Capítulo 7 7
—¿Y pensabas decírmelo después del postre o después de intentar besarme?
Julian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No intenté besarte.
—Ese es el detalle que decidiste discutir.
—El detalle es que Mateo llamó a mi número personal, sabía dónde estabas y preguntó cuánto tiempo pensaba retenerte aquí.
La rabia desplazó el calor que todavía me quedaba en la cintura.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no eras asunto suyo.
—Tampoco soy asunto tuyo.
Su mandíbula se tensó.
—No dije que lo fueras.
—Pero decidiste ocultarme la llamada durante horas.
—Porque estabas trabajando sobre una escalera, después cenando conmigo y, por una vez, no parecías estar esperando que alguien te atacara.
Me puse de pie.
—No decidas qué información puedo manejar.
—No estaba decidiendo por ti.
—Lo acabas de describir perfectamente.
Julian rodeó la mesa.
—Renata...
—Regla seis. No utilizar vulnerabilidades. Esto cuenta.
Se detuvo.
El enojo en su rostro se convirtió en otra cosa.
—Tienes razón.
—Y has roto una regla.
—Entonces pregunta.
No tuve que pensarlo.
—¿Qué te dijo exactamente Mateo?
Julian apartó la mirada un segundo.
—Que siempre haces esto.
—¿Esto qué?
—Encontrar a un hombre con dinero cuando necesitas que alguien arregle tus problemas.
El golpe llegó donde Mateo sabía colocarlo.
Julian continuó:
—También dijo que terminarás usando mi apellido para recuperar tu carrera y después me culparás cuando algo salga mal.
Solté una risa sin humor.
—Claro.
—No le creí.
—No te pregunté eso.
—Te lo estoy diciendo.
Tomé mi copa, pero no bebí.
—¿Algo más?
—Sí. Dijo que todavía lo amas.
La copa quedó inmóvil entre mis dedos.
Julian me observaba demasiado atentamente.
—¿Y eso te molestó?
—La pregunta era qué dijo.
—Ahora pregunto yo.
—No has ganado una verdad.
—No necesito una regla para hacer una pregunta.
—Y yo no necesito responderla.
Pasé junto a él.
Su mano se movió, pero se detuvo antes de tocarme.
—Renata.
—Buenas noches, Julian.
—No vas a dormir.
Me giré.
—¿Además lees mentes?
—No. Leo personas que aprietan una copa como si fuera el cuello de su ex prometido.
—Es una habilidad muy específica.
—La desarrollé esta noche.
Quise sonreír. Me negué a darle esa victoria.
—Mañana trabajaré desde las siete.
—Mateo dijo que llegará a las nueve.
—Entonces tendrá dos minutos.
—¿Quieres que esté presente?
La respuesta automática era no.
La respuesta sincera tardó más.
—Quiero que no intervengas a menos que te lo pida.
Julian asintió.
—Hecho.
Mateo llegó a las ocho y veinte.
Por supuesto.
Yo estaba arrodillada junto al muro oriental revisando muestras de humedad cuando escuché su voz desde el corredor.
—Sigues llegando antes que todos cuando tienes miedo.
Me quedé quieta.
Duncan levantó la vista desde sus planos.
—¿Lo golpeo yo o espera hacerlo usted?
—Todavía no decido.
Mateo apareció en la puerta del salón con un abrigo azul marino, cabello perfectamente acomodado y la misma sonrisa que durante cinco años había conseguido que otras personas me dijeran cuánto afortunada era.
Ya no funcionaba conmigo.
—Renata.
Me levanté.
—Tienes dos minutos.
—Viajé desde Madrid.
—Entonces desperdiciaste muchas horas.
Su sonrisa vaciló.
—Podemos hablar a solas.
—No.
—Esto es entre nosotros.
—Hace un año quizá. Ahora es entre tú y la salida.
Duncan silbó suavemente y recogió su carpeta.
—Voy a comprobar un muro que esté emocionalmente estable.
Se marchó.
Mateo esperó hasta que desapareció.
—Te ves bien.
—Te queda un minuto cuarenta.
—¿Ashcroft te está pagando para humillarme?
—No necesito cobrar por eso.
Sus ojos recorrieron mi ropa de trabajo y después el salón.
—Creí que habías aprendido.
—¿Qué cosa?
—Que apostar tu reputación a un solo proyecto fue lo que nos destruyó la primera vez.
Sentí las uñas hundirse en mi palma.
—Tú nos destruiste.
—Cometí errores.
—Utilizaste mi firma.
—Firmaste documentos sin revisarlos porque confiabas en mí.
—Eso no te convierte en inocente.
—Tampoco a ti en completamente ajena.
La voz de Julian llegó desde detrás de él.
—Su tiempo terminó.
Mateo se giró.
Julian llevaba pantalones oscuros y una camiseta negra, pero había algo en su expresión que conseguía que pareciera vestido para una ejecución.
—Le pedí que no interviniera —dije.
Julian me miró.
—No estoy interviniendo. Estoy informándole que lleva dos minutos y siete segundos.
Mateo soltó una carcajada.
—Así que eres este.
—¿Este qué?
—El siguiente hombre convencido de que Renata necesita que la salven.
Julian avanzó.
—Cuidado.
—Julian.
Se detuvo.
Mateo lo vio y sonrió.
—Ya te entrenó.
—No necesito entrenar hombres. Apenas tengo tiempo para restaurar edificios.
Mateo volvió hacia mí.
—Vine porque puedes detener esto todavía.
Sacó una carpeta de su abrigo.
Mi estómago se endureció.
—No quiero nada tuyo.
—La asociación revisará tu expediente de nuevo si Halston House sale bien.
—Lo sé.
—Yo también seré citado.
Julian se acercó a mi lado, sin tocarme.
Mateo reparó en la distancia exacta entre nuestros cuerpos.
—Interesante.
—No empieces —dije.
—¿Él sabe lo que pasa cuando confías demasiado en ti?
Julian habló antes que yo.
—Sé lo que pasa cuando ella confía en hombres equivocados.
Mateo sonrió.
—Entonces ya tienes algo en común conmigo.
Di un paso hacia él.
—Vete.
—No hasta que veas esto.
Abrió la carpeta.
Había copias de transferencias, contratos y una hoja que reconocí demasiado bien.
Mi firma.
—Ya vi esos documentos en un tribunal.
—No este.
Mateo dejó una página sobre la mesa de trabajo.
La fecha correspondía a tres semanas después de nuestra separación.
Miré la firma otra vez.
Era idéntica a la mía.
Pero yo no la había hecho.
—¿Qué quieres?
—Que abandones Halston House.
Julian soltó una risa fría.
—Mala estrategia.
Mateo ni siquiera lo miró.
—Si sigues con este proyecto, esa hoja llegará a la asociación y parecerá que continuaste autorizando movimientos después de descubrir el fraude.
—Es falsa.
—Demuéstralo.
Julian extendió la mano hacia el documento.
Yo lo detuve sujetándolo de la muñeca.
Su mirada bajó hacia mis dedos.
Había roto la primera regla.
No los retiré.
Mateo también lo vio.
—Parece que has aprendido rápido a confiar otra vez.
Apreté más la muñeca de Julian.
—No confundas deseo con confianza.
Julian giró la mano dentro de la mía hasta entrelazar nuestros dedos.
No tenía permiso.
Y ambos lo sabíamos.
Mateo miró nuestras manos y perdió por fin la sonrisa.
—Renata, dile a tu millonario que deje de jugar al héroe, porque cuando esa firma salga a la luz, él será el primero en preguntarse si también lo engañaste.
Julian no me soltó.
—Entonces será mejor que escuches esto antes de irte, Mateo.
—¿Qué cosa?
Julian llevó mi mano a su pecho sin apartar los ojos de él.
—Que si alguien va a conseguir que Renata abandone esta casa, voy a ser yo. Y tú acabas de perder el derecho a intentarlo.
