El destino que nunca planeé

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Capítulo 3 El ensayo del engaño

El sol apenas despuntaba cuando el apartamento de Valentina volvió a convertirse en un centro de mando. Sobre la mesa del comedor se mezclaban planos del proyecto, tazas de café abandonadas y muestras de tela que Florencia había traído para darle cuerpo visual a la presentación de Isabela.

Valentina caminaba de un lado a otro con un traje de seda crudo que le daba una autoridad casi intimidante. Su mente, acostumbrada a funcionar como una máquina de precisión, saltaba ahora entre detalles mínimos: el anillo de Isabela, el orden de las diapositivas, la hora exacta en que ambas mentiras tendrían que empezar a parecer verdades.

—Isabela, por décima vez, ese anillo no —dijo Valentina, señalando la mano de su hermana—. Es demasiado llamativo. La Valentina de la oficina es minimalista hasta cuando respira.

Isabela, sentada frente al tocador, soltó una carcajada mientras se alisaba el cabello idéntico al de Valentina. —Hermana, si me quitas toda la esencia, voy a parecer un maniquí ejecutivo. ¿Quieres que Alejandro te vea o que vea a un holograma con buen presupuesto? Si voy a ser tú, tengo que ser una versión que le haga dudar de su propia cordura.

Valentina se quedó inmóvil. Isabela tenía razón, y eso era lo insoportable. Alejandro conocía su armadura, no sus grietas. Si Isabela entraba con su traje y dejaba escapar apenas un destello de energía propia, la diferencia sería sutil al principio, pero lo bastante intensa como para desordenar todo lo que él creía saber.

—Está bien —concedió Valentina, bajando el tono—. Pero controla los gestos. Y, por favor, nada de chistes sobre el presupuesto de marketing. Finanzas todavía no se ha recuperado de la última vez que alguien usó la palabra “intuición”.

Florencia levantó la vista de la laptop, donde ajustaba la última diapositiva. —Me fascina que te preocupe más que Isabela arruine tu reputación que la posibilidad de que Alejandro descubra el engaño. ¿O lo que de verdad te inquieta es que le guste esta versión?

Valentina sintió un pinchazo de celos tan absurdo como revelador. —No me preocupa Alejandro. Me preocupa el proyecto. La empresa no puede permitirse un error hoy.

—Sí, claro —dijo Isabela guiñándole un ojo a Florencia—. Y yo soy la reina de Inglaterra. Vamos, Val, admítelo. Te gusta que alguien pueda desafiarlo, aunque sea bajo tu nombre. Eso es lo que te atrae: que él no se conforma con lo que cree que eres.

Valentina fingió no oírla y volvió a la carpeta. En menos de una hora debía estar en la sede central para convencer a los inversores de que la propuesta no era una apuesta impulsiva, sino una estrategia calculada. Tendría veinte minutos para unir datos fríos y visión creativa sin dejar ver que el plan entero dependía de una suplantación imposible.

—A las diez en punto estarás en la sala de juntas —dijo Valentina, volviéndose hacia Isabela—. Alejandro llegará cinco minutos después. Si pregunta por márgenes operativos, usa esta hoja. Si intenta llevarte hacia la visión creativa, responde con esta nota. Es lo que él quiere oír, pero con suficiente audacia para que piense que ha provocado algo.

Isabela tomó las notas con una solemnidad impropia de ella. —Tranquila, Val. Hoy Alejandro Valenti va a creer que ha estado trabajando con una desconocida. Y cuando quiera saber qué piensa realmente esa mente tuya, tendrá que volver a buscarte a ti.

El trayecto hacia la sede central fue un ejercicio de contención. Desde la ventanilla del coche, Valentina vio la ciudad abrirse paso entre reflejos de vidrio y tráfico matinal. Había invitado al caos a su territorio y ahora no sabía si estaba a punto de perder el control o de descubrir, por fin, una forma distinta de sostenerlo.

Con cada kilómetro, una capa de su armadura parecía aflojarse. Tenía miedo, sí, un miedo físico y punzante. Pero debajo de ese miedo había algo parecido a la libertad: la posibilidad de no dirigirlo todo, de confiar en sus hermanas, de aceptar que quizá la mujer que Alejandro había empezado a intuir no era una amenaza, sino una parte de ella que llevaba años reprimida.

Al llegar al edificio de los inversores, el aire le pareció más frío. Caminó hacia el ascensor con el corazón golpeándole las costillas y recordó la mirada de Alejandro la noche anterior: intensa, incómoda, demasiado capaz de verla donde ella prefería esconderse.

“Solo sé cómo funciona la gente”, se repitió, alisándose la solapa del traje. Pero mientras se preparaba para enfrentar a la junta más exigente del sector, entendió que Alejandro no era un enigma que pudiera resolver. Era una pregunta que la obligaba a mirarse de frente.

Hoy, el plan de Isabela se pondría en marcha. Hoy, Alejandro Valenti se encontraría con algo que no estaba en su agenda. Y lo más aterrador de todo era que, por primera vez, Valentina quería saber qué pasaría cuando él dejara de mirar la máscara y encontrara a la mujer que ella había escondido detrás del orden.

La puerta del ascensor se abrió sobre un pasillo largo, vacío y blanco. Valentina respiró hondo. En algún lugar de la ciudad, sus hermanas se preparaban para provocar el caos. Ella, en cambio, debía entrar en la sala como si todavía fuera dueña absoluta del tablero.

—Empecemos —susurró.

La cuenta atrás había comenzado.

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