El único en mi vida

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Capítulo 7 Ascensor

Mientras avanzaba por el oscuro pasillo hacia mi habitación, aquella pregunta me taladraba la mente. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, la intriga se desvaneció para dar paso a la urgencia: ¿dónde rayos estaban mis cosas? Las busqué con rapidez hasta que las vi tiradas en el suelo, justo al lado de la cama. Me cambié a contrarreloj y bajé las escaleras corriendo; llevaba veinte minutos de retraso y ya sabía de sobra que al señor Markle no le gustaba ni un poco la impuntualidad.

​Al llegar a la planta baja, los nervios me paralizaron. El señor Markle me estaba esperando junto a la puerta principal, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.

​—¡Veo que para usted, señorita Fox, llegar tarde ya es una costumbre! —soltó, arrugando aún más la frente—. Escúcheme bien, porque solo lo diré una vez: ¡No vuelva a retrasarse!

​Se me quedó mirando fijamente. Guardé silencio; no tenía justificación alguna, así que me limité a bajar la cabeza con timidez y lo seguí hacia el exterior.

​Afuera nos aguardaba Alfred con el auto. Nos subimos y, durante todo el trayecto, el jefe no me dirigió la palabra ni la mirada. Yo, atrapada en mi propio bucle de pensamientos, solo alcanzaba a registrar lo increíblemente sexy que se veía cuando estaba molesto.

​Llegamos a la empresa a las once de la mañana. El señor Markle se dirigió directo a su despacho y yo me quedé en la recepción. Intenté entablar conversación con Amanda, pero ella ignoró mi existencia por completo. Las horas transcurrieron lentas hasta que la noche cayó sobre la ciudad. Al final, solo quedábamos el señor Markle y yo. «Bueno, Alfred también, pero él esperaba abajo, en la entrada principal». Con la frialdad nocturna y la penumbra del edificio desierto, el ambiente se volvió denso y un poco intimidante. A eso de las nueve de la noche, el señor Markle por fin salió de su oficina, lo que me devolvió el aliento. Mis temores se esfumaron al instante.

​Apenas cruzó la puerta, me entregó una pila de carpetas que cargué sin el menor esfuerzo. Avanzamos hacia el ascensor para bajar al estacionamiento y emprender el rumbo a la mansión. Ya dentro de la cabina, el señor Markle se colocó justo enfrente de mí, alterando cada una de mis pulsaciones. De repente, presionó el botón de emergencia y detuvo el ascensor en seco en el piso seis. El brusco movimiento me alteró los nervios, haciendo que las carpetas se me resbalaran de las manos y terminaran desparramadas en el suelo. Me agaché de inmediato para recogerlas.

​—Déjelas ahí, señorita Fox —ordenó Markle con voz grave—. Y levántese despacio. Muy despacio.

​Obedecí la orden. Mientras me incorporaba con lentitud milimétrica, mi mirada inevitablemente se topó con su anatomía, lo que me dejó sin aliento y con el cuerpo entumecido por la anticipación. Él me sujetó firmemente por el hombro, ayudándome a ponerme en pie por completo, y me atrapó en un beso húmedo y profundo. Tenía su mano derecha firmemente anclada en mis caderas y la izquierda enredada en mi cabello.

​Despegué mis labios de los suyos por un segundo apenas, deslizando mi boca por la línea de su cuello, dejando escapar todo el deseo contenido que sentía por él. Markle comenzó a bajar con suavidad el cierre de mi pantalón, acortando la distancia entre los dos.

​—Te apuesto lo que quieras a que es la primera vez que haces esto en un ascensor —me susurró al oído con una voz que me hizo estremecer.

​«Yo no quería hablar, mi mente solo suplicaba que este momento no terminara jamás».

​Justo cuando la tensión sexual estaba a punto de consumarse, decidí romper el silencio con total honestidad: —Aunque he tenido deseos oscuros hacia usted desde el primer día, señor... no sabría decirle, porque en realidad es mi primera vez en todo esto.

​En cuanto terminé de pronunciar la última palabra, él me soltó de golpe. El contraste del frío de la cabina me hizo reaccionar.

​—¿Usted es virgen, señorita Fox? —preguntó Markle, con una genuina expresión de sorpresa pintada en el rostro.

​—Sí. ¿Por qué? ¿Hay algún problema con eso, señor? —inquirí, intentando mantener la compostura.

​Markle se limitó a negar con la cabeza. —No —dijo impresionado—, ninguno. Abróchese el pantalón.

​Pude notar que la revelación lo había desconectado por completo, impactando de lleno en sus planes. Él se tomó un momento para recomponerse y acomodar su ropa. Sin apartar su mirada fija de mí, reactivó el ascensor, el cual nos condujo finalmente a la planta baja, donde Alfred nos esperaba pacientemente.

​—Buenas noches, señor Markle. Buenas noches, señorita Fox —nos saludó Alfred con amabilidad mientras nos abría la puerta del automóvil.

​El señor Markle se deslizó hacia el lado derecho del asiento, como era su costumbre, y le lanzó una instrucción lacónica a su chofer: —A casa, Alfred, por favor.

​Mi cabeza era un torbellino de confusión absoluta. No lograba descifrar el motivo de su repentina retirada. «¿Será que al gran Dylan Markle no le gustan las vírgenes?». Durante todo el trayecto me dediqué a mirar fijamente a través de la ventana, aunque de reojo podía sentir el peso de su mirada sobre mí. Sin embargo, cada vez que yo intentaba voltear para confrontarlo, él apartaba los ojos de inmediato, devolviéndome el silencio.

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