subiera. Ella lo hizo y él cerró la puerta con demasiada fuerza. Ella no se inmutó.

El trayecto a la mansión Kyriaskis fue silencioso y tenso. Evangelina, perdida en sus pensamientos, con la mirada clavada en el cristal mientras Elian se debatía entre volver a su casa y llevarla a la cama.

Él maldijo. El amor que sentía por Evangelina era una maldita condena; lo había sido desde el momento en que nació sin pedir permiso. Maldito fuera por desearla con cada fibra de su ser.

Apenas llegaron a casa, Evangelina se bajó del auto, dirigiéndose a su habitación; no esperaba que él fuera detrás de ella y no lo hizo. Elian se quedó en la sala, dejándose caer en el sillón, pensando si era buena idea o no aceptar convertirse en la cabeza de la familia Kyriaskis.

No llevaba una sola gota de sangre de la dinastía en las venas, por lo que la decisión de Esteban significaba mucho. Era lealtad. Pero si lo pensaba, era mejor volar a Estados Unidos y empezar una nueva vida lejos de todo. Lejos de ella.

—¿Tío Elian?

Él giró la cabeza al escuchar la voz de Electra. La niña, que ya no era tan niña, se aproximó con un vaso de leche en la mano y galletas. Venía en pijama y traía los pies descalzos; era por eso que no la sintió llegar.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó ante su falta de respuesta. Se sentó a su lado, ofreciéndole una galleta.

—Hoy.

—¿Y por qué no avisaste que vendrías? Los abuelos se han ido de vacaciones a Italia —le avisó.

—Estoy enterado —respondió. Sabía muy bien que sus padres no estaban en Atenas; fue por eso que decidió adelantar el viaje. Quería disfrutar un poco de libertad, pero le había salido el tiro por la culata. Nunca imaginó que iba a encontrarse con Evangelina en su primera noche en la ciudad.

—Entonces, ¿ha pasado algo? —preguntó la joven, mirando hacia las escaleras.

Elian aprovechó la oportunidad para saber qué terreno pisaba Aris dentro de la familia. Evangelina había mencionado que su padre estaba de acuerdo con esa relación, así que…

—¿Conoces a Aris Kouris? —preguntó.

Electra asintió, mordiendo un trozo de galleta y bebiendo un sorbo de leche.

—Es el novio de la tía Eva. Muy guapo, por cierto —respondió.

El gruñido quedó atorado en su garganta.

—El abuelo, ¿lo sabe? —su voz fue ronca, como si alguien le apretara la tráquea.

—Síp.

Elian apretó los puños hasta perder el color de sus nudillos.

—Vete a descansar, Electra, es muy tarde para que andes despierta.

—No importa, mañana es domingo, mis padres no se encuentran y…

—Ve a tu habitación —le ordenó con un tono demasiado rudo. Se levantó con brusquedad, abrió y cerró la puerta, haciendo temblar las paredes.  Ni siquiera se despidió de Electra.

Subió al auto y se alejó. El coche se desplazó por las calles violando el límite de velocidad. Elian golpeó el volante con el puño cerrado. Un minuto de distracción fue suficiente para casi perder el control; pisó el freno, haciendo derrapar el auto, deteniéndose a escasos centímetros del coche que se le había atravesado. Lo reconoció de inmediato. Aris Kouris…

—¡¿Te has vuelto loco?! —medio gritó, medio preguntó, golpeando el capó del deportivo, acercándose a la ventanilla.

La puerta se abrió; Aris bajó con la gracia de un felino. Le dio una última calada a su cigarrillo antes de tirarlo a la carretera.

—Elian Kyriaskis —murmuró, recargándose contra el vehículo. Se cruzó de brazos con una falsa tranquilidad.

—¿Qué demonios pretendes? —gruñó el rubio.

—Esa pregunta debería hacerla yo. Apareces de la nada y te llevas a mi novia. ¿Qué derecho crees tener, Elian?

—Soy su hermano. Eso me da todo el maldito derecho a llevármela si considero que está en peligro. 

Aris esbozó una sonrisa que no tenía nada de agradable.

—Sé que eres su hermano, pero tu preocupación sobrepasa los límites, Elian. Tus demostraciones de afecto son… incorrectas. 

Elian apretó los dientes, se contuvo un segundo para no romperle la cara; quería saber exactamente lo que Aris quería de él.

—Me tiene sin cuidado lo que pienses. Mi deber es protegerla —insistió; su voz sonó firme, pero, ¿creíble?

—Quieres protegerla, ¿de mí? —se burló Aris—. No tengo ninguna intención de hacerle daño. Evangelina es el sueño dorado de cualquier hombre. Ardiente, apasionada. Una mujer entregada que sabe lo que quiere y dónde lo necesita.

Sus palabras tenían doble sentido y Elian lo sabía. Apretó los dientes al imaginarse la maldita escena. Él conocía de primera mano lo apasionada que Eva era al entregarse. La manera en que sus labios se entreabrían, sus gemidos. Cómo lo apretaba en su interior.

¡Maldición!

—Ten cuidado con lo que dices —advirtió, tomándolo por las solapas de su chaqueta.

—¿Te molesta que sea tan descriptivo? —Aris no lucía impresionado por la reacción de Elian; más bien, parecía complacido.

—No es de caballeros expresarse así de una mujer, ¿no te lo enseñaron en casa?

Aris tomó las manos de Elian apartándolas de él.

Se enfrentaron en un duelo de miradas; el silencio y la tensión crecieron con cada segundo. Si pudiera, Elian no dudaría en meterle un tiro entre ceja y ceja. Pero el gobierno está involucrado a fondo y lo necesitaba vivo.

—¿Y qué si es de caballeros…? —cuestionó Aris, limpiándose la chaqueta con arrogancia. Como si su toque le provocara asco.

El sentimiento era jodidamente recíproco.

—Aléjate de Evangelina. Tú no eres el hombre que ella necesita.

Aris amplió la sonrisa burlona en su rostro.

—¿Y quién crees que es el hombre que ella necesita? ¿Tú?

Elian guardó silencio, tratando de no caer en su juego de palabras. No se estaba enfrentando a cualquier hombre, sino a alguien vinculado con la mafia.

—¿No dices nada? —preguntó.

—Te lo advierto, aléjate de ella. Evangelina no es ni será para ti —insistió, dispuesto a marcharse. Si continuaba, no podría garantizar la seguridad de Aris.

—Eso no lo decidirás tú, sino ella.

—Aris…

—Sé a lo que te dedicas, Elian, también conozco el secreto que guardas.

Él tensó la mandíbula.

—En realidad, conozco más de lo que te imaginas. Hace dos años en el Zephyr Lounge hiciste lo mismo que hoy. Te llevaste a Evangelina.

Elian sonrió.

—Somos hermanos, es mi deber protegerla de tipos como tú, ¿cuántas veces me harás repetirlo? —insistió, pero tenía la impresión de que algo se le escapaba.

Aris hizo un gesto de burla.

—Esa noche no la protegiste muy bien que digamos. ¿No? Te metiste en la cama de tu propia hermana y no fue precisamente para cuidarla. ¿Te imaginas lo que sucederá si esas fotos se hacen públicas? El mundo conocería el pecado de los hermanos Kyriaskis.

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