Capítulo 6 Siete años después del divorcio
Siete años después.
Costa de Maine
—Señorita, por favor, sea realista. La indemnización que ofrecemos triplica el valor del mercado. ¡Podría construir un orfanato mucho más moderno en cualquier otra ciudad! —exclamó Robert, con un tono de voz que empezaba a elevarse.
—¡No es una cuestión de números, caballero! —replicó Anna con una voz firme y potente—. Estos niños necesitan estabilidad, no un edificio moderno en un lugar que les resulta ajeno. ¡Rechazamos la reubicación y jamás firmaremos ningún documento de indemnización!
El debate continuó caldeándose durante casi media hora. En una sala privada situada justo detrás del escenario, Justin revisaba unos informes en su tableta. Frunció el ceño al escuchar el alboroto que no cesaba en el exterior.
La puerta de la habitación se abrió y Robert entró con el rostro desencajado por la frustración. —Lo siento, señor Hayes. Hay una mujer que es verdaderamente terca. Está incitando a todos los residentes a unirse a la protesta. Se empeña en no firmar los documentos de reubicación del orfanato.
Justin dejó la tableta con brusquedad sobre la mesa. Se puso de pie y se abrochó el saco con un gesto gélido. —¿Por una sola mujer permites que este proyecto de millones de dólares se detenga? Yo mismo me encargaré de esto.
Justin salió con arrogancia. Cruzó las cortinas del escenario y se dirigió directamente al epicentro del conflicto. Su presencia dominante hizo que el ambiente, antes ruidoso, quedara sumido en un silencio sepulcral. Los residentes le abrieron paso mientras él se acercaba a la mujer que le daba la espalda.
—¿He oído que alguien considera que nuestro dinero no es suficiente para comprar estas viejas tierras? —preguntó Justin con una voz baja, pero cargada de una presión abrumadora.
La mujer se dio la vuelta lentamente.
Justin se detuvo en seco. Todas las palabras mordaces que tenía preparadas en la punta de la lengua se evaporaron al instante. Sus ojos penetrantes se abrieron de par en par al contemplar el rostro de la mujer frente a él.
—¿Anna? —susurró Justin. Su voz temblaba, habiendo perdido toda su autoridad.
Anna se quedó petrificada. Sintió que su mundo se venía abajo al ver a aquel hombre a solo unos pasos de distancia. La opresión en su pecho regresó, pero de inmediato clavó las uñas en las palmas de sus manos para mantener la lucidez. Tenía que anular todos sus sentimientos ahora mismo.
Justin dio un paso al frente, con la mano extendida por reflejo, queriendo tocar el hombro de Anna. —Tú... ¿eres tú? ¿Has estado aquí todo este tiempo?
Anna retrocedió un paso con agilidad, esquivando el contacto. Lo miró con una frialdad absoluta, como si el hombre frente a ella fuera un criminal que amenazaba su hogar.
—Lo siento, señor. Seguramente me confunde con otra persona —dijo Anna con la voz más plana que pudo fingir—. Mi nombre es Emily Miller. Dan ya, soy la persona que se niega a firmar ese documento porque no permitiré que destruya el hogar de nuestros niños.
Justin estaba atónito. La escudriñó con intensidad, buscando rastros de mentira en sus ojos. —No juegues conmigo, Anna. Sé que eres tú. Tu voz, tu rostro, tus ojos... es imposible que me equivoque.
—Me parece que el señor debería revisarse la vista —replicó Anna con una sonrisa gélida y fugaz. Lo miró como si acabara de decir algo ridículo—. Jamás firmaré este documento. Ni ahora, ni nunca.
Anna, que ahora mantenía su antigua identidad sepultada bajo el nombre de Emily, levantó el fajo de papeles de la indemnización. Con un movimiento rápido y cargado de intención, estampó los documentos sobre la mesa de madera ante Justin. El golpe resonó en medio de la sala silenciosa.
Sin darle oportunidad de responder, Emily dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas del ayuntamiento. Caminaba rápido, ignorando la mirada de Justin que seguía clavada en ella. Justin permaneció inmóvil, con el pecho agitado. No podía creer que la mujer frente a él fuera la misma persona.
Emily se veía muy diferente; vestía ropa sencilla y parecía mucho más fuerte; ya no quedaba ni rastro de los vestidos lujosos o las joyas caras que solían adornar el cuerpo de Anna Sinclair.
—No hay duda. Tiene que ser Anna —murmuró Justin para sí mismo, como intentando convencerse.
Recobrando el sentido, Justin salió corriendo tras ella, abriéndose paso entre su séquito de asistentes y guardaespaldas. Al llegar al pórtico del edificio, sus ojos barrieron con avidez la multitud de residentes que aún gritaban en protesta contra su proyecto. Miró frenéticamente a derecha e izquierda, buscando aquel cabello castaño o esa forma de caminar que conocía tan bien.
La figura no estaba entre la masa. Justin desvió la mirada hacia la carretera solitaria a lo lejos. Allí, vio a una mujer caminando a paso veloz por el arcén, alejándose del centro del tumulto.
—¡Anna! —exclamó Justin.
Estaba a punto de saltar los escalones del ayuntamiento para alcanzarla, pero su movimiento se vio interrumpido en el acto. Una docena de hombres de Maine, de complexión robusta, cerraron filas de inmediato, formando una barrera que bloqueaba su camino. Gritaban, exigiendo explicaciones y maldiciendo su codicia.
