Capítulo 2 Capítulo 2.
Capítulo 2.
El silencio que se instaló en la mesa era roto por la música, por los murmullos de la gente. Elian miró cómo la mano de Aris rodeaba la estrecha cintura de Evangelina. Ella no se apartó, tampoco desmintió sus palabras.
Esto no debía doler, era lo que tenía que ser; sin embargo, para Elian era mejor recibir dos disparos que ver aquella escena. Sus manos se convirtieron en dos puños de acero, su mandíbula se tensó. Había una furia dentro de su cuerpo que luchaba por salir.
Él no lo permitió.
—¿Un trago, cuñado? —preguntó Aris, llevando a Evangelina al sillón, sentándose a su lado.
Ella no lucía incómoda, no por fuera. Por dentro había una batalla campal. Algo que se regocijaba al recordar la reacción de Elian ante la noticia de su noviazgo. Era esa vena vengativa que traía en la sangre.
Quería que él sufriera de la misma manera en que la hizo sufrir con su rechazo. Deseaba que Elian se consumiera en el dolor de la misma manera en que lo había hecho ella.
Aunque solo fuera una ilusión, a él seguramente le daba lo mismo si era la novia de Aris o del mismo diablo.
—Siéntate —pidió Aris con falsa cortesía.
Él había reconocido a Elian desde el primer instante, sabía quién era y a lo que se dedicaba. Conocía mucho más de lo que cualquiera de los hermanos Kyriaskis se podía imaginar.
Incluso… sabía del pecado que los hermanos habían cometido dos años atrás.
—Za zdoróvye, za prádu i za táiny —brindó Aris, levantando su copa.
Elian lo miró, tomó el vaso que le sirvió uno de los hombres de Aris, lo elevó, pero antes de beber, habló:
—En Rusia —dijo, sin mirarlo—, uno solo brinda así cuando sabe que va a mentir después.
Aris sonrió.
—¿Eres ruso? —preguntó, bebiendo un sorbo de su vaso.
Evangelina bebió en silencio, esperando la respuesta de Elian. ¿Aceptaría en público sus verdaderas raíces? Aunque hacerlo era lo mismo que reconocer que entre ellos no existía ningún otro lazo que el apellido.
Su maldito consuelo.
—No —mintió.
—Salud por eso —respondió Aris.
Una hora más tarde y después de varias copas. Aris invitó a Evangelina a la pista de baile.
Elian bebió el contenido de su vaso y lo estampó contra la mesa con tanta fuerza que el cristal se hizo pedazos. No le importó. Él tenía los ojos fijos en Evangelina. Apretó los dientes al verla bailar tan cerca de Aris. Se movía como una maldita diosa, movía las caderas al ritmo de la música invitándolo al pecado.
Así, justo, así como la noche en que cayó bajo su hechizo.
La escena evocó los recuerdos de aquella noche. La sensualidad de Evangelina provocó un tirón en su pene. Sus testículos se apretaron dentro de su pantalón, gruñó. Se levantó dispuesto a irse.
Evangelina ya no era una niña que necesitaba protección y estaba donde quería, con quien quería.
Sin embargo, él no caminó buscando la salida. Elian se abrió paso por la pista de baile, tomó la mano de Evangelina apartándola de Aris con brusquedad.
—Nos vamos a casa —rugió.
Evangelina parpadeó varias veces con inocencia, agitada por la mano que se cerraba sobre su muñeca. El toque de Elian la quemaba como aquel día. ¿Por qué todo esto se sentía como un déjà vu?
Tal vez, porque la escena era exactamente la misma que dos años atrás. Evangelina lo puso a prueba y Elian volvió a caer, aunque sabía que esta vez el final sería otro.
—Vine con Aris, me iré con él —respondió Evangelina, liberando su muñeca.
Ella echó en falta el calor de Elian tan pronto como se apartó, pero no dejó que él lo adivinara.
—Ya la has escuchado, cuñado. Me aseguraré de llevarla a casa sana y salva. Lo que no te garantizo es que sea esta noche o mañana.
Elian apretó los dientes ante la insinuación de Aris. La ira le hizo perder la cabeza, algo que nunca sucedía. Si había algo de lo que podía sentirse orgulloso, era del absoluto control que poseía sobre sus emociones.
El mismo control que se iba a la mierda cuando se trataba de Evangelina.
—Vete, Elian —pronunció ella, mirándolo a los ojos—. Hablaremos mañana —añadió, girándose para volver a la pista de baile.
Él no le dio oportunidad, la tomó del brazo y, bajo la atenta mirada de Aris, la arrastró con él.
Ella no se resistió igual que aquella noche. Dejó que se la llevara; con suerte, quizá terminarían haciendo el amor.
No. Si tenía suerte, esa noche tendría sexo con su hermano y, a la mañana siguiente, fingiría que era un error, y quizá terminara marchándose otros dos años.
—Me haces daño, Elian —se quejó, deteniéndose frente a un deportivo del año. Un Rolls-Royce Boat Tail, aceituno.
Tan imponente y hermoso como su dueño. ¿Migajera? Totalmente, cuando se trataba de Elian.
—Sube —ordenó sin emoción.
Elian abrió la puerta y esperó; no fue mucho tiempo, pero sintió que era una maldita eternidad.
Cerró la puerta con un sonoro golpe. Y unos segundos después se alejaron de Zephyr Lounge en completo silencio.
El deportivo se desplazaba como un fantasma por las calles de Atenas; Evangelina observaba por la ventanilla. Tenía el cuerpo lleno de tensión y anticipación. De reojo, miraba el rostro serio de Elian.
Sus facciones tan duras y frías le recordaban a una estatua de piedra. Sin vida, sin emociones.
Apretó los puños para no caer en la tentación de estirar la mano y acariciarlo.
—¿Qué es lo que pretendes, Evangelina? —preguntó finalmente, rompiendo el denso silencio.
—¿A qué te refieres? —Evangelina lo miró. Las manos de Elian se apretaban sobre el volante; sus nudillos empezaban a perder el color. Él estaba a punto de perder el control.
Y ella lo deseaba. No. Lo necesitaba.
—Aris Kouris, ¿no sabes qué clase de hombre es? —preguntó, pisando el freno. Solo entonces Evangelina se dio cuenta de que no estaban en la casa familiar, sino en la residencia privada de Elian.
—Es el hijo del primer ministro, aunque me he fijado en el hombre, no en su posición —respondió, abriendo la puerta del auto, poco dispuesta a seguir compartiendo un lugar tan estrecho. Sentía que se sofocaba.
Si creyera en los mitos sobre los hombres lobos y su clasificación, pensaría en Elian como un macho alfa dominante.
—¡Deja de jugar conmigo! —gruñó él, atrapando el brazo de Evangelina.
Elian se movió demasiado rápido y ella no pudo escapar.
—¿Quién está jugando con quién, Elian? —le cuestionó ella con enojo—. ¡Estaba en una cita con mi novio! Y mira cómo te has comportado, ¡no pareces un hermano, sino un hombre celoso! —lo acusó, liberándose de su toque.
—Eres mi hermana, Evangelina, y mi obligación es cuidarte. No pienses ni veas cosas donde no las hay. ¡Eres mi maldita responsabilidad!
Evangelina se apartó. Las palabras de Elian dolieron más que un golpe físico.
—Soy una mujer adulta, no tienes por qué sentirte responsable de mí ni de lo que haga con mi vida. Aris y yo… vamos a casarnos, así que espero que te disculpes correctamente con él por esta escena tan… lamentable —dijo. Tenía el orgullo herido.
Ser una maldita responsabilidad para Elian dolía.
—¿Casarte con él?
—Sí, voy a convertirme en la esposa del hijo del primer ministro.
—No, no lo harás. No mientras yo viva —aseguró.
Evangelina enarcó una ceja.
—No eres la persona indicada para decirme lo que tengo o lo que puedo hacer, Elian. Te recuerdo que solamente eres mi hermano, no mi dueño.
—Veremos si nuestro padre opina lo mismo, Eva.
Ella tragó con fuerza.
—Vas a usar el truco barato de involucrar a nuestro padre. Te llevarás una sorpresa, Elian. Él está de acuerdo con nuestra relación, ¿crees que lo harás cambiar de opinión? —preguntó—. ¿Qué excusa le darás?
Los ojos grises se iluminaron con furia.
—¿Qué vas a decir? ¿Qué excusa le darás? —insistió ante el silencio del rubio.
—Ninguna excusa. Papá es inteligente; bastará con decirle exactamente a lo qué Aris Kouris se dedica.
—¿Por qué no admites que te sientes celoso?
—¿Celoso? Solo quiero cuidarte, Evangelina.
—Sí, claro. Porque soy tu hermana menor, tu obligación. Una maldita responsabilidad.
Elian se alborotó los cabellos rubios con frustración. No había querido decirlo así, ni que se escuchara tan crudo; pero no tenía muchas opciones. Debía mantener la distancia y no caer de nuevo en la tentación.
Evangelina era el pecado hecho mujer.
El silencio de Elian fue suficiente para ella. Él no negó ninguna de sus palabras. ¿Qué sentido tenía continuar con esta absurda discusión? Ninguno.
—Llévame a casa y olvídate de hablar con mi padre sobre Aris. Él sabe lo que tiene que saber; lo demás, quédatelo para ti.
Elian maldijo.
—¿No lo entiendes? Aris no es el hombre que necesitas.
—¿Y quién lo es? ¿Tú? —cuestionó ella con la ira encendida en su pecho—. Eres un cobarde, Elian. Haces todo esto únicamente porque no eres capaz de aceptar lo que sientes. Si quieres que te vea simplemente como un hermano. ¡Aprende a comportarte como uno! Y no como un hombre celoso.
Evangelina pasó de él, dispuesta a volver a casa como fuera. No quería pasar un solo minuto más con él. Cada segundo era una maldita agonía. Y ya había sufrido demasiado por su amor unilateral, porque sí, Elian correspondía sus sentimientos. No lo aceptaría jamás.
Estaba cansada de todo; lo mejor que podía hacer era alejarse de él.
—¡Aris está vinculado al lavado de dinero! ¡Trabaja para la mafia rusa!
