El único en mi vida

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Capítulo 5 Guardaespaldas y sumisa

​No sabía dónde esconder mi cara de la vergüenza. Necesitaba cambiar de tema con urgencia para que dejara de burlarse de mí.

​—Bien, señor. Entonces facilíteme el contrato real para leerlo —ordenó mi faceta profesional con tono serio.

​Él arqueó una ceja y, con movimientos pausados, deslizó una carpeta hacia mí.

​—¿Este es el verdadero? —pregunté.

—Así es. Léalo cuidadosamente, señorita Fox. Porque una vez que lo firme, no habrá marcha atrás... y dejará de ser una guardaespaldas de relleno —advirtió, clavando su mirada fija en la mía.

Pude percibir una extraña tensión emanando de él. Sospeché que estaba nervioso, ya que no dejaba de tamborilear los dedos contra la madera del escritorio.

​El señor Dylan Markle era un tipo egocéntrico, engreído, patán, pero jodidamente sexy, hermoso e intimidante. Tenerlo allí, esperando una respuesta, me ponía los nervios de punta.

​Me tomé varios minutos para revisar el documento, pasando y devolviendo las hojas de aquella carpeta que constaba de diez páginas exactas. Tras treinta minutos de absoluta lectura y tensión, finalmente decidí romper el silencio.

​—Es bastante extenso el contrato, veo que se tardó mucho en redactarlo —dije, sosteniéndole la mirada.

​—¿Qué le hace pensar que lo hice yo? —replicó el señor Markle, con un tono implacablemente serio, mientras rodaba su silla un poco más cerca de mí.

​«¡Joder!». No sé por qué mierda abrí la boca para decir eso. ¿Cómo coño iba a saber yo quién había escrito ese documento? Sentí que la estupidez se estaba apoderando de mí, pero me obligué a reaccionar: «¡Vamos, Cristina! Aunque no tengas idea, respóndele con total seguridad».

​—Tal vez porque aquí dice "Contrato Especial" —señalé con firmeza—. Eso significa que es único en su clase, y usted no parece el tipo de hombre que delega la creación de algo tan exclusivo en manos de alguien más. ¿O me equivoco?

​El señor Markle se puso de pie con una lentitud calculada. Caminó hacia mí y se sentó de espaldas en el borde del escritorio, invadiendo mi espacio personal. Extendió una mano y, con una delicadeza que no me esperaba, me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

​—Además de hermosa, sumamente inteligente... Casi la mujer perfecta —pronunció con esa voz grave y texturizada que me erizó la piel. Se levantó y caminó hacia la puerta, abriéndola de par en par—. Léalo con calma. Me da su respuesta mañana a esta misma hora —ordenó. El reloj marcaba las tres de la mañana y el ambiente se sentía helado.

​Lo miré fijamente, retando su autoridad.

​—¡Cierre la puerta, señor Markle! No necesito más tiempo. Lo he leído por completo y acepto —le solté, apoyándome en el escritorio para firmar el documento sin titubear.

​Él se detuvo en seco y regresó a su sillón, visiblemente desconcertado.

​—¿Todo? ¿Está segura? —preguntó, arqueando una ceja.

​—Completamente segura, señor Markle.

​—¿No le asusta saber lo que pueda llegar a pasar? —inquirió, queriendo tantear mi terreno.

​—En absoluto —respondí con una firmeza implacable.

​Por supuesto que me asustaba, estaba pidiendo ser su exclava prácticamente*,* pero no pensaba demostrarlo; quería que viera que estaba tratando con una mujer y no con una niña. «¡Maldición! Ya puedo sentir la envidia de la mitad de las mujeres de Manhattan sobre mí. Seré la sumisa del billonario más cotizado de la ciudad. ¡Qué maldita envidia!», me reí para mis adentros.

​Pude notar que el señor Markle estaba impresionado por la seguridad con la que asumía las riendas de la situación. Su lenguaje corporal lo delataba: estaba complacido.

​—Tiene que ser consciente de que correrá un grave peligro, señorita Fox... Aunque le aseguro que será muy satisfactorio —añadió con una doble intención que me aceleró el pulso.

​—Estoy al tanto, señor —comenté, deslizando la carpeta firmada hacia su lado—. Pero necesito que me explique algo... ¿Por qué yo? ¿Y por qué quiere que sea su sumisa?

​—Simple —confesó, cruzando las manos sobre el escritorio—. Fui al velorio de la pequeña Lucy Mead y vi cómo lloraba por ella. Eso me hizo darme cuenta de que usted es un ser especial. Pero además, posee una sensualidad irresistible, señorita Fox; me cautivó desde el primer instante. Al principio la quería como una guardaespaldas de relleno solo para poder observar su belleza, pero el plan falló. Mis deseos por usted son mucho más intensos. Y lo de tener una sumisa... es un fantasma que siempre he querido materializar. No lo había hecho porque, sencillamente, estaba esperando a alguien como usted.

​«¿Alguien como yo?».

​Escuchar aquellas palabras provocó un vuelco salvaje en mi anatomía; me empezaron a sudar las manos y el corazón me martilleó el pecho con violencia.

​—¿Se encuentra bien, señorita Fox? —preguntó al notar mi repentino silencio, temiendo que me hubiera congelado. Yo estaba perfectamente, solo que mi mente ya volaba directo a la suite principal imaginándolo azotándome.

​—Discúlpeme. Es solo que... me dejó perpleja con su honestidad —admití al recuperar el habla.

​—Descuide. Si no tiene más inquietudes sobre el contrato, puede retirarse para comenzar a desempeñarlo mañana mismo —concluyó, señalando la salida con cortesía.

​Sinceramente, no me quería ir. Deseaba seguir escuchando esa voz fría, oscura y jodidamente sexy un rato más, pero ya no me quedaban argumentos. Me puse de pie y caminé hacia la puerta, pero justo antes de cruzar el umbral, la duda más importante me golpeó la mente.

​—Señor Markle, una última pregunta —dije, girándome hacia él.

​—Dígame, señorita Fox.

​—¿A qué clase de peligro se refiere? Lo pregunto para estar prevenida, señor.

​—Es verdad, olvidamos discutir ese detalle... Pero ya es demasiado tarde, señorita Cristina Fox. Descanse, hablaremos de eso mañana —concluyó Markle, volviendo a señalarme la salida con una sonrisa enigmática.

​Respiré hondo, bajé la mirada para ocultar mi frustración y regresé a mi habitación a paso rápido.

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