Capítulo 5 5
—Quítate la camisa o sal de mi obra.
Julian levantó la vista desde el umbral del salón de baile. Llevaba un traje oscuro y una expresión elegante para una demolición.
—Buenos días para ti también.
—Son las siete y doce. El ingeniero llega en dieciocho minutos y tú estás vestido como si fueras a vender la casa.
—Podría venderla.
—No antes de que yo certifique que el techo no caerá sobre el comprador.
Elodie apareció detrás de él con café.
—Le advertí que el traje era demasiado optimista.
—Tengo una reunión a las nueve —respondió Julian.
—En Edimburgo —dije—. A una hora de aquí.
—La pospuse.
—¿Por qué?
—Porque anoche firmé un acuerdo absurdo con una mujer que considera el polvo un accesorio profesional.
Miré mi overol gris, las botas y el pañuelo que me sujetaba el cabello.
—Y esta mujer acaba de ordenarte que te quites la camisa.
—Estoy intentando decidir si es una inspección o una derrota muy rápida.
Elodie me ofreció café.
—Avíseme si necesita aceite.
Casi escupí el primer sorbo.
—Para las bisagras —aclaró ella.
Julian se quitó el saco y empezó a desabrocharse los puños sin apartar los ojos de mí.
—La camisa es cara.
—El moho no respeta fortunas.
—Tú tampoco.
—Por eso sigo aquí.
El ingeniero, Duncan Bell, entró cargando planos y herramientas. Tenía barba roja y la paciencia resignada de quien explicaba a ricos que las paredes no obedecían cheques.
—¿Interrumpo algo?
—Una restauración —dije.
—Una provocación —corrigió Julian.
Duncan miró su camisa blanca, mi rostro y luego las reglas firmadas que aún sobresalían de mi libreta.
—No quiero saberlo.
—Sabia decisión —murmuró Elodie.
Trabajamos durante dos horas. Duncan confirmó la filtración del muro oriental, el deterioro del piso y varias grietas ocultas bajo los frescos. Cada nueva observación aumentaba el presupuesto y endurecía el rostro de Julian.
—Con este daño, noventa días son una fantasía —dijo Duncan.
—Tenemos que lograrlo —respondió Julian.
—La estructura no entiende de testamentos.
—Renata sí.
Todos me miraron.
Me agaché junto a una tabla marcada y revisé mis notas.
—Podemos salvar el plazo si trabajamos por zonas, reforzamos primero el balcón y contratamos dos equipos adicionales.
—Eso duplicará los costos —dijo Julian.
—Triplicará las posibilidades de conservar la propiedad.
—No necesito que me expliques mis propias pérdidas.
El comentario golpeó más de lo necesario. Cerré la libreta.
—Entonces no me pidas soluciones.
Duncan se alejó prudentemente.
Julian bajó la voz.
—No fue personal.
—Utilizaste ese tono porque el presupuesto te asustó y decidiste que yo era el objeto más cercano.
—No me asusta el dinero.
—Te asusta perder esta casa.
Su mandíbula se tensó.
—Regla dos.
—No estoy utilizando tu pasado.
—Estás intentando abrirlo.
—Estoy intentando comprender por qué me exiges un milagro y me castigas por calcular su precio.
Julian miró hacia Duncan y Elodie. Ambos fingieron revisar una columna.
—Hablemos afuera.
—No. Esta es mi obra.
—Y mi casa.
—Perfecto. Podemos discutir la custodia.
Elodie levantó la mano.
—Yo me quedo con la cocina.
Duncan soltó una tos parecida a una risa.
Julian se acercó hasta quedar frente a mí.
—Acepto los equipos adicionales.
—Y no volverás a descargar tus nervios conmigo.
—No estaba nervioso.
—La tercera regla prohíbe mentir.
Me sostuvo la mirada durante segundos.
—Bien. Estaba nervioso.
—Eso cuenta como verdad, no como disculpa.
—Lo siento.
Las palabras salieron rígidas, pero limpias. Asentí y volví a abrir la libreta.
—Necesito revisar el muro desde el patio.
Duncan nos condujo al exterior. La lluvia había dejado el césped resbaladizo. Una escalera metálica apoyada contra el muro permitía alcanzar la cornisa dañada.
—Subiré yo —dijo Julian.
—No sabes qué buscar.
—Sé evitar que te rompas el cuello.
—Ayer casi morí dos veces y sigues hablando como si fueras un amuleto.
—Ayer te salvé dos veces.
—Y lo mencionaste seis.
Subí antes de que pudiera discutir. A mitad de la escalera, una ráfaga levantó el pañuelo de mi cabello. Julian lo atrapó y lo guardó en el bolsillo.
—Devuélvelo.
—Cuando bajes.
—Eso es robo.
—Es garantía.
—¿De qué?
—De que no escaparás por el tejado.
Duncan comenzó a medir la humedad mientras yo examinaba la piedra. Julian sostuvo la escalera desde abajo. Sentía sus ojos cada vez que me inclinaba, así que decidí cobrarle la atención.
—¿La vista ayuda al diagnóstico? —pregunté sin mirar.
—Estoy vigilando tus botas.
—Mis botas están diez centímetros debajo.
—Tengo visión periférica.
—Tienes descaro central.
Elodie anunció desde la puerta que el almuerzo estaba listo. Duncan descendió primero para lavarse las manos. Cuando intenté bajar, una varilla suelta enganchó el tirante de mi overol. Tiré una vez y la costura cedió.
La parte superior cayó hasta mi cintura.
Debajo llevaba una camiseta negra ajustada, pero el frío atravesó la tela y la mirada de Julian hizo el resto.
—No digas nada —advertí.
—Estoy respetando la cuarta regla.
—Tu cara no.
—Mi cara no firmó.
Bajé dos peldaños. Julian sostuvo la escalera con una mano y alzó la otra.
—Permiso para ayudarte.
La primera regla.
Podía negarme. También podía quedarme colgando mientras Duncan regresaba. Extendí la mano.
—Solo la mano.
Julian la tomó. En lugar de esperar a que descendiera, me sujetó por la cintura y me bajó de la escalera. Mis pies tocaron el suelo, pero su brazo continuó rodeándome.
—Eso fue más que la mano.
—La escalera se movió.
—No se movió.
—Yo sí.
Su pulgar quedó bajo el borde de mi camiseta. El contacto era mínimo, pero encontró cada nervio disponible. Noté el cambio en su respiración.
—Suéltame.
—Dilo sin mirar mi boca.
Levanté los ojos. Mala elección. Julian estaba demasiado cerca y demasiado consciente de ello.
—Suéltame —repetí.
Lo hizo de inmediato.
La obediencia dejó una incomodidad peor que el contacto.
Elodie apareció con una chaqueta.
—Dios bendiga las capas y las decisiones cuestionables.
Me cubrí mientras Julian recuperaba mi pañuelo de su bolsillo. Lo sostuvo frente a mí.
—Pídelo.
—Es mío.
—Entonces reclámalo.
Extendí la mano. Él lo colocó sobre mi palma, rozando deliberadamente mis dedos.
—Primera provocación del día —dije.
—No. La primera fue ordenarme que me quitara la camisa.
Duncan regresó con una carpeta.
—Tengo malas noticias. La piedra del muro no puede secarse mientras siga obstruido el drenaje del sótano.
—¿Cuánto retraso? —pregunté.
—Dos semanas, como mínimo.
Julian miró la mansión y luego a mí.
—No tenemos dos semanas.
—Podemos trabajar de noche.
—No te pedí que te sacrificaras.
—No lo hago por ti.
—Claro que no.
La duda en su voz me irritó.
—Quiero terminar porque mi nombre depende de este proyecto.
—Ahí está la verdad.
—Nunca la oculté.
—Ocultaste cuánto necesitas ganar.
Me acerqué, olvidando al resto.
—Necesito terminar. No necesito ganarte.
Julian inclinó la cabeza.
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo?
Su mirada descendió hasta mi boca antes de regresar a mis ojos.
—Esta noche cenarás conmigo. Sin planos, sin personal y sin esa ropa que utilizas como armadura.
—¿Eso forma parte del trabajo?
—No. Es mi primer intento para hacerte perder la apuesta.
Apreté el pañuelo entre los dedos.
—¿Y si digo que no?
Julian sonrió, tranquilo por primera vez en toda la mañana.
—Entonces habrás empezado a huir antes de que yo siquiera te toque.
