Capítulo 1 1
—Si vuelve a mirarme así, señorita Soler, voy a cobrarle la entrada.
El hombre salió del baño con una toalla anudada a la cintura y otra sobre los hombros, como si encontrar a una desconocida dentro de su habitación fuera una molestia menor. Yo seguía junto a la cama, con una carpeta bajo el brazo y la llave que me habían entregado clavándose en la palma.
Había visto fotografías de Julian Ashcroft antes de aceptar el trabajo. En todas aparecía impecable, vestido con trajes oscuros y una expresión diseñada para hacer parecer culpable al fotógrafo. Ninguna imagen explicaba los abdominales, la cicatriz que descendía desde sus costillas ni el agua que todavía resbalaba por su pecho.
Aparté la vista demasiado tarde.
—Me asignaron esta habitación.
—Entonces mi personal acaba de cometer un error.
—Eso espero. Viajar ocho horas para encontrar al propietario semidesnudo no estaba en el contrato.
—¿Lo habría rechazado si estuviera?
Su voz tenía ese tono perezoso que algunos hombres confundían con encanto. Cerré la puerta detrás de mí, no por intimidad, sino para evitar que el equipaje siguiera bloqueando el pasillo.
—Habría añadido una tarifa por riesgos laborales.
Julian tomó una camisa del respaldo de una silla. No se molestó en entrar al vestidor. Se la puso frente a mí, lentamente, dejando varios botones abiertos.
—Renata Soler —dijo—. Restauradora, veintiocho años, suspendida de dos asociaciones profesionales y famosa por perder cuatrocientos mil euros que no eran suyos.
La carpeta dejó de parecer protección.
—No perdí ese dinero.
—La prensa no comparte su opinión.
—La prensa tampoco comparte sus impuestos y aun así usted continúa dándole entrevistas.
Su mirada se afiló. Bien. Prefería su hostilidad a la manera en que había observado mi boca.
—No recuerdo haber aprobado su contratación.
—La fundación Halston sí.
—La fundación está dirigida por personas que disfrutan contradiciéndome.
—Quizá se lo ha ganado.
Julian soltó una risa breve. Luego avanzó hasta quedar frente a mí. Medía lo suficiente para obligarme a levantar el rostro, detalle que detesté de inmediato. Olía a cedro, jabón y una clase de problema que no figuraba en mis planos.
—¿Siempre insulta a sus clientes antes de revisar las paredes?
—Solo a los que investigan mi pasado antes de ponerse pantalones.
Bajó la mirada hacia la toalla.
—Podría corregir una de esas cosas.
—La otra sería más útil.
La puerta se abrió sin aviso. Una mujer de cabello plateado y vestido negro entró empujando mis dos maletas como si pesaran poco.
—Señor Ashcroft, la señorita Fraser pregunta si desea que sirvan el almuerzo en el comedor o en su guarida.
—Elodie, ella está en mi habitación.
—Lo veo. Todavía conserva la toalla, así que la situación no parece urgente.
Me mordí el interior de la mejilla.
Julian no tuvo la misma disciplina.
—Le dieron mi llave.
—Le dieron la llave de la habitación azul. Usted decidió dormir aquí anoche porque volvió demasiado tarde para caminar veinte metros más.
—Esta es la única cama que no cruje.
—También es la única que ella utilizará mientras trabaja.
Elodie dejó mis maletas junto al armario y me ofreció una sonrisa que no llegaba a disculpa.
—Bienvenida a Halston House, señorita Soler. Soy Elodie Fraser. Me encargo de que esta casa no devore a sus huéspedes.
—¿Lo consigue?
—Algunos días.
Julian tomó unos pantalones del vestidor y desapareció detrás de la puerta. Elodie me indicó que la siguiera al pasillo mientras él recuperaba una cantidad aceptable de ropa.
La mansión tenía tres plantas, techos altos y el tipo de belleza que se vuelve ofensiva cuando empieza a derrumbarse. El yeso se desprendía en varias esquinas. Había lonas sobre muebles antiguos, cubetas bajo las goteras y un olor permanente a madera húmeda.
Aun así, Halston House todavía respiraba lentamente.
El salón de baile esperaba detrás de dos puertas cerradas con cadenas. Según el informe, nadie entraba desde hacía quince años.
—Necesitaré revisar esa sala hoy —dije.
—Mañana —respondió Julian desde atrás.
Se había vestido con pantalones negros y la camisa todavía abierta en el cuello. El cabello húmedo le caía sobre la frente. Parecía menos un propietario y más una distracción deliberadamente costosa.
—Mi calendario comienza hoy.
—Su contrato comienza cuando yo lo firme.
—Ya está firmado por la fundación.
—No por mí.
Elodie miró el techo.
—Prepararé té.
—No necesito té —dijimos al mismo tiempo.
Ella se alejó riendo.
Julian y yo quedamos frente a las puertas del salón. Saqué de la carpeta una copia del acuerdo.
—Su abuela estableció que la restauración debe ser supervisada por un profesional independiente.
—Mi abuela también dejó grabaciones para reprenderme después de muerta. No siempre fue razonable.
—El testamento sí lo es. Si bloquea mi acceso, la propiedad pasará a su primo.
Un músculo se movió en su mandíbula.
—Ha leído más de lo que esperaba.
—Ese suele ser mi trabajo.
—Su trabajo consiste en reparar una sala, no investigar a mi familia.
—Su familia convirtió la casa en la garantía del proyecto.
Julian se acercó hasta que mi espalda rozó la puerta. No levantó una mano ni me tocó. No hacía falta. Su cuerpo ocupó el aire y lo convirtió en algo demasiado cálido.
—Escúcheme bien, Renata. Puede medir, dibujar, lijar y cubrir cada grieta de esta mansión. No abrirá cajones, no hará preguntas sobre mi hermano y no utilizará nada de lo que vea aquí para rehabilitar su nombre.
—No necesito utilizarlo a usted.
—Todos utilizan a alguien.
—Eso dice más de su vida que de la mía.
Su mirada bajó hacia mi boca. No fingí no notarlo.
—¿Tiene miedo de que encuentre algo?
—Tengo miedo de aburrirme antes de conseguir que renuncie.
La provocación me arrancó una sonrisa.
—Tendrá que esforzarse.
—No acostumbro hacerlo con mujeres.
—Por eso ninguna permanece.
El golpe fue limpio. Julian dejó de sonreír.
Antes de que pudiera responder, un estruendo sacudió el otro lado de las puertas. Polvo blanco cayó desde el marco. Di un paso atrás, pero una tabla se desprendió del techo.
Julian me sujetó por la cintura y me arrastró contra su pecho.
La madera golpeó el suelo donde yo había estado. Mi mano quedó apoyada sobre su abdomen. La suya rodeaba mi cadera con demasiada firmeza. Durante un segundo, ninguno recordó apartarse.
—¿Está herida? —preguntó.
—No.
—Entonces deje de clavarme las uñas.
Aflojé los dedos, pero no retiré la mano.
—Deje de sostenerme como si fuera a romperme.
—Todavía no sé qué tan frágil es.
—Pregúntele a mi ex prometido. Hizo una investigación completa.
Julian soltó mi cintura. La pérdida del contacto se sintió como un cambio brusco de temperatura.
Miró la tabla, luego las puertas.
—La sala no es segura.
—Por eso me contrataron.
—Podría morir ahí dentro.
—Sería una manera incómoda de evitar su hospitalidad.
Elodie regresó con una bandeja.
—El abogado Mercer está al teléfono. Dice que necesita hablar sobre la cláusula de residencia.
Tomé la taza que me ofrecía.
—¿Qué cláusula?
Julian miró mis maletas, después la puerta de su habitación y finalmente a mí.
—La que establece que no puede abandonar esta casa hasta terminar el trabajo.
—¿Durante cuánto tiempo?
Su sonrisa regresó, pero ya no tenía humor.
—Durante noventa días, señorita Soler, Halston House también será su prisión.
