EL MILLONARIO QUE QUERÍA CORROMPERME

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Capítulo 3 3

—Inténtalo, Julian. Acércate lo suficiente y descubrirás quién termina renunciando primero.

Noah guardó silencio al otro lado del teléfono. Elodie, que aún sostenía las sábanas limpias, dejó de fingir que no escuchaba. Julian permaneció frente a mí con la fotografía de sus hermanos en una mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—¿Eso es una invitación? —preguntó.

—Es una advertencia.

—Las advertencias suelen funcionar mejor cuando quien las pronuncia no está mirando mi boca.

Le sostuve la mirada.

—Estoy calculando qué tan grande sería la cicatriz si te muerdo.

Noah carraspeó desde el altavoz.

—Agradecería que ninguno convierta una cláusula contractual en un delito con testigos.

Julian levantó el teléfono.

—Envíame el documento completo.

—Ya lo hice tres veces.

—Envíalo una cuarta.

—Leerlo sería una innovación útil.

La llamada terminó. Julian dejó el aparato sobre la cómoda y se acercó a la puerta defectuosa. Empujó dos veces, examinó el marco y sacó una pequeña navaja del bolsillo.

—¿También repara cerraduras?

—No. Pero sé reconocer cuándo alguien exagera para conseguir otra habitación.

—La puerta se abrió estando asegurada.

—La madera se hinchó por la humedad.

—Gracias por repetir mi diagnóstico con tono de propietario.

Insertó la hoja entre el marco y el pestillo. Sus antebrazos se tensaron al hacer presión. No debería haber observado el movimiento. Tampoco debía recordar cómo se había visto sin camisa, pero mi memoria había decidido trabajar horas extra.

—¿Piensa seducirme con bricolaje? —pregunté.

—Pensaba empezar con algo más efectivo.

—¿Dinero?

—Atención.

La respuesta llegó sin burla. Eso me incomodó más que cualquiera de sus provocaciones.

—No necesito la suya.

—Todos dicen eso antes de recibirla.

—Y usted debe decir eso antes de aburrirse.

El pestillo encajó con un golpe seco. Julian cerró la puerta desde dentro y giró la llave. Esta vez no cedió.

—Problema resuelto.

—Quiero una copia de la llave.

—No existe.

—Entonces cambiaré la cerradura.

—No modificará esta casa sin autorización.

—Soy la restauradora.

—Del salón de baile, no de mi paciencia.

Elodie dejó las sábanas sobre la cama.

—La paciencia del señor Ashcroft no figura entre los elementos protegidos. Puede demolerla sin permiso.

Julian le dirigió una mirada cansada.

—¿No tienes una cena que organizar?

—Sí. Y usted tiene pantalones que aprender a usar antes de recibir huéspedes.

Elodie salió. Yo abrí la carpeta para evitar sonreír.

—Mañana vendrá el ingeniero estructural —dijo Julian—. Hasta entonces, nadie entra al salón.

—Necesito preparar el levantamiento.

—Puede estudiar los planos.

—Los planos tienen treinta años.

—La sala lleva cerrada quince.

—Exactamente.

Pasé junto a él y salí al corredor. Julian me siguió hasta la escalera.

—¿Adónde va?

—A comprobar si las puertas del salón obedecen mejor que usted.

—Renata.

—Julian.

—No entre.

—No dé órdenes que no pueda hacer cumplir.

Bajé antes de que intentara detenerme. Las cadenas del salón de baile estaban sujetas por un candado antiguo. Saqué una linterna, guantes y una cinta métrica de mi mochila.

—Dígame que no carga ganzúas —murmuró él.

—Soy española, no ladrona de películas.

—Su expediente menciona fondos desaparecidos.

Me giré tan rápido que la cinta métrica golpeó la pared.

—No vuelva a utilizar eso para provocarme.

La ligereza abandonó su rostro.

—Usted usó a mi hermano.

—Encontré una fotografía en la habitación que me asignaron.

—Y preguntó con los ojos.

—Los ojos no publican informes.

—Pero buscan grietas.

—Es mi trabajo.

Julian quedó tan cerca que la punta de mis zapatos rozó los suyos. Apoyó una mano sobre la cadena, junto a mi hombro.

—Esta casa no es una confesión esperando que usted la escriba.

—Y yo no soy una oportunista esperando robarle un secreto.

—Todavía no lo sé.

—Entonces deje de actuar como si ya me hubiera condenado.

El golpe le llegó. Lo vi en el breve endurecimiento de su boca.

—Tiene razón —admitió.

No esperaba escucharlo. Mi enojo perdió equilibrio.

—¿Eso fue una disculpa?

—No se acostumbre.

—Duró poco el momento histórico.

Julian sacó una llave del bolsillo y abrió el candado. Las cadenas cayeron pesadamente al suelo.

—Cinco minutos. No toca nada, no se separa de mí y sale cuando lo ordene.

—Tres condiciones para cruzar una puerta. Debe ser agotador acostarse con usted.

—Nadie se ha quejado por falta de instrucciones.

Empujó las hojas dobles. El aire que salió olía a polvo, madera húmeda y flores secas. Encendimos las linternas.

El salón era enorme. Un techo pintado desaparecía bajo manchas negras. Los espejos estaban cubiertos y varias tablas del piso se habían levantado como costillas. En el centro, una lámpara de cristal colgaba torcida.

Avancé despacio.

—La filtración no viene solo del tejado.

—¿Cómo lo sabe?

—Las manchas suben desde el muro oriental. Hay agua dentro de la estructura.

Me agaché junto al zócalo. La madera cedió bajo mis dedos.

—Esto no estaba en el informe.

—El informe lo hizo un hombre recomendado por Edward.

—Su primo quiere la casa.

—Mi primo quiere cualquier cosa que yo no esté dispuesto a entregarle.

Me levanté y alumbré el balcón interior. Una figura de yeso había perdido el rostro. Debajo había un piano cubierto por una lona.

—¿Por qué cerraron esta sala?

—Mi abuela dejó de utilizarla.

—Eso no responde.

—No era una pregunta permitida.

—Aún no hemos establecido reglas.

—Yo sí.

Di otro paso. El suelo crujió.

Julian me sujetó por la cintura y me levantó justo cuando una tabla se partió. Mi espalda chocó contra su pecho. El agujero reveló una caída de casi dos metros hacia el sótano.

—Le dije que no se separara de mí.

—Estaba a un brazo.

—Un brazo demasiado lejos.

Su mano seguía abierta sobre mi abdomen. La otra sostenía mi cadera. Sentí su respiración junto a mi oído y una presión firme detrás de mí que no podía atribuir únicamente al rescate.

—Puede soltarme —dije.

—Puede dejar de moverse.

Me quedé inmóvil.

—Eso pensaba.

—No saque conclusiones heroicas. Solo intento recuperar el equilibrio.

—Su equilibrio está presionando mi muslo.

Julian me giró para enfrentarme, pero no me soltó. La linterna cayó al suelo y proyectó nuestras sombras contra el muro.

—¿Quiere comprobar la cláusula ahora? —preguntó.

—Quiero comprobar si puede provocarme sin perder el control.

Su pulgar rozó mi cintura.

—No juegue con algo que no entiende.

—Entiendo perfectamente. Usted necesita que yo caiga porque no soporta que alguien permanezca después de conocerlo.

Su rostro cambió.

Me soltó.

—Terminó la inspección.

—Encontré daños que podrían invalidar los noventa días.

—Los repararemos.

—Necesito un nuevo presupuesto y acceso completo desde mañana.

—Lo tendrá.

—También quiero la copia de todos los anexos y una llave funcional.

Julian recogió la linterna. Antes de salir, miró el agujero y luego a mí.

—¿Algo más?

Julian inclinó la cabeza, divertido otra vez, pero el músculo de su mandíbula lo traicionó. Afuera, la casa crujió con el viento. Por primera vez desde mi llegada, no pareció dueño de Halston House, sino otro hombre atrapado dentro de ella junto conmigo también.

Me quité los guantes.

—Sí. Si su método para hacerme renunciar consiste en tocarme, tendremos reglas.

—¿Qué reglas?

Sonreí por primera vez desde que llegué.

—Nueve. Y la primera es sencilla: cada vez que usted pierda el control, tendrá que decirme una verdad.

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