Capítulo 8 8
—Suéltame antes de que tenga que cobrarte una verdad delante de mi ex.
Julian bajó la mirada hacia nuestros dedos entrelazados.
No pareció arrepentido.
Mateo sí parecía dispuesto a arrancárselos.
—Pensé que no necesitabas que nadie decidiera por ti —dijo él.
—Y no necesito que tú interpretes lo que hago.
Retiré mi mano de la de Julian.
El calor quedó pegado a mis dedos de una manera irritante.
Mateo cerró la carpeta.
—Cuando esa firma aparezca ante la asociación, recuerda que vine a advertirte.
—No. Viniste a asustarme porque ya no puedes controlarme.
—Renata, podríamos solucionar esto juntos.
—Tú y yo ya solucionamos algo juntos. Se llamaba compromiso. Terminó con abogados.
Duncan reapareció en la puerta con una regla metálica.
—¿Ya puedo volver o todavía hay posibilidades de homicidio?
—Cinco minutos —respondí.
—Perfecto. Revisaré una grieta. Son menos complicadas.
Mateo miró a Julian una última vez.
—Pregúntale qué ocurrió realmente con el dinero antes de apostar tu reputación por ella.
Julian sonrió sin humor.
—Pregúntame otra vez cuando me importe tu opinión.
—Julian —advertí.
—No lo estoy golpeando.
—Te quedan varias horas de día.
Mateo soltó una risa breve.
—Exactamente como antes, Renata. Buscas hombres que hablen por ti porque después puedes culparlos cuando todo explota.
La frase consiguió lo que él quería.
Me dolió.
Pero no retrocedí.
—Fuera.
—Piensa en mi oferta.
—No hiciste ninguna.
Mateo abrió la puerta.
—Abandona Halston House y esa hoja desaparece.
Julian dio un paso.
Le agarré el antebrazo.
—No.
Esta vez fui yo quien lo tocó primero.
Regla uno.
Mateo lo vio.
—Parece que las reglas aquí son flexibles.
—Tú no sabes nada de nuestras reglas.
Su mirada pasó de Julian a mí.
—Ese es exactamente el problema.
Se marchó.
Esperé hasta escuchar cerrarse la puerta principal.
Después solté a Julian.
Él levantó ambas manos.
—Antes de que empieces, técnicamente me tocaste dos veces.
—Después de que tú rompieras la primera regla.
—Una vez.
—Entrelazaste los dedos.
—Fue una extensión del contacto original.
—Eso es el tipo de estupidez que Noah cobraría por hora.
Julian se apoyó en la mesa.
—Entonces pregunta.
—Primero, no vuelvas a hacerlo.
—¿Defenderte?
—Tomarme de la mano sin permiso para marcar territorio frente a Mateo.
Su rostro cambió.
—No estaba marcando territorio.
—Mentira. Regla tres.
—Excelente. Ya debo dos confesiones en menos de tres minutos.
—Te estás volviendo eficiente.
Julian me sostuvo la mirada.
—Bien. Sí. Quería que entendiera que ya no podía entrar aquí y tratarte como si todavía tuviera algún derecho sobre ti.
—Eso sigue sonando territorial.
—Porque lo fue.
La sinceridad me desarmó más que una excusa.
—¿Por qué?
—Esa es tu pregunta.
—Sí.
Julian se acercó despacio.
No lo suficiente para tocarme.
Lo suficiente para obligarme a recordar la cena.
—Porque me irritó cómo te miraba.
—Eso se llama antipatía.
—No.
—Julian.
—Me irritó que conociera cosas de ti que yo no conozco. Me irritó que pudiera hacerte cambiar la cara con una frase. Y me irritó todavía más escuchar que alguna vez lo amaste.
Mi respiración se volvió incómodamente consciente.
—Eso suena a celos.
—Lo son.
No esperaba que lo admitiera tan rápido.
—Llevamos dos días viviendo juntos.
—Ochenta y ocho por delante.
—No puedes sentir celos.
—Qué alivio. Avísale a mi cuerpo porque parece no haber leído tu reglamento.
Elodie apareció cargando una bandeja.
—Traje café y galletas por si el exnovio dejó cadáveres emocionales.
Me giré.
—¿Estabas escuchando?
—Esta casa tiene paredes del siglo diecinueve. Escuchar es prácticamente inevitable.
Julian tomó una taza.
—Mateo intentó chantajearla.
Elodie dejó de sonreír.
—Entonces retiro las galletas. Merecemos alcohol.
—Son las diez de la mañana.
—También existe el whisky de desayuno.
—No existe —dije.
—En Escocia todo puede existir si hace suficiente frío.
Duncan regresó.
—Hay un automóvil detenido junto al portón.
Julian frunció el ceño.
—¿De Mateo?
—No. Una mujer con una cámara.
Mi estómago se contrajo.
—¿Prensa?
Duncan asintió.
Julian caminó hasta la ventana.
—Mierda.
Me acerqué.
Una mujer permanecía fuera de la verja hablando por teléfono. Otra persona estaba dentro del automóvil.
—¿Cómo sabrían que estoy aquí?
—Probablemente no vienen por ti —respondió Julian.
—Eso no me tranquiliza.
Elodie miró por encima de mi hombro.
—Señor Ashcroft, ayer llamó una revista preguntando si había regresado permanentemente a Halston House.
—¿Y qué dijiste?
—Que prefería limpiar diecisiete chimeneas con un cepillo de dientes antes que hablar de su vida sentimental.
Duncan levantó una ceja.
—Extrañamente específico.
—Tengo experiencia.
Julian sacó el teléfono.
—Noah puede hacerlos marcharse.
La mujer junto al portón levantó la cámara.
Justo entonces Mateo apareció de nuevo por la entrada principal.
Se detuvo al verlos.
—Perfecto —murmuré.
La fotógrafa comenzó a disparar.
Mateo miró hacia una ventana.
Directamente hacia nosotros.
Y sonrió.
—Lo hizo a propósito —dije.
Julian se volvió.
—¿Qué?
—Sabía que estaban ahí.
Mateo habló con la periodista durante unos segundos antes de subir a su coche.
La mujer volvió a levantar la cámara hacia Halston House.
Julian cerró la cortina.
—No salgas.
—No vuelvas a darme órdenes.
—Renata, si Mateo les cuenta que estás aquí conmigo después del fraude...
—Mi nombre vuelve a los periódicos.
Elodie dejó las tazas.
—Y probablemente inventarán que duerme con el señor Ashcroft para conservar el contrato.
El silencio fue inmediato.
La cláusula.
Julian y yo nos miramos.
Si la prensa publicaba algo así, la fundación podía investigar.
Incluso sin que hubiera ocurrido nada.
Julian tomó el teléfono.
—Voy a llamar a Noah.
—¿Para qué?
—Para adelantarnos.
—¿Cómo?
Su expresión se volvió peligrosamente tranquila.
—Diciéndoles una mentira mejor antes de que Mateo les venda la suya.
—Regla tres. Nosotros no mentimos.
—Entre nosotros.
—¿Qué estás proponiendo?
Julian miró hacia la ventana, después a mi boca.
—Que mañana toda Edimburgo crea que eres mi novia.
