Capítulo 4 4
—La primera regla es que no puedes tocarme sin permiso.
Julian cerró las puertas del salón de baile y dejó la linterna sobre una consola cubierta de polvo. Tenía la camisa manchada por la caída de la tabla y una línea blanca cruzándole el hombro. Aun así, parecía más molesto por mi propuesta que por el agujero que acababa de intentar tragarnos.
—Eso no es una regla —dijo—. Es educación básica.
—En tu caso necesita quedar por escrito.
—Me sujeté a ti para impedir que cayeras al sótano.
—Y tardaste demasiado en soltarme.
—Estabas moviéndote.
—Estabas disfrutándolo.
Sus ojos descendieron a mi cintura, justo donde había dejado la mano. No negó nada.
—Escribe.
Saqué mi libreta. Nos instalamos en la biblioteca porque el salón ya no era seguro y porque Elodie se negó a permitir que “dos adultos hormonales” negociaran junto a una abertura de dos metros. Julian ocupó el sillón frente al mío y sirvió whisky en dos vasos.
—No bebo mientras trabajo.
—No estás trabajando. Estás redactando una constitución para evitar besarme.
—La confianza que tienes en tu boca debería pagar impuestos.
—Los paga. Es una herramienta de negocios.
—Eso explica ciertos titulares.
Él levantó el vaso hacia mí.
—Primera regla: no tocar sin permiso. Aplícala también a ti.
—No estaba planeando tocarte.
—Tu mano en mi abdomen hace diez minutos opina distinto.
—Intentaba apartarte.
—Con mucha concentración.
Escribí antes de que mi cara revelara demasiado.
—Segunda regla: nada de utilizar mi pasado para provocarme.
La diversión desapareció de su expresión.
—Entonces tú tampoco usarás a Theo.
—No lo he hecho.
—Lo mencionaste.
—Porque reaccionaste como si hubiera abierto una tumba.
Julian dejó el vaso. El golpe contra la mesa fue seco.
—Segunda regla aceptada. Mi hermano no es parte del juego.
La forma en que pronunció mi hermano cerró cualquier broma. Anoté sin insistir.
—Tercera: nada de mentiras.
—Eso será complicado para alguien que viaja con el apellido de su madre.
—No he mentido sobre quién soy.
—Has omitido por qué estás aquí.
—Estoy aquí para restaurar la casa.
—Y para limpiar tu nombre.
—Eso no vuelve falso mi trabajo.
Julian se inclinó, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
—Entonces añadamos precisión. Podemos negarnos a responder, pero no inventar una respuesta.
—Aceptado.
—Cuarta: ninguna provocación frente al personal.
—¿Temes que Elodie descubra que no eres irresistible?
—Elodie me conoce desde que tenía siete años. Ya sabe que no lo soy antes del café.
No pude evitar reír. Julian me observó como si acabara de conseguir algo que no figuraba en el contrato.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué?
—Mirarme como si te sorprendiera que pueda ser humano.
—No fue eso.
—¿Qué fue?
—Una reacción involuntaria. Como estornudar.
—Entonces procuraré hacerte reír hasta que necesites un pañuelo.
Anoté la cuarta regla para esconder la sonrisa.
—Quinta: nadie entra en la habitación del otro sin invitación.
—Tu cerradura apenas funciona.
—La reparaste.
—También podría romperla.
—Eso no sonó tranquilizador.
—Era información técnica.
—Sexta: nada de acercarte a mí mientras duermo.
La mirada de Julian cambió. No fue deseo. Fue algo más breve y oscuro.
—¿Alguien lo hizo?
—No es asunto tuyo.
—Según la tercera regla, puedes negarte, no mentir.
—Me niego.
Julian asintió, pero sus dedos se cerraron alrededor del vaso.
—Acepto la sexta. Y la amplío: ninguno utilizará una vulnerabilidad del otro para ganar.
Lo miré con más atención. Aquella regla no parecía pensada para protegerme.
—Séptima: no involucrar a otras personas para provocar celos.
—¿Crees que sentiré celos?
—Creo que eres lo bastante inmaduro para intentarlo conmigo.
—¿Y funcionaría?
—No.
—Respuesta demasiado rápida.
—Regla siete.
—Aceptada, aunque me estás quitando varias opciones entretenidas.
—Sobrevivirás.
—Tengo dudas.
Quedaban dos. Afuera, el viento golpeó los ventanales de la biblioteca. Una lámpara parpadeó y se apagó. Julian ni siquiera miró hacia arriba.
—Octava —dije—: si alguno rompe una regla, deberá responder una pregunta con absoluta sinceridad.
—Eso ya lo propusiste.
—Ahora lo estoy formulando para que un hombre con abogados no encuentre una salida.
—Noah encontrará tres.
—Entonces no le enseñaremos esto.
—Estás proponiendo ocultarle un acuerdo a mi abogado.
—Estoy intentando que tu abogado conserve algo de alegría.
Julian tomó mi libreta, leyó las reglas y añadió una línea con mi pluma.
—Novena: cualquiera puede terminar el juego, pero quien lo haga primero pierde.
—¿Qué pierde?
—Lo que el otro elija.
Recuperé la libreta.
—No aceptaré una condición abierta.
—¿Tienes miedo?
—Tengo experiencia con hombres que esconden trampas en documentos.
—Yo tengo experiencia con mujeres que firman sin leer.
El golpe fue deliberado. Cerré la libreta.
—Terminamos.
Me levanté. Julian atrapó el borde del cuaderno, no mi mano.
—Usé tu pasado. Rompí la segunda regla.
—Todavía no habíamos firmado.
—No necesito una firma para reconocer que fui un imbécil.
Lo dijo sin sonrisa, y esa honestidad inesperada resultó más peligrosa que sus acercamientos.
—Entonces paga la verdad —respondí.
—Pregunta.
Pude interrogarlo sobre Theo, la casa o el motivo real por el que quería echarme. Elegí lo único que no debía importarme.
—¿Por qué estabas durmiendo en mi habitación cuando llegué?
Julian tardó demasiado.
—Porque esa cama perteneció a mi madre.
—Eso no explica por qué la usas.
—La noche anterior al accidente dormí allí. Theo entró borracho y me pidió ayuda. Le dije que se marchara.
El aire se volvió pesado.
—Julian…
—A la mañana siguiente estaba muerto.
No supe qué hacer con su confesión. Él tomó el whisky, pero no bebió.
—Desde entonces duermo allí cuando regreso a Halston House. Es incómodo, absurdo y no pienso explicarlo otra vez.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo hice.
Cerró la libreta y la empujó hacia mí.
—Ahora firma.
—Falta definir qué pierde quien abandone.
Julian se levantó. La biblioteca pareció encogerse cuando rodeó la mesa. Se detuvo delante de mí, sin tocarme, respetando la primera regla con una precisión que se sintió como una caricia negada.
—Si yo termino el juego primero, podrás quedarte en Halston House aunque la restauración fracase.
—¿Y si pierdo yo?
—Te marcharás sin el pago final.
—Eso ya ocurriría si renuncio.
—No he terminado.
Sus dedos rozaron el aire junto a mi mandíbula, sin llegar a mi piel.
—También admitirás que huiste porque me deseabas demasiado para seguir fingiendo.
Solté una risa.
—Eso nunca ocurrirá.
—Entonces firma.
Tomé la pluma y escribí mi nombre. Julian firmó debajo.
Antes de que pudiera guardar la pluma, Julian inclinó el cuerpo hacia mí. Su boca quedó a la altura de mi oído, separada por una distancia mínima y deliberada. No me tocó. Eso empeoró todo.
—La primera regla tiene una falla —murmuró.
—¿Cuál?
—No prohíbe pedir permiso.
Su aliento rozó mi cuello. Apreté la libreta contra el pecho.
—Puedes pedirlo.
—¿Y tú puedes negarte?
—Sin pestañear.
Julian retrocedió, pero sus ojos permanecieron sobre mi boca.
—Veremos cuánto dura esa respuesta cuando no estés enfadada ni protegida por reglas.
Elodie entró justo cuando intercambiábamos la libreta y dejó una bandeja con comida.
—¿Debo traer champaña o un extintor?
—Ninguno —dije.
—Ambos —respondió Julian.
Ella miró nuestras firmas.
—¿Qué han hecho?
Julian cerró la libreta, pero no apartó los ojos de mí.
—Acabamos de decidir cuál de los dos será el primero en suplicar.
