El único en mi vida

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Capítulo 4 Habitaciones cercanas

​—¡Madre mía! —exclamé al ver su propiedad.

​La entrada parecía la de un castillo medieval, flanqueada por dos imponentes torres de piedra. La puerta principal era de un acero finísimo, con detalles que juraría que eran diamantes puros, y a lo lejos se alcanzaba a escuchar el relincho de los caballos en el potrero.

​Markle bajó del automóvil y yo hice lo mismo en cuanto Alfred nos abrió la puerta. Al ver que el chofer se disponía a marcharse, me apresuré a llamarlo.

​—¡Hey! Alfred, espera... Necesito que me lleves a mi departamento —grité.

​Sin embargo, una voz a mis espaldas me congeló.

​—Señorita Cristina, lamento decirle que hoy usted no va a ningún lado —dictaminó el jefe Markle.

​En ese instante, el ama de llaves abrió las enormes puertas de la mansión. Apenas la vio, él le lanzó una instrucción directa: —Leticia, por favor, acomode a Cristina en la habitación contigua a la mía —ordenó con su sutil y fría voz de siempre, antes de retirarse a paso firme hacia su despacho.

​Mi cabeza estaba a punto de estallar. No entendía absolutamente nada. «¿Acaso no me odiaba? ¿Y ahora quiere que duerma al lado de su cuarto?». Este tipo no dejaba de sorprenderme y, muy a mi pesar, de intrigarme cada vez más.

​Leticia obedeció la orden al momento y yo la seguí en silencio. Subimos una imponente escalinata situada justo enfrente de la entrada principal; al llegar arriba, el espacio se dividía en dos pasillos, uno a la derecha y otro a la izquierda. El ama de llaves giró hacia la derecha. Mientras avanzábamos, la curiosidad me ganó.

​—Señora Leticia, ¿como cuántas habitaciones tiene este lugar? —pregunté sin pensarlo.

​—Creo que no podría darle una cifra con total exactitud, señorita Cristina. La residencia de los Markle es inmensa. Pero, por los años que llevo trabajando aquí, calculo que unas quince —respondió amablemente mientras guiaba el camino—. Llegamos, esta será su habitación. ¿Le apetecería cenar algo? —añadió con una sonrisa.

​«¿Qué? ¿Quince habitaciones? Y yo que vivo en un departamento donde la cama casi toca la estufa...».

​—¡Oh, no, gracias! No tengo hambre —respondí, disimulando como mejor pude mi absoluto asombro.

​Leticia se retiró, dejándome la llave en las manos.

​Abrí la puerta y me quedé paralizada. El cuarto era descomunal y hermoso. Las paredes pintadas de un rosa suave le aportaban una armonía y una paz increíbles al espacio. Me dejé caer de espaldas en la cama y solté un suspiro al sentir el mullido colchón de plumas.

​—¡Quiero esto para mi cuarto! —grité emocionada.

​Aunque, pensándolo bien, mejor no. Ni siquiera cabría en mi diminuto departamento, el cual —vale la pena recalcar— consta de una sola pieza donde conviven la habitación y la cocina.

​¡Dios! En serio, ¿de qué me servía tener el título de la mejor guardaespaldas de Nueva York si mis ingresos no me alcanzaban para pagar un lugar digno donde vivir? En fin. Dejando atrás mis lamentos financieros, me dejé cautivar por el televisor gigante y me enamoré por completo de la enorme estantería de libros a la derecha. Finalmente, me asomé a la ventana: desde allí se apreciaba el potrero en toda su extensión. Era, sin duda, la habitación de mis sueños.

​Tras observar minuciosamente cada rincón, la curiosidad terminó por ganarme. «A ver, ya que no voy a regresar a mi casa, ¿por qué no investigar un poco sobre el señor Dylan Markle? ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que este, su propio hogar?». Ignorando por completo la advertencia de mi subconsciente, decidí salir de la habitación.

​Con extrema delicadeza, abrí la puerta despacio y me deslicé hacia el pasillo. Sin embargo, al cerrarla, produjo un crujido seco que me heló la sangre. Convencida de que el ruido despertaría al señor Markle, me quedé petrificada durante un par de minutos. Al ver que nadie salía ni se escuchaba el menor movimiento, avancé a paso rápido hacia las escaleras que conducían a la planta baja.

​Suspiré aliviada. Me habría muerto de la vergüenza si alguien me hubiera atrapado merodeando.

​Mientras descendía, eché un vistazo a mi alrededor: no había un alma. Eso me infundió confianza, asumiendo que todos dormían plácidamente. Al llegar abajo, giré hacia el ala izquierda. Me topé con un largo pasillo flanqueado por puertas con placas que indicaban sus funciones: Zona Tecnológica, Zona Libre, Zona Histórica y Zona de Trabajo. «Si quiero descubrir sus secretos, es evidente que debo entrar a la Zona Histórica».

​Miré por encima del hombro para asegurarme de que nadie me vigilaba. Al confirmar que la zona estaba despejada, entré. Empujé la puerta con cautela, lastimándome un poco los dedos en el intento, ya que la cerradura era de cristal tallado y resultaba difícil de sujetar. Una vez dentro, evité encender las luces; en su lugar, saqué una minilinterna que siempre llevaba en el chaleco táctico y comencé a registrar el lugar, ansiando cualquier pista que me revelara quién era realmente Dylan Markle.

​Los minutos corrieron sin éxito. Todo lo que encontraba eran archivos referentes a la Segunda Guerra Mundial y a la realeza inglesa. Continué buscando un rato más... hasta que, por fin, mis ojos dieron con algo: un libro. Era un volumen de tapa completamente negra que lucía un único título en la cubierta: «Familia Markle Chomski». Una sonrisa de triunfo se dibujó en mis labios.

​—¡Por fin! ¡Conseguí algo! —festejé en un susurro.

​—Veo que ya ha encontrado lo que estaba buscando, señorita Cristina Fox.

​Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al escuchar aquella voz a mis espaldas. Era el señor Markle, quien, tras pronunciar esas palabras, encendió las luces de la habitación de golpe.

​Me quedé paralizada.

​—Se... Señor Dy... Dylan Markle... —tartamudeé, sintiendo cómo me temblaban las manos.

​—Tranquila, señorita Fox, no voy a reclamarle nada. Es más, tome asiento —me indicó, señalando la silla frente a su escritorio.

​Obedecí de inmediato, caminando con la cabeza baja. Estaba genuinamente avergonzada; no quería ni mirarlo, solo deseaba que la tierra me tragara en ese instante.

​—Señorita Fox, necesito que me mire para el asunto que estoy a punto de tratar con usted —comentó con voz seria y firme, vistiendo una sutil sonrisa capaz de derretir cada fragmento de mi cuerpo.

​Al alzar la vista, me perdí irremediablemente en sus ojos; era como naufragar en las olas del mar. Él tuvo que agitar los dedos frente a mi rostro para hacerme reaccionar. Parpadeé un par de veces, saliendo del trance, y me preparé mentalmente para el regaño que se avecinaba.

​—Dígame, señor Markle, ¿qué es lo que quiere discutir conmigo? —pregunté, intentando desviar la atención de mi evidente allanamiento.

​—Su contrato —respondió con total naturalidad.

​—Ah, descuide, señor. No es necesario, su secretaria me lo entregó esta mañana —repliqué—. Y no se preocupe, me he memorizado cada una de las reglas al pie de la letra.

​Para mi sorpresa, el jefe soltó una carcajada limpia y sonora.

​—Disculpe, señor, pero... ¿qué es tan gracioso? —inquirí, completamente desconcertada.

​—Que ese papel que le dio Amanda con las supuestas "reglas" es solo una novatada, una broma que les gastamos a los nuevos empleados —explicó, aún divertido.

​Me sentí estúpida.

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