El regreso de Lex

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Capítulo 2 CINCO AÑOS ANTES: EL INICIO DE TODO

Hoy es mi primer día de trabajo y ya voy tarde.

Amanda definitivamente me va a matar.

Prácticamente corro por las calles en mi prisa por llegar a tiempo y aunque se que eso es imposible aun así no puedo evitar intentarlo. No puedo defraudarla. No puedo defraudarme a mí misma.

Se supone que tuve que haber llegado allí hace diez minutos, pero está mañana me he quedado dormida, apenas y tuve tiempo de cambiarme de ropa antes de salir de mi apartamento al otro lado de la ciudad.

Este es un trabajo que nunca me imaginé que iba a tener cuando llegué a esta ciudad hace muchos años pero conseguir empleo de la carrera que estudie ha sido imposible, el país está atravesando una crisis económica y los empleos de por sí están difíciles y más si eres un recién egresado sin experiencia en el área.

A mis veintidós años, recién graduada de la universidad en literatura, he tenido que recurrir a aceptar un empleo de doméstica – pienso con un ligero toque de amargura.

No es algo que me moleste en sí pero si me hace sentir cierta decepción, siento que estoy fallando.

Aún tengo muchas deudas y gastos de préstamos estudiantiles por pagar, además de que los pocos ahorros que tenía ya son casi inexistentes y si no pago el alquiler la próxima semana seré desalojada. Ese es definitivamente un lujo que no puedo correr.

No quiero tener que regresar a un refugio – pienso mientras me apresuró a mi destino.

Vivir en la calle no es lo mejor que le puede pasar a una mujer. ¡Rayos! A nadie en general. Simplemente no es una buena experiencia.

Para cuando cruzó la esquina de la calle aumento un poco más el paso hasta poder ver la enorme casa donde estaré trabajando a partir de ahora, si es que no he sido despedida ya.

Rayos.

A lo lejos distingo una figura que enseguida reconozco.

Es Amanda.

Está me está esperando a un costado de la casa con los brazos cruzados sobre el pecho.

¡Oh!

Apenas me detengo en la puerta de acceso a la gran propiedad el joven que está en la puerta me deja entrar, supongo que Amanda ha debido de avisarle que lo hiciera pues ni siquiera me pregunta mi nombre y solo me da la bienvenida mientras me apresura a entrar.

Amanda ha debido de pensar en todo. Me conoce muy bien.

Sintiéndome acalorada me detengo un segundo solo para continuar nuevamente, pero está vez en un paso un poco más lento a la vez que me acomodo la ropa. Me encuentro sudorosa y agitada. Definitivamente no es mi mejor aspecto.

Mis piernas tiemblan, pero ya no sé si por el temor de llegar tarde, el ejercicio de correr casi cinco cuadras o por tener que enfrentarme a una Amanda quien está claramente molesta.

- Olivia – me llama Amanda cuando estoy a pocos metros de distancia de donde está.

Doble rayos.

Esa es una mala señal.

Amanda realmente debe de estar molesta.

Ella nunca me llama Olivia.

Yo siempre soy Liv.

Liv para los amigos, para la familia.

Simplemente Liv.

- Has llegado tarde – dice nada más llego a ella.

Amanda apenas y me da tiempo para tomar algo de aire cuando enseguida se da la vuelta y empieza a caminar en dirección a la parte trasera de la casa haciéndome una seña para que la siga aunque preferiría descansar unos minutos.

- Lo siento – me disculpo sin poder evitar hacer una mueca con mi rostro. En cambio, ella no dice nada, solo sacude su cabeza en señal de desaprobación y sigue su camino.

Amanda y yo nos conocemos desde hace varios años, cuando ambas llegamos a esta ciudad por primera vez. Ambas veníamos en el mismo bus que nos trajo y desde que nos vimos en la fila para abordar decidimos sentamos juntas, éramos las únicas jóvenes viajando solas a la gran ciudad; ella en busca de un empleo que la ayudará a mantener a su familia y yo huyendo de la mía, o por lo menos, lo que quedaba de ella.

Mi madre murió hace muchos años, hace tantos que ya casi no la recuerdo, por lo que mi padre recurrió a casarse nuevamente con la idea de que su nueva esposa velara por mí y pudiera ser mi nueva madre. ¡Tremendo error!

Al final mi padre termino casándose con la peor mujer que pudo existir jamás en la vida, ella nunca quiso que yo estudiase y mi padre por no discutir con ella siempre le dio la razón. Él rara vez estaba en casa, siempre trabajando o en algún bar donde pudiese ahogar sus penas dejándome sola con ella y con su mano pesada la mayor parte del tiempo, por eso, cuando llegue a mi último año de instituto y ya tener la mayoría de edad, sin decirle nada me postule a tantas universidades como fuera posible, y a todas esas que me respondieron solicite becas, becas que me podían ayudar a pagar los estudios y todos los gastos que pudiese cubrir hasta que por fin conseguí una que me daba lo suficiente como para no tener que pasar hambre durante mis años en la universidad. Nada más terminar la secundaria tome mis pocos ahorros que mantenía oculto dentro de un zapato bajo mi cama para que ella no los robase como solía hacer y mis pocas pertenencias importantes, incluida una foto de mi verdadera madre y algunas otras pocas cosas que con los años logre mantener oculto y tome el primer autobús que me saco de esa ciudad.

Mi padre y mi madrastra nunca supieron de mis planes, nunca les dije. Pero no es como si eso les hubiese importado de verdad. Una vez fuera de sus vidas sé que no me iban a extrañar. Para ella yo solo era un estorbo y una boca más que alimentar; para él el recuerdo del amor de su vida que falleció, alguien que le hacía recordar su dolor cada vez que me veía. Nada más.

Si ella hubiese sabido cuáles eran mis intenciones no me lo hubiese permitido, hubiese convencido a mi padre para que no me dejase ir y no porque se pudiese preocupar o porque me extrañaría, no; ella solo lo hubiese hecho con el único propósito de hacerme sentir miserable. Así de mala es ella.

Para mi llegar aquí fue bastante difícil, no tenía donde llegar ni conocía a nadie, pero Amanda fue mi compañera, ella venía en las mismas condiciones a excepción de que había hecho algo de investigación antes, sabía de algunos refugios para pasar la noche y una empresa de reclutamiento de personal que la ayudaría a conseguir empleo.

Yo por mi parte llegué una semana antes de lo previsto, se supone que los dormitorios estarían disponibles una semana después de mi llegada, pero después de una desagradable conversación con mi madrastra, un labio partido y un ojo morado de su parte supe que ya no podía seguir allí más tiempo.

Mi padre nunca se puso de mi lado, no importaba la cantidad de moretones que yo pudiese tener, él siempre conseguía una forma de justificar su maltrato. No sé si es que él realmente pensaba que lo que ella hacía era lo correcto o simplemente prefería no hacerme caso, de igual manera yo no podía seguir así. No era feliz.

Para mí suerte durante el camino Amanda compartió su información conmigo, y gracias a ella logré conseguir un lugar para dormir esa semana, algo nada fácil de lograr, y un trabajo de camarera a medio tiempo, uno que logré mantener durante todos estos años incluso mientras estudiaba pero que por la terrible depresión económica perdí hace poco.

Debido a los pocos ingresos y lo difícil de mantener la cafetería tuvo que cerrar.

Ahora, recién graduada y con una carrera universitaria entre mis manos he tenido que aceptar un empleo de sirvienta.

Uno que Amanda me ha conseguido de forma temporal hasta que logré conseguir algo mejor o hasta que los señores de la casa decidan que han pasado tiempo suficiente en la ciudad y vuelvan a tomar vacaciones largas. Allí mi servicio ya no será necesario, o algo así me estuvo explicando Amanda.

De vuelta a la realidad, camino tras Amanda, o Mandy, como a mí me gusta llamarla hasta el interior de una enorme y espaciosa cocina donde el olor de diferentes preparaciones llega hasta mí.

- Has llegado tarde – repite ella.

- Lo sé – le digo – lo siento – vuelvo a disculparme.

- Que no vuelva a ocurrir – gruñe molesta hacia mí.

Amanda tiene un muy mal humor.

Ella, al igual que yo, es una sirvienta en esta casa, pero con la diferencia de que tiene muchos más años de experiencia que yo. Amanda ya lleva cuatro años aquí sirviendo a una familia importante de la ciudad que es incapaz de doblar su propia ropa o tender su propia cama.

Holgazanes.

- Tienes suerte, los patrones se han ido de viaje y no regresan hasta mañana, la señorita Charlotte no está y el joven aún no regresa de sus vacaciones – me explica Mandy.

Oh.

- ¿Entonces por qué estás tan molesta? – le pregunto ya recuperando mi respiración y sintiendo algo de alivio interno. Mis piernas aún tiemblan un poco.

- Porque si alguien sabe que has llegado tarde serás despedida, y mi trabajo se verá afectado – me dice con los dientes apretados – recuerda que yo he sido quien te ha recomendado.

- Lo siento Mandy, esto no volverá a pasar – le digo en un intento de tranquilizarla.

A pesar de mis palabras ella sacude su cabeza molesta.

No me cree y la entiendo. No es que yo sea irresponsable pero se que todo esto la tiene que tener nerviosa. Amanda tiene muchas responsabilidades económicas y perjudicar su trabajo es lo que menos quiero hacer.

- Simplemente que no vuelva a suceder – responde está – toma – me extiende algo que está sobre la mesa – este es tu nuevo uniforme, ve a la habitación que está allá – señala una puerta al final de un pasillo – y colócate esto, y por lo que más quieras, péinate.

Tras decir esto último da media vuelta y desaparece por otra puerta.

Dios.

Amanda a veces puede ser tan molesta.

Cambiarme de ropa no me toma mucho tiempo, y según recordando lo que me había dicho el día anterior por teléfono, tomo mis pertenencias y las guardo en mi pequeña mochila y la dejo sobre la única silla en la habitación.

Esta es la habitación de servicio, algo bastante pequeña y con apenas espacio para una litera, una silla y una pequeña cómoda con un espejo.

Por lo que se el ama de llaves tiene una habitación aparte, está sola la usa el personal de turno que debe de quedarse por las noches para las ocasiones especiales, el resto del personal tiene un horario de trabajo bastante estricto que debe de ser respetado.

Solo espero no tener que pasar la noche aquí. No me puedo imaginar sirviendo desde que amanece hasta que todos decidan irse a dormir.

Debe de ser horrible.

Una vez lista me apresuró hasta la cocina donde me encuentro con una señora mayor de cabello cano sujeto en un severo moño.

- Buenos días – le digo a la que supongo es el ama de llaves.

Se que es ella por el uniforme, exactamente igual al mío, pero de color negro para destacar entre el personal de servicio.

El mío es azul a excepción por el delantal que es blanco.

- ¿Olivia? – pregunta evaluándome con la mirada.

Yo aún no conozco a nadie de aquí, de alguna forma Amanda consiguió que me contratarán sin pasar por alguna entrevista.

Le debo mucho y por eso entiendo su nerviosismo.

- Si señora – asiento – pero puede llamarme Liv – digo.

Olivia suena tan formal.

Durante la próxima hora la señora Miller, la ama de llaves, me da un recorrido por todo el lugar; es una casa bastante grande con por lo menos unas siete habitaciones con unos diez baños, sala, cocina, comedor, biblioteca, sala de juegos, sala de costura (aunque según ella ni la señora ni la señorita cosen), piscina, gimnasio, estudio, sala de música y otras muchas áreas que ya no recuerdo.

El lugar es tan grande que temo perderme.

- Los señores de la casa aún se encuentran de viaje, pero deberían de estar llegando mañana por lo que es mejor que te familiarices con todo lo más pronto posible – me dice la señora Miller mientras estamos caminando por los jardines – la señorita Charlotte aún no ha llegado, pero la conocerás pronto, el joven Benjamín pronto llegara de la universidad por sus vacaciones de verano y el joven Alexander…

- ¿Tres? – interrumpo.

- ¿Disculpa? – pregunta la señora Miller deteniéndose para verme.

- Lo siento – le digo intimidada y avergonzada – es que Amanda dijo que solo eran… - me detengo antes de decir algo más.

A lo mejor me equivoqué.

- El joven Lex como lo suele llamar la familia rara vez está aquí – continúa explicando la señora Miller a la vez que sacude su cabeza – no importa como oigas que su familia y amigos lo llaman – me advierte – nunca lo llames por otra cosa que no sea su nombre completo. Alexander.

Asiento confundida.

- Entiendo – digo – Alexander – repito.

- Joven Alexander – corrige.

La señora Miller se queda en silencio por lo que la observo.

Ella parece estar esperando algo…

- Oh, joven Alexander – repito al entender lo que quiere.

- Exacto – dice ella asintiendo satisfecha – tú siempre llámalo por su nombre – me recuerda – el joven Alexander este año ha decidido venir a visitar a sus padres, él debería de llegar está semana también.

- Ah – es lo único que

puedo decir.

Entonces si son cinco, cinco personas para servir.

Yupi, que divertido.

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