Capítulo 2 2
—No pasaré noventa noches encerrada con un hombre que amenaza con hacerme renunciar.
Elodie dejó la bandeja sobre una consola y miró a Julian, no a mí.
—¿Ve? La señorita Soler apenas lleva veinte minutos y ya comprende el funcionamiento de esta casa.
—No está encerrada —respondió él—. La puerta principal abre hacia afuera.
—Entonces la utilizaré.
Tomé mi taza y avancé por el corredor. La mano de Julian apareció delante de mí, apoyada contra la pared, sin tocarme.
—Si sale ahora, pierde el contrato.
—Y usted pierde su restauradora.
—Puedo conseguir otra.
—No antes del plazo fijado por el testamento.
Su expresión confirmó que había acertado. Julian Ashcroft soportaba mal que alguien conociera las reglas mejor que él. Resultaba casi divertido, salvo por el detalle de que bloqueaba el paso con el cuerpo todavía tibio de la ducha.
—Quite el brazo.
—Escuche primero al abogado.
—No negocio atrapada contra una pared.
Julian bajó la mirada hacia el espacio entre nosotros.
—Hay treinta centímetros y ninguna pared detrás de usted.
Retrocedí y choqué con una estatua cubierta por una sábana.
—La decoración cuenta.
Elodie carraspeó para ocultar una risa. Julian retiró el brazo y recibió el teléfono que ella le tendía.
—Mercer, estás en altavoz.
—Eso explica por qué escucho amenazas antes del almuerzo —respondió una voz masculina—. Señorita Soler, soy Noah Mercer, abogado de la sucesión Halston.
—Explíqueme por qué el contrato pretende convertir mi empleo en arresto domiciliario.
—La cláusula exige residencia continua durante noventa días, pero puede abandonar la propiedad por razones laborales, médicas o personales. Debe dormir aquí al menos seis noches por semana.
—Eso no estaba en la propuesta inicial.
—Aparece en el anexo catorce.
Miré a Julian.
—¿Su familia escribe contratos o novelas de terror?
—Las novelas suelen tener menos anexos.
Noah continuó antes de que discutiéramos.
—La condición protege la independencia del informe. La señora Agatha Ashcroft no quería que el propietario pudiera controlar las inspecciones ni reemplazar al profesional cada vez que recibiera una valoración desfavorable.
—Mi abuela desconfiaba de todos —dijo Julian.
—Principalmente de ti.
Elodie se llevó la bandeja para que nadie viera su sonrisa. Yo acepté la taza que todavía sostenía y bebí. El té estaba caliente; quemarme la lengua frente a Julian habría sido regalarle entretenimiento, así que tragué con dignidad y probablemente perdí sensibilidad para siempre.
—¿Puedo renunciar? —pregunté.
—Sí —contestó Noah—. Pero deberá devolver el adelanto, cubrir los gastos de traslado y aceptar que el informe preliminar quede invalidado.
Calculé en silencio. El adelanto había pagado tres meses de renta atrasada, parte de la deuda legal y el boleto hasta Edimburgo. Devolverlo requería un milagro o un robo, dos opciones poco compatibles con limpiar mi nombre.
Julian advirtió la respuesta en mi cara.
—Puede marcharse —dijo—. Nadie la obliga.
—Usted disfruta demasiado la idea.
—Disfruto las decisiones rápidas.
—Por eso recibe demandas rápidas.
Noah soltó una carcajada al teléfono.
—Ahora entiendo por qué Agatha la eligió.
—Agatha murió antes de que me contrataran.
—Dejó criterios específicos. Experiencia en estructuras protegidas, ausencia de vínculos con los Ashcroft y una reputación dañada para no temer otro escándalo.
El té se volvió amargo.
—Qué manera tan delicada de decir que nadie más quería emplearme.
La expresión de Julian cambió apenas. No fue compasión; la habría rechazado. Pareció molestia, aunque no supe hacia quién.
—Termina de explicar la cláusula —ordenó.
—Si la señorita Soler cumple los noventa días y certifica la restauración, recibirá el pago y la fundación respaldará su reincorporación profesional. Si tú interrumpes su trabajo sin causa, Halston House pasa a Edward.
—Y si la sala no puede restaurarse —pregunté.
—La propiedad también cambia de manos.
Julian apretó el teléfono.
—Eso no ocurrirá.
—No he visto el interior —le recordé.
—Lo verá mañana con un ingeniero.
—Lo veré hoy.
—Una tabla casi la mata.
—Una tabla casi me despeinó.
—Estaba encima de usted.
—He sobrevivido a hombres con menos madera y peores intenciones.
Noah guardó silencio. Elodie dejó caer una cuchara en alguna parte. Julian me miró con una lentitud que convirtió mi comentario en algo distinto.
—Eso sonó a desafío —dijo.
—Fue una comparación técnica.
—Necesita mejores técnicos.
Me alejé antes de que mi cuerpo confundiera hostilidad con interés. Otra vez.
Elodie me acompañó a la habitación azul. Había retirado las pertenencias de Julian, salvo una camisa blanca olvidada sobre el sillón y un reloj en la mesa de noche.
—Puedo cambiar las sábanas —ofreció.
—Por favor.
—No porque haya ocurrido nada indecente. El señor Ashcroft duerme poco y solo.
—No pregunté.
—Pero miró la cama.
—Trabajo con espacios.
—Él también, aunque suele reducirlos cuando una mujer le interesa.
Dejé la taza.
—No le intereso.
—Excelente. Así podrá concentrarse.
Elodie salió con las sábanas antes de que pudiera decidir si me había advertido o se estaba divirtiendo.
Abrí mi maleta. La camisa de Julian seguía en el sillón. La levanté con dos dedos y descubrí debajo una fotografía: tres jóvenes delante de Halston House. Reconocí a Julian, sin la cicatriz del costado. A su lado había un muchacho parecido a él y una adolescente pelirroja.
En el reverso figuraban tres nombres: Julian, Theo y Valentina.
—Registrar habitaciones ajenas durante la primera hora es una costumbre preocupante.
Me volví. Julian estaba en la puerta.
—La fotografía estaba debajo de su camisa.
—También pudo dejar ambas cosas donde estaban.
Cruzó el cuarto y extendió la mano. Se la entregué, pero sus dedos cerraron los míos alrededor del borde.
—No pregunte por Theo.
—No pensaba hacerlo.
—Miente mal.
—Usted amenaza peor.
Julian tiró de la fotografía. Yo no la solté. Quedamos cerca, unidos por un pedazo de papel. Su mirada bajó hasta mi boca y permaneció allí el tiempo suficiente para que el aire se volviera incómodo.
—¿Siempre desafía al hombre que firma sus pagos? —preguntó.
—Solo cuando aparece en mi dormitorio sin tocar.
—Era mi dormitorio esta mañana.
—Ahora es mío.
—Eso puede cambiar.
Solté la fotografía. Julian dio un paso atrás, pero su pulgar rozó el interior de mi muñeca antes de apartarse. El contacto fue breve y deliberado.
—No vuelva a entrar sin permiso.
—Cierre la puerta.
—Lo hice.
Ambos miramos la cerradura. El pestillo estaba corrido.
Julian lo probó y la puerta se abrió. La madera se había deformado; no cerraba.
—La repararán mañana —dijo.
—Esta noche quiero otra habitación.
—Todas tienen humedad.
—Entonces dormiré en el sofá.
—La sala no tiene calefacción.
—Buscaré una chimenea.
—Halston House posee diecisiete. Solo funcionan dos.
—Qué edificio tan eficiente.
Julian tomó el reloj de la mesa. Antes de salir, se volvió hacia mí.
—La segunda chimenea está en mi dormitorio.
—Preferiría congelarme.
—Eso también puede arreglarse.
—No se acerque.
Su sonrisa desapareció.
—Tranquila, Renata. No necesito tocarla para conseguir que abandone esta casa.
El teléfono sonó en su mano. Noah seguía conectado. Julian había olvidado terminar la llamada.
—Antes de empezar esa guerra —dijo el abogado—, hay otra condición que ambos deberían conocer.
Julian activó el altavoz.
—Habla.
—Si Renata mantiene una relación íntima con el propietario, pierde el contrato. Y tú podrás expulsarla sin perder Halston House.
Julian levantó los ojos hacia mí.
—Entonces ya sé cómo hacerla renunciar.
