El único en mi vida

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Capítulo 2 Reglas.

—¡Demonios! ¡Mi cita de trabajo en Dollas! —exclamé al ver que el reloj ya marcaba las ocho de la mañana.

​Mi cita era a las seis. Corrí a vestirme lo más rápido posible, destrozando toda la habitación a mi paso. Fui directo a mi clóset y me puse una camisa, mi chaleco y un jean. Solo me faltaban las botas. ¿Dónde las había dejado? ¿Dónde, dónde? ¡Ah, en la cama! Pero no estaban. Con desesperación empecé a buscarlas por todas partes hasta que, al llegar a la sala, ahí estaban. Suspiré de alivio. Estuve lista en menos de cinco minutos, me subí a mi moto y emprendí el rumbo hacia "Dollas".

​Apenas había tráfico, por lo que en menos de quince minutos llegué.

​Me bajé de la moto con un trozo de pan en la boca y me dirigí a la sede principal de la multinacional Dollas Markle Company. Era un edificio impresionante, una estructura imponente de vidrio oscuro que se extendía a lo largo de sus 50 pisos. En el frente, su insignia rezaba: «Empresas Dollas mejora tu vida, convierte tus sueños en realidad». Una total fantasía. El vestíbulo era majestuoso, decorado en tonos blancos y plateados que destilaban lujo.

​De pronto, vi venir hacia mí a una mujer alta y muy elegante, vestida con pantalón gris y una camisa de mangas largas blanca que llevaba bordado en el hombro derecho: «Empleado de E.D.M.C». Era la señora Amanda, la secretaria del megaempresario.

​—Llega tarde, señorita Cristina. Sígame y boté ese pan —manifestó Amanda con una voz imponente, mientras caminaba decidida hacia el ascensor.

​Yo solo me limité a obedecer. Con el dolor de mi alma, boté el pan en una papelera cercana. Al caminar hacia el ascensor me sorprendí: era por completo de cristal, así que se podían ver todos los pisos del edificio. Ella entró primero y yo después. Presionó el botón del piso 50, que estaba al inicio del panel. Pensé que por estar de primero nos llevaría directo, pero no; el ascensor subió deteniéndose a una velocidad de vértigo. Y gracias a Dios que fue rápido, porque estar ahí encerrada con Amanda de verdad me intimidaba.

​Las puertas se abrieron y salí a otro vestíbulo, aún más grande que el primero, pero con el mismo diseño de cristales oscuros por fuera e interior blanco con plateado. Amanda caminó firmemente hacia su escritorio y me extendió una hoja con tres reglas.

​—Estas reglas son fundamentales para poder trabajar con el señor Markle. Síguelas y no tendrás ningún problema —dijo antes de sentarse.

​«¿Señor? ¡¿Está casado?!», fue lo único que cruzó mi mente. Lo poco que sabía de Dylan Markle era que se trataba del soltero más cotizado de Manhattan; las chicas de Nueva York no hablaban de otra cosa que no fuera convertirse en su esposa. Por eso me extrañó que Amanda se refiriera a él como "señor".

​—Señorita Cristina, ¿puede esperar allá? —me indicó Amanda, señalando una zona de asientos frente a ella.

​Asentí sin objetar y me senté mientras observaba cuidadosamente el lugar. Las oficinas de Dollas son un misterio y estar aquí es un privilegio, sobre todo sabiendo que miles de personas matarían por este puesto.

​Pude notar que todos los empleados trabajaban sin cesar y que, además, eran sumamente jóvenes. Eso me hizo preguntarme: ¿será que el jefe tiene una loca obsesión con el trabajo? Y lo que más me inquietaba: ¿por qué todo su personal es tan joven? ¿Acaso los adultos con más experiencia no cubren las expectativas del jefe? Las dudas a su alrededor aumentaban a cada segundo.

​Al principio no quise leer el papel que me había dado Amanda, pero como ya había pasado una hora y el jefe seguía sin aparecer, decidí leer las dichosas reglas para calmar mi aburrimiento:

​Regla 1: No se puede tocar al Señor Dylan Markle, a menos que él lo ordene.

Regla 2: Tocar antes de entrar a su oficina.

Regla 3: Siempre dirigirse a él como el Señor Markle.

​*«La número tres es la más importante. Dicho esto, usted asume la responsabilidad de estar informada; por lo tanto, el incumplimiento de estas normas por su persona puede derivar en cargos delictivos imputados por la empresa Dollas Markle Company».*

​¡Rayos! Me estremecí al terminar de leer.

​No sabía casi nada de mi jefe. Pensé que por ser joven sería alguien relajado, pero por lo visto es el típico millonario engreído. Había trabajado con millonarios antes, pero nunca con uno tan ridículamente exigente. Justo en ese momento, mientras mantenía esa conversación conmigo misma, un silencio sepulcral inundó la oficina. No me percaté de lo que pasaba hasta que...

​—¡Buenos días, señor Markle! Estos son los pendientes de hoy —escuché decir a Amanda, quien se puso de pie de inmediato para caminar detrás de él.

​Yo me levanté al igual que ella, pero él ignoró por completo mi existencia. Amanda entró con él a su oficina, cerrando la puerta.

​«Rico en billetes, pero pobre en educación», murmuré para mis adentros al ver su desplante.

​Cinco minutos más tarde, Amanda salió.

—¡Que estés lista! ¡En tres minutos salen! —me ordenó Amanda, sentándose de golpe en su escritorio.

​Suspiré, muerta de los nervios. Iba a conocer al hombre más codiciado de Nueva York y, sinceramente, esperaba que esta vez fuera un poco más educado.

​—¡Párate, ahí viene! —me siseó Amanda de prisa.

​Me levanté de inmediato, sintiendo un vuelco en el estómago. Me acomodé el chaleco a las carreras y crucé las manos hacia adelante en pose formal. Las dos puertas de la oficina se abrieron de par en par. El señor Markle apareció vistiendo un impecable y elegante traje azul marino; con la mirada clavada en su teléfono, caminó directo hacia el ascensor, volviendo a ignorar por completo mi existencia. Yo estaba indignada. Me quedé estática en mi sitio hasta que Amanda me hizo señas desesperadas con las manos para que lo siguiera. Reaccioné y fui tras él.

​—Llega tarde de nuevo, señorita Fox —soltó el señor Markle.

​Al escucharlo, deduje que ya estaba al tanto de mi retraso de dos horas. En cuanto entré al ascensor, agaché la cabeza y le pedí disculpas, colocándome un paso detrás de él.

​—Que no vuelva a suceder. Siempre que yo vaya o camine hacia un lugar, usted debe estar allí primero —recalcó el jefe Markle, con una voz fría y déspota, mientras clavaba sus ojos en mí.

​«¡Maldición! Inútil preguntar en qué mierda me metí».

​Solo asentí con la cabeza mientras, inevitablemente, me percataba de su maldito y perfecto rostro. La frialdad con la que me acababa de hablar no impidió que detallara esos ojos azules que contrastaban a la perfección con su cabello castaño y lacio, el cual combinaba jodidamente bien con su piel bronceada y su cuerpo tonificado.

​Dios, me enamoré con solo mirarlo una vez... «¡Maldito millonario sexy y engreído!», rugí para mis adentros mientras lo observaba desde atrás.

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