Capítulo 6 6
—Acepto la cena, pero no porque tengas razón.
Julian levantó una ceja mientras Duncan guardaba sus herramientas.
—Perfecto. Puedes repetírtelo mientras te arreglas.
—Y no pienso arreglarme para ti.
—Eso también puedes repetírtelo.
Le lancé el pañuelo que todavía tenía en la mano. Julian lo atrapó antes de que le golpeara la cara.
—A las ocho —dijo.
—A las ocho y diez.
—¿Por qué?
—Para que aprendas a esperar.
La sonrisa que apareció en su boca me acompañó hasta mi habitación.
A las ocho y nueve bajé las escaleras.
Había considerado presentarme con el overol reparado solo para castigarlo, pero no iba a convertir una cena en una demostración infantil. Elegí un vestido negro sencillo que llevaba años conmigo. Espalda descubierta, tirantes finos, falda hasta las rodillas. Nada extraordinario.
Eso intenté decirme cuando Julian dejó de hablar al verme.
Estaba junto a la chimenea del comedor pequeño, sin saco ni corbata. Camisa blanca, mangas recogidas, primer botón abierto.
—Llegas temprano —dijo.
Miré el reloj.
—Son las ocho y nueve.
—Esperaba que utilizaras los diez minutos completos por orgullo.
—Los utilicé. Bajé corriendo el último tramo.
Su mirada descendió lentamente.
—Veo que tampoco utilizaste la ropa como armadura.
—Es algodón, Julian. No una declaración de guerra.
—Podría discutirlo.
Elodie apareció con una fuente entre las manos.
—Me niego a servir una cena mientras se observan como dos personas que olvidaron para qué sirven los cubiertos.
—Regla cuatro —le recordé a Julian.
—No he dicho nada.
—Tu cara tampoco firmó, ¿recuerdas?
Elodie soltó una carcajada.
Julian apartó una silla.
—¿Permiso?
Miré su mano sobre el respaldo.
—Para mover una silla no necesitas tocarme.
—No era para la silla.
El calor me alcanzó antes de que él explicara.
—¿Entonces?
—Quería saber si puedo colocar la mano en tu espalda mientras te sientas.
—¿Eso mejora el funcionamiento de la silla?
—No.
—Entonces no.
Julian sonrió.
—Primera negativa.
—Empieza a coleccionarlas.
Me senté sola.
Elodie dejó la cena y desapareció después de anunciar que no regresaría “aunque escuchara muebles rompiéndose”.
—Tu ama de llaves tiene demasiada confianza —dije.
—Me bañó hasta los seis años. Mi autoridad murió hace décadas.
Probé el salmón.
—Esto está demasiado bueno para ser parte de tu plan.
—No cociné.
—Eso explica todo.
Julian bebió vino sin dejar de observarme.
—¿Siempre atacas cuando estás nerviosa?
—¿Siempre decides que una mujer está nerviosa cuando no se derrite delante de ti?
—No.
—Progreso.
—A veces están aburridas.
Solté una risa y negué con la cabeza.
—Tu ego necesita una habitación propia.
—Hay veintitrés disponibles.
—Veintidós. Una es mía.
Su expresión cambió apenas.
—Ya la llamas tuya.
—Durante noventa días.
—Ochenta y nueve.
El recordatorio produjo una sensación absurda. Apenas llevaba allí dos días y ya medíamos el tiempo.
Julian cortó un trozo de comida.
—¿Qué compraste con tu primer sueldo importante?
La pregunta me sorprendió.
—Una aspiradora industrial.
Él dejó el tenedor.
—Eso es deprimente.
—Tenía un taller.
—Podías haber comprado zapatos.
—Tenía zapatos.
—Un viaje.
—Trabajaba.
—Una joya.
Lo miré.
—Mateo regalaba joyas.
Julian no añadió nada durante varios segundos.
—No era una pregunta sobre él.
—Lo sé.
—Entonces olvídala.
—No necesito que tengas miedo de mencionar su nombre.
—Regla dos.
—Hablar no es utilizar una herida.
Sus dedos giraron el tallo de la copa.
—¿Por qué las joyas?
Podía negarme. La tercera regla me daba ese derecho.
—Porque después de cada discusión importante aparecía una caja —respondí—. Cuanto peor era lo que había hecho, más cara era la disculpa.
La mandíbula de Julian se endureció.
—¿Y funcionaba?
—Durante demasiado tiempo.
—No parece tu estilo.
—Tú me conoces desde hace dos días.
—Precisamente.
Apoyé el tenedor.
—¿Qué significa eso?
—Que en dos días has discutido conmigo por una habitación, un contrato, una cerradura, un salón que podía matarte y una escalera. Me cuesta imaginarte aceptando un diamante para callarte.
—Antes confundía insistencia con amor.
Julian bajó la mirada.
—Y yo confundía distancia con seguridad.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue peor.
Íntimo.
Me levanté.
—¿Postre?
—Eso fue una huida.
—Eso fue hambre.
—El postre está en la mesa.
Miré detrás de mí. Había una tarta de chocolate que no había visto.
—Detesto que tengas razón.
—Todavía no has visto mi talento completo.
—Eso sonó obsceno.
—Lo era.
Caminó hasta mí.
Esta vez no había mesa entre nosotros.
—¿Qué estás haciendo?
—Intentando ganar.
—Pensé que la cena era el intento.
—La cena fue preparación.
—Qué eficiente.
Julian quedó a un paso.
—Permiso para tocarte.
Mi respiración se alteró. Lo odié.
—¿Dónde?
Sus ojos bajaron hacia mi cintura.
—Ahí.
—¿Cuánto tiempo?
—¿Vamos a cronometrarlo?
—Estoy considerando cobrarte por minuto.
—Treinta segundos.
Me crucé de brazos.
—Quince.
—Veinte.
—Dieciocho.
—Trato.
Extendió la mano.
—Tienes permiso.
Su palma se apoyó en mi cintura desnuda.
No hizo nada más.
No me acercó.
No apretó.
Solo dejó la mano allí.
Y eso resultó mucho peor.
Su pulgar se movió una vez sobre mi piel.
—Eso cuenta como movimiento —murmuré.
—No estaba prohibido.
—Eres insoportable.
—Quedan doce segundos.
Mis manos seguían cruzadas porque no confiaba en ellas.
Julian bajó el rostro.
—Ocho.
—No necesito narración.
—Cinco.
Su nariz casi rozó la mía.
—Julian.
—Tres.
Miré su boca.
Error.
La mano en mi cintura se tensó.
—Dos.
Pensé que me besaría.
No lo hizo.
Cuando llegó a uno, retiró la mano y dio un paso atrás.
Mi cuerpo protestó antes que mi orgullo.
—Se terminó tu permiso —dijo.
—Qué obediente.
—No quiero robarte un beso.
—¿Porque romperías una regla?
Julian negó lentamente.
—Porque quiero escucharte pedírmelo.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Él miró la pantalla y toda la provocación desapareció de su cara.
—¿Qué pasa?
Julian no respondió enseguida.
—¿Quién es?
Dejó el teléfono boca abajo.
—Mateo Varas llamó esta tarde.
Sentí que el estómago se cerraba.
—¿Cómo consiguió tu número?
Julian sostuvo mi mirada.
—No llamó para hablar conmigo, Renata. Dijo que viene a Halston House a buscarte mañana.
