EL ROSTRO DE LA VENGANZA

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Capítulo 4 El peso de las sombras

La mañana en Red Lodge despertó fría, con una niebla que se aferraba a las montañas como un sudario. Conduje hasta la mansión con el corazón golpeando mis costillas con una cadencia errática. Cada curva del camino era un recuerdo de la mujer que fui, de la mujer que intentaron borrar del mapa en aquel incendio.

Al llegar, la mansión se alzaba imponente, una fortaleza de cristal y piedra que alguna vez llamé hogar. Cuando puse el pie en el porche, la mano me tembló antes de tocar el timbre. Respiré hondo, recordándome quién era: no era una niñera, era una propietaria reclamando su territorio.

La puerta se abrió. Jeremy estaba allí, con la camisa a medio abrochar y el cabello revuelto por el sueño. Al verme, su rostro se descompuso en una mezcla de estupefacción y algo más oscuro, algo parecido a la esperanza.

—¿Francisca? —su voz sonó ronca—. ¿Qué haces aquí?

—Vine por el anuncio, Jeremy —dije, manteniendo la barbilla alta—. Necesito el trabajo. Y tú... tú necesitas a alguien en quien confiar en esta casa.

Él se quedó inmóvil, observándome como si intentara descifrar un código que solo él podía ver. Pero antes de que pudiera articular otra palabra, un golpe de tacones resonó en el vestíbulo de mármol. Ella.

Mi hermana bajó las escaleras. Llevaba mi bata de seda, la que yo solía usar, y su rostro estaba pintado con una máscara de superioridad que me provocó náuseas. Se detuvo a unos pasos de Jeremy, escaneándome de arriba abajo con un desprecio tan auténtico que, por un segundo, me sentí como una intrusa.

—¿Otra candidata? —preguntó ella, clavando sus ojos gélidos en los míos—. Jeremy, cariño, no tenemos tiempo para más experimentos. Ya viste lo que pasó con Tina. No necesito a otra mujer merodeando mi casa.

Jeremy dio un paso hacia mí, protegiéndome de forma inconsciente con su cuerpo.

—Tiene experiencia, y me ha salvado de un problema mayor en la carretera —dijo él, su voz firme, casi desafiante—. Confío en ella, más de lo que confío en las agencias que nos envían a cualquier desconocida.

Mi hermana soltó una carcajada seca, un sonido que me resultó tan ajeno y a la vez tan familiar que me caló los huesos. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mí. Su perfume —mi perfume— me envolvió como un lazo corredizo.

—Espero que sepas cuál es tu lugar, niñera —susurró, inclinándose hacia mi oído—. En esta casa no se hacen preguntas. Aquí se viene a servir, a limpiar y a desaparecer cuando yo lo diga. No tolero niñeras que intenten llamar la atención de mi esposo.

Le sostuve la mirada sin parpadear. El pulso se me aceleró, pero mi voz salió fría, como una hoja de acero.

—Soy experta en observar, señora —repliqué, regalándole una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Y también soy experta en detectar cuando alguien... o algo... no pertenece a un lugar.

El silencio que siguió fue absoluto. Pude ver una sombra de duda cruzar sus ojos, un destello de confusión que rápidamente enterró bajo una capa de desdén. Ella se giró, ignorándome, y le lanzó una mirada a Jeremy que era pura posesión.

—Contrátala si quieres —dijo ella, alejándose hacia la cocina—. Pero si se le ocurre cometer el más mínimo error, se irá a la calle antes del atardecer.

Jeremy me miró, y en sus ojos grises vi una tormenta. Me invitó a pasar. Al cruzar el umbral, el aire dentro de la mansión se sintió eléctrico, cargado de una tensión que amenazaba con estallar. Estaba dentro. La impostora acababa de invitar a su propia pesadilla a la mesa, sin saber que el juego de sombras había comenzado.

Bienvenida a casa, hermana, pensé. Espero que estés lista para que el incendio comience de nuevo.

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