Capítulo 7 Un invitado inesperado
Justin se vio obligado a retroceder. No tuvo más remedio que regresar al interior del ayuntamiento cuando la multitud comenzó a enardecerse y a cerrarse sobre él. Su respiración era agitada, no por el cansancio, sino por la profunda conmoción de haber visto aquel rostro: su exesposa, quien llevaba siete años desaparecida sin dejar rastro.
—¡Robert! —exclamó Justin, y su voz resonó por los pasillos del edificio.
—Dígame, señor —respondió Robert apareciendo a toda prisa, con el rostro desencajado al ver el estado caótico de su jefe.
—Esa mujer de hace un momento… ¿qué nombre dijo que tenía? —preguntó Justin con tono imperioso. Sus ojos lo escudriñaban con fijeza, intentando desenterrar aquel nombre que le resultaba ajeno, pero que había salido de los labios de la mujer que conocía tan bien.
—¿Emily Miller? —contestó Robert con rapidez.
—Sí, ella. ¿Dónde vive? Debes tener sus datos —lo presionó Justin, con voz baja pero cargada de énfasis. No podía esperar ni un segundo más.
Robert dudó un instante antes de responder: —Vive en el orfanato de la iglesia, el que está al borde del acantilado, señor. Ese orfanato es el foco de la resistencia. Ella es una de las encargadas principales y la voz más firme en contra de la reubicación.
—Lévame allí ahora mismo —ordenó Justin sin vacilar. Ya se había dado la vuelta, dispuesto a salir de nuevo.
—Pero señor… tiene una reunión crucial con el consejo municipal en diez minutos para tratar los permisos de…
—¡Posponla, reprograma todo! —le interrumpió Justin con firmeza. Ya no le importaba aquel proyecto de millones de dólares. Su mente estaba fija en una sola cosa: confirmar si Emily era, en realidad, Anna.
Robert se quedó atónito ante la terquedad de su jefe, pero asintió con obediencia de inmediato. —Entendido, señor. Pero será mejor que salgamos por la puerta trasera; el coche ya está listo allí para que no nos detenga la protesta de los ciudadanos.
Sin responder, Justin siguió los pasos de Robert a toda prisa, ignorando toda su agenda de trabajo con tal de alcanzar a la persona que debió haber desaparecido de su vida siete años atrás.
—¿Qué pasará con el plan de construcción, Emily? ¿Piensan seguir adelante? —preguntó la hermana Bernadette. Su voz sonaba ronca, reflejando la angustia que guardaba desde que comenzaron los rumores del desalojo. Como directora del orfanato, el peso sobre sus hombros se sentía mucho más abrumador.
Emily soltó un largo suspiro, con la mirada perdida en el suelo de madera desgastada. —No lo sé, hermana. La realidad es que la mayoría de los habitantes del pueblo ya se han rendido. Han firmado los documentos de indemnización y aceptado la reubicación —dijo con un tono de resignación difícil de ocultar.
La hermana Bernadette guardó silencio un momento, y sus ojos, nublados por los años, parecieron cristalizarse mientras observaba la habitación. —¿De verdad no hay otra forma? Este orfanato… esta iglesia… todo guarda demasiados recuerdos para los niños —susurró con pesadumbre, mientras sus manos temblorosas apretaban la pequeña cruz que colgaba de su cuello.
Al ver la tristeza en el rostro de la mujer a la que consideraba su propia madre, Emily se acercó de inmediato y la abrazó con fuerza. Intentó transmitirle fortaleza, aunque su propio corazón estuviera destrozado.
—Encontraré una manera, hermana. Lo prometo —susurró Emily mientras acariciaba la espalda de la religiosa para calmarla—. Ahora solo nos queda rezar; esperemos que Dios nos abra un camino y nos muestre su poder.
—Mamá…
Aquel débil llamado hizo que Emily soltara de inmediato a la hermana Bernadette. Se giró y encontró a Darren de pie en el umbral, con los hombros caídos. El rostro del pequeño estaba más pálido de lo habitual y sus ojos se veían cansados.
—¿Darren? ¿Por qué has vuelto tan pronto? ¿Ya terminaste tus clases? —preguntó Emily, con la voz teñida de preocupación.
Darren se acercó sin ánimos. —Mi maestro me dijo que volviera antes porque me dolía un poco la cabeza —dijo el niño mientras se ponía el dorso de la mano en la frente, intentando imitar lo que hacían los adultos para comprobar la temperatura.
Al oír aquello, Emily dejó su posición y corrió hacia su hijo. Se arrodilló frente a él y le puso la palma de la mano en la frente y en el cuello para verificar el calor.
—Dios mío… tienes mucha fiebre, Darren. Perdóname, mi vida, no me había dado cuenta —dijo Emily con pesar. De inmediato lo tomó de los hombros y lo guio para que caminara—. Vamos, cariño, a la cama ahora mismo. Tienes que descansar.
La hermana Bernadette, que lo observaba todo, reaccionó al instante. —Traeré una palangana con agua fría para ponerle compresas —dijo mientras se apresuraba hacia la cocina, dejando a Emily ayudando a Darren a entrar en su sencilla habitación.
—¿Aquí? —preguntó Justin con incredulidad, entrecerrando los ojos mientras observaba el edificio frente a él.
Justin contempló el orfanato, una construcción sólida pero visiblemente desgastada por el tiempo. La pintura blanca de las paredes de madera se descascaraba en varios puntos, mientras que una pequeña iglesia con un campanario sencillo se alzaba justo al lado, como si fuera el protector de aquel hogar para huérfanos.
—Sí, señor —respondió Robert secamente desde el asiento del conductor.
Justin soltó un bufido despectivo. Se recostó en su asiento, mirando con cinismo aquella estructura que, a su juicio, ya no era habitable.
—¿Aún mantienen en pie este edificio viejo? ¿Por qué no aceptan la reubicación simplemente? Podría construirles un orfanato y una iglesia mucho más majestuosos que esto en un abrir y cerrar de ojos —comentó con una marcada arrogancia. Para Justin, todo tenía un precio, y no comprendía por qué aquellas personas se aferraban a un lugar que estaba casi en ruinas.
Justin se ajustó el saco y abrió la puerta del coche. —Robert, espera aquí. Entraré yo solo —ordenó con firmeza.
Sin esperar respuesta de su asistente, Justin bajó del vehículo. Sus zapatos de piel impecable pisaron la grava y la tierra mojada del patio del orfanato, creando un contraste radical entre el lujo que él representaba y la sencillez del lugar que pretendía destruir.
Justin se detuvo frente a la doble puerta de madera, cuya pintura estaba descolorida. Sin dudarlo, levantó la mano y llamó con golpes fuertes y autoritarios.
¡Toc, toc, toc!
El sonido de los golpes llegó a los oídos de Emily, quien en ese momento le ponía compresas a su hijo, recostado en su humilde cama.
