Capítulo 3 Persecución
—Señorita Cristina, veo que mi secretaria no le explicó qué tipo de funciones va a desempeñar usted —soltó el señor Markle.
—¿Cómo así? No entiendo, señor Markle —pregunté enseguida. Él debió notar en mis ojos lo confundida que estaba.
—Su cargo es de relleno. Usted es una simple guardaespaldas de relleno —sentenció con un sutil pero hiriente sarcasmo—. ¿Ve a esos tipos de la derecha y de la izquierda?
—Sí —respondí, con un ligero escalofrío recorriéndome la espalda.
—Pues ellos son mis verdaderos guardaespaldas —concluyó, subiéndose a la camioneta por el lado derecho.
«¡Maldición! ¡Qué imbécil!». No renunciaba únicamente porque necesitaba el trabajo con urgencia; por eso, tragándome el orgullo, me limité a entrar al auto por el lado izquierdo sin decir una sola palabra.
—Vamos, Alfred, al Dorado Royal. Y rápido, que ya voy tarde. Sabes que odio la impuntualidad, más cuando viene de mí —la última frase la pronunció clavando su mirada en la mía. Alfred arrancó a toda velocidad, dejando una nube de humo en el estacionamiento.
¡El señor Markle era un verdadero idiota! Pero... escuchar que íbamos al Dorado Royal me tranquilizó un poco. En otras ocasiones ya había estado en ese lugar, lo que me daba la enorme ventaja de conocerlo como la palma de mi mano en caso de que se presentara algún problema. «¡Lo sé! Solo soy una guardaespaldas de tercer grado o de "relleno", como él dice, y no debería preocuparme por su seguridad... ¡pero es superior a mis fuerzas dejar de hacer el trabajo que siempre he desempeñado a la perfección!».
En el Dorado Royal se celebraban los eventos más importantes del mundo. Calculando la fecha, supe de inmediato que nos dirigíamos al «Millionaire Donations», el evento de caridad más famoso del mes de octubre. Allí solo tenían acceso familias de la alta sociedad y personas relacionadas con la realeza. Me extrañó que él, un "simple" magnate, estuviera invitado. Mi curiosidad y mis dudas crecieron tanto que me prometí que, en cuanto llegara a casa, investigaría toda su vida.
El Dorado Royal
—Llegamos, señor Markle —anunció Alfred, estacionando el auto frente a la entrada.
El lugar parecía un palacio imperial, decorado por completo en tonos marfil y oro, rodeado de miles de margaritas. Una imponente alfombra roja cubría la escalinata de 45 peldaños, otorgándole al recinto un perfil escultural.
—¡Perfecto! Ábrenos —le ordenó con esa detestable y maldita voz de superioridad.
Apenas pisó el suelo, Markle miró por encima del hombro mientras se abrochaba un botón del saco. Con un sutil movimiento de ojos, les indicó a sus escoltas que estuvieran alertas. Yo entendí las instrucciones a la perfección, aunque ni siquiera me miró. Por fortuna, fui la mejor de mi clase y obtuve la calificación más alta en lenguaje corporal y de señas; sabía exactamente qué había ordenado. Aunque él no quisiera, lo protegería.
Tras dar las órdenes, avanzó con paso firme por la alfombra roja. La multitud era abrumadora.
—¡Se-Señor Dylan! ¡Dylan Markle!
Los periodistas gritaban como locos, empujándose para conseguir alguna declaración. Los fotógrafos disparaban ráfagas de flashes directo a su maldita y perfecta cara. Calculé unas tres mil personas agolpadas en el lugar. El señor Markle saludó con una enorme sonrisa a todos mientras subía las escaleras; parecía un príncipe, una persona totalmente distinta a la que estaba dentro del auto. Sin embargo, no se detuvo ante nadie. Yo me mantuve pegada a sus espaldas hasta que cruzó el umbral del recinto. Al no tener pase, me quedé afuera, observándolo a través de un gran ventanal cercano.
Dieron las doce de la noche. El cielo se había vuelto turbio y triste cuando el evento por fin terminó. En cuanto mi jefe salió, lo escolté de regreso al auto. Todo parecía tranquilo, pero al incorporarnos a la Interestatal 78, mi instinto se encendió. Noté cosas extrañas: los guardaespaldas principales no venían detrás de nosotros como debían, la autopista estaba inusualmente desierta y un auto rojo nos seguía recortando distancia a toda velocidad.
—Doble en la segunda transversal, Alfred —ordené con una voz gruesa, firme y dominante.
El señor Markle se giró con brusquedad.
—¿Quién se cree usted para darle órdenes a mi chofer? —reclamó furioso.
—Su guardaespaldas —aclaré, sin apartar los ojos del auto rojo. «No lo pensé, solo actué. No iba a permitir que le pasara nada en mi turno».
—Señorita Cristina, ya le dije que usted es una simpl...
—¡Cállese y baje la cabeza! —lo interrumpí de un grito al ver que un sujeto asomaba el cuerpo por la ventana del auto de atrás dispuesto a disparar. —¡Alfred, a fondo! ¡Siga hasta la interestatal 81 y doble a la izquierda hacia el centro!
El chofer, dominado por el pánico, obedeció mis órdenes al pie de la letra. Mientras tanto, el imponente señor Markle se encontraba hecho una bola en el suelo, bajo el asiento, sin moverse un milímetro. Al adentrarnos en el centro de Manhattan logramos perder a los atacantes. Estábamos a salvo.
El señor Markle se incorporó. No me habló, no me miró, ni mucho menos soltó un "gracias" por haberle salvado la vida.
—¡Alfred, llévanos a casa! —fue lo único que se limitó a decir.
Estaba furiosa. ¿Cómo era posible que acabara de salvar su maldito pellejo y ni por educación fuera capaz de dar las gracias? Me pagaba por eso, sí, pero la educación para mí era primordial. «¡Rayos! Parece que el karma quiere verme sufrir; de verdad nunca me había topado con un tipo tan insorpotable».
Durante el resto del camino, hizo un par de llamadas. Al colgar, noté la genuina preocupación en su rostro. No quise preguntar; sabía que no me diría nada y no iba a arriesgarme a un insulto o a un regaño. ¿Para qué
