10 Con los ojos vendados
Fecha = 1 de abril
Jackson cumple 24. Yo también.
Lugar = San Francisco (parte trasera de una camioneta)
No es exactamente el lugar donde se suponía que íbamos a celebrar
POV - Enrique
El hedor a huevo podrido, mezclado con algo muchísimo más asqueroso —como una alcantarilla que se incendió—, me araña las fosas nasales y me obliga a lagrimear. El aire dentro de la camioneta ya es denso, caliente y asfixiante, pero esta nueva aportación es como si hubieran soltado gas mostaza encima.
—Uf, alguien se está muriendo de adentro hacia afuera —murmuro, tratando con desesperación de apretar la nariz contra mi hombro para bloquear el olor, ya que no puedo usar las manos—; las bridas me están clavando tan hondo en las muñecas que siento cómo el plástico me corta.
—Ay, vamos, gente… en serio, ¿quién se tiró uno? —se queja el pequeño Lee. Suena como si estuviera listo para estrangular a alguien, a pesar de ser tamaño bolsillo. Es la viva imagen del dicho: las botellas más pequeñas llevan los venenos más mortales; un tipo diminuto con una actitud enormemente arrogante e imprudente.
Y no me cae bien.
Ni un poquito.
El aire se llena de gruñidos y quejidos, pero ni una sola confesión.
—Chicos, por favor… eso estuvo mortal… pero estamos en una situación complicada… de verdad no quiero asfixiarme antes de que me maten —protesta Jackson, eliminando a mi principal sospechoso de la lista.
—¿Por qué los hombres siempre apestan como un barco camaronero que se quedó varado en el pasillo de quesos del súper? —jadea Lee con dramatismo. Seguro está poniendo los ojos en blanco debajo de la capucha. Aún no termino de digerirlo: demasiado raro, demasiada boca. Pero sí tiene agallas, eso se lo reconozco.
Me encanta cómo le planta cara a todos sin miedo… sobre todo a Jackson… como un enano terco y cabezota. Aun así, hay algo en él que me incomoda. No sé exactamente qué, pero está ahí.
O tal vez soy yo. A Jackson parece caerle bien.
—¿Alguna idea de quién nos secuestró? —la voz de D-boy atraviesa la peste, baja y nerviosa. En algún punto a mi izquierda, el sonido de alguien moviéndose hace que la camioneta cruja. Yo también intento encontrar una postura más cómoda, donde las bridas no se me hundan tanto en la carne.
Llevamos conduciendo lo que parecen horas, aunque estoy seguro de que en realidad han sido minutos. Adiós al plan de emborracharme hasta perder el sentido esta noche para olvidarme de cierta pelirroja que me tortura el alma. Bueno, ese era el plan, al menos. Pero supongo que si me muero, no tendré que pensar, y mi alma descansará, aunque sea.
—¿Crees que nos van a matar? —Jesse suelta una bocanada de aire—… ¿o peor, a torturarnos? —Su voz está tensa de miedo, le tiembla, y después del desastre con Harry, no lo culpo.
Personalmente, yo también estoy tenso; no es que me esté cagando de miedo, exactamente, pero tengo el estómago hecho un nudo.
Y además creo que él tiene un poco mezcladas las prioridades.
—Oh, podrían empezar la tortura metiendo a los hermanos Blackburn en una habitación con una araña —se burla Noah, claramente incapaz de contener la risa. Supongo que el chisme ya se corrió.
Sin embargo, no tiene idea de lo inquietantemente cerca que está de la verdad. Pero la araña no es el problema principal. Técnicamente, ninguno de nosotros le tiene miedo a las arañas. Sí, todos tenemos miedos arraigados, pero la aracnofobia no está entre ellos.
Big Red se mete con una vocecita de bebé sarcástica:
—La tarantulita… qué miedo, ¿eh? —Su acento escocés retumba como un martillo en la camioneta estrecha. Ni siquiera sé por qué está aquí. Nadie lo invitó.
—¡Qué gracioso! Me hacen morir de risa. Es como noche de comedia en la parte de atrás de una camioneta —espeté, aunque el recuerdo de aquel incidente todavía me hace estremecer. Está bien, quizá no fue nuestro mejor momento, pero esto nadie lo pidió. Otra vez: no es la araña lo que nos da miedo, sino los recuerdos asociados.
—Bueno, a mí no me da pena decir que estoy jodidamente aterrorizado de las arañas —suelta Lee de la nada—. Así que déjenlos en paz. ¿Por qué nos está cubriendo?
—Ah, la pobre bestiecita es un cobardito de verdad —le lanza Big Red al chico.
—Puedo insultarte, pero luego tendría que explicártelo, así que ¿para qué? —responde Lee al instante, dejando al grandote colgado, suspendido en el aire, perplejo. Ese comentario ingenioso solo demuestra lo equivocado que está Red… Lee podrá ser pequeño, pero no es ningún blandengue.
Sonrío de lado a pesar de mí. Está bien, punto para el chico.
—¡Cierren el puto hocico! ¡Ustedes no saben ni mierda! —El ladrido de Ilkay atraviesa el aire como un disparo y silencia la camioneta al instante. La quietud pegajosa se estira; el zumbido de las llantas es el único sonido.
Nos conocemos lo suficiente como para entender ese tono. Se ha desenterrado algún fragmento roto. Y no hurgamos en los pedazos de los demás. Ni intentamos arreglarlos. Solo los mantenemos juntos.
Jackson, imperturbable, lo rompe con un perezoso:
—Bueno, no hablemos de bichos en nuestros probablemente últimos momentos. —Suena tan calmado como si estuviera pidiendo café.
—No puedo morir ahora… primero necesito reproducirme… si no, el poderoso legado Wilder termina conmigo —Axel cambia de tema con dramatismo, en un intento evidente de aligerar el ambiente. Siempre ha sido el tipo pacificador. Hasta que deja de serlo.
—Amigo, tu hermana ya tiene hijos —se burla Damion—. Literalmente parió uno hace unos días. La tercera niña para la familia feliz.
—Son Martins. Y las niñas no mantienen vivo el apellido —argumenta Axel—. Eso nos toca a nosotros, los hombres.
Justo. Y para eso, tenemos que hacer más niños.
—Bueno, al menos Logan no está aquí —aporto, manteniendo el ritmo—; los genes Blackburn sobrevivirán.
—Ah, sí, genes impecables directitos al basurero —replica Jackson al instante, sin perder el paso.
—Y eso suponiendo que ese perdedor siquiera pueda embarazar bien a una chica… por el agujero correcto —resopla, y la camioneta se sacude de risa; todo el fiasco de la araña ya es un recuerdo lejano, aunque el incidente del elevador sigue vivo.
—Oigan, dejen a mi amigo fuera de esto —interviene Damion, defendiendo al cabrón como siempre—. Ustedes fueron los que lo metieron al elevador con una loca chupapollas demente.
—Cierto —se ríe Ilkay—. Pero por un rato, The Lancet estuvo interesado en publicar un artículo: primera mujer embarazada por la garganta.
Y las carcajadas empiezan de nuevo. Todos sabemos que la chica mentía entre sus dientes demasiado blanqueados, pero es una historia demasiado buena como para no exprimirla.
Sonrío, recordando el glorioso desastre. Washington, D. C., unas copas de más y —porque somos pésimas personas y era su semana— una broma con Viagra, un elevador y una conejita cazafortunas.
Debió terminar en una anécdota de mamada desastrosa. En cambio, ella sigue en internet presumiendo su panza fantasma —subiendo fotos falsas de barriga como si fuera una vaca reproductora en subasta— y etiquetando a Logan como el papá.
Y por eso él está en Washington ahora mismo con Dean, tratando de arreglar esto.
—Ay, adoro a mi estúpido hermanito —admite Jackson con cariño. Oigo el roce de tela contra metal.
Sí, todos. Aunque a menudo nos burlamos de él, quizá sea el mejor hermano que existe: el más joven, el más grande, de algún modo más maduro que Jackson y yo, menos rígido que Ilkay y mucho más emocionalmente disponible que cualquiera de nosotros.
Probablemente por eso le damos tanta lata. Ninguno de nosotros entiende del todo las emociones y los sentimentalismos. Yo enterré los míos durante años. No estoy seguro de que Jackson haya tenido alguno siquiera.
Nuestros estilos de citas lo dicen todo: Ilkay y Logan salen con chicas —a corto plazo, sí, pero lo intentan—. Yo me acostaba… me acosté con muchas, pero no me molestaba volver a la misma cama si me convenía. Jackson… bueno… Jackson tiene su propio… sistema: le vale madre, y nunca se acuesta con la misma chica dos veces.
—Quizá no necesitemos depender de Logan… si Mel tiene un niño, de todos modos será un Blackburn porque todavía no está casada… —se ríe Ilkay de pronto, bajo y sin humor—, claramente solo echándole leña al fuego. Cuando se le dispara la adrenalina, deja caer su capa más seria y se suelta.
—Niño o niña, ese bebé es un Grimm —se lamenta Damion—; al menos contribuí a la humanidad creando un prototipo impecable para sostener mis genes prístinos.
—¡Por ahora es un Blackburn, amigo! —lo calla Jackson.
—¡Oye! —grita Damion—. Mel hará lo correcto y le dará mi apellido.
—¿Mel? Vas a tener suerte si no te asesina, si sobrevives a esto —recuerda Ilkay.
—¡Joder! Espero que las chicas no se preocupen demasiado cuando no nos encuentren en el club… o sea… Mel estando en el estado en que está… —la voz de Damion trae ese filo cuidadoso, el que usas cuando intentas ocultar una preocupación real. Bien. Que se cueza en eso.
—Te refieres al estado en el que TÚ la dejaste… —dispara Jackson al instante, y no puedo evitar sonreír. Incluso metido hasta el cuello en este lío, mi hermano no pierde una oportunidad de picar a nuestro futuro cuñado. Que rompa las reglas y deje embarazada a nuestra hermana sigue siendo un tema delicado. Eso no desaparece de la noche a la mañana.
La camioneta vuelve a balancearse, las llantas zumbando ahora sobre grava. El aire adentro huele a sudor, tapetes de hule viejos y gasolina. Cada bache hace traquetear la jaula de acero en la que estamos, y unas cadenas metálicas, por ahí, tintinean apenas al ritmo del viaje.
—Oigan, ¿creen que García sea el que está detrás de todo esto? Juro que ya había visto antes a uno de los guardias —dice Axel, seco, desde la esquina.
Yo, la verdad, no tuve tiempo de ver bien a nuestros secuestradores. Aparecieron de la nada, con armas y una actitud mortal. Empezaron a amarrarnos. No dieron muchas explicaciones, le dispararon a mis guardias, nos pusieron unas capuchas en la cabeza y nos metieron a empujones en esto… que debe de ser una camioneta.
—Ese García tuyo, muchacho… ¿de verdad nos mataría? —pregunta Big Red. Es un gigante bocón, alojado temporalmente con Logan. Aunque tiene la lengua demasiado afilada y se mete en problemas con las chicas, no es la peor persona del mundo.
—Seguro que ya lo ha hecho muchas veces. —La voz de Jesse suena cargada de tensión y apretada por el miedo, y me deja dándole vueltas a sus palabras. García no es ese tipo de líder de pandilla, ¿o sí?
Nunca lo contemplé… pero… considerando su posición… podría haber matado antes. O, al menos, haber mandado a alguien a hacerlo. Aun así, no creo que nos haría daño de ninguna manera. Tampoco les dispararía a mis guardias. Son tipos de sus calles. Tipos que él mandó a trabajar para mí.
Entonces, si no es él… ¿quién? Los Brown están muertos.
—¿Tal vez sea la mafia? —dice Jesse, con la voz ya completamente seria, como si estuviera haciendo una audición para algún drama criminal en vez de sudar bajo una capucha negra sobre la cabeza.
—¿Qué puta mafia? —interviene mi gemelo, con la voz rebotando afilada contra las paredes huecas de la camioneta—. ¿De dónde sacas eso?
—De las películas —aporta Jesse, sereno como un monje, como si eso fuera una fuente legítima.
—Ay, por favor —murmura Lee, sonando genuinamente fastidiado—. Con razón la especie masculina está en peligro. Hasta los gays tienen las neuronas persiguiéndoles el pene.
Si tuviera las manos libres, me estaría rascando la cabeza, confundido. En su lugar, pongo los ojos en blanco.
—¿Películas? —repite Jackson, incrédulo; el humor en su voz tira como si estuviera a punto de dejar a Jesse por los suelos—. ¿Esa es tu fuente de inteligencia?
Oigo a Jackson soltar una risita. Baja, engreída, demasiado consciente. Me raspa los nervios en carne viva.
La camioneta brinca al pasar por un bache, la suspensión chillando como si también quisiera escapar. La cabeza me golpea contra el metal, lo bastante fuerte como para dejarme un chichón.
—Fantástico —mascullo entre dientes apretados—. Secuestrado y conmocionado. Justo lo que le faltaba a mi currículum.
—Deja de quejarte —gruñe Lee. Está sentado en algún punto a mi izquierda—puedo sentir el calor de él, inquieto, respirando como si intentara morder la venda.
—Oh, perdón, ¿quieres que sufra en silencio? —le espeto.
—Preferiblemente —contesta Jackson en su lugar, todavía medio fingiendo que no le importa, pero claramente siguiendo cada pulla.
Huele a óxido y gasolina, caliente por la humedad que se nos viene encima como un trapo mojado.
—Sus quejidos son mejores que tu mal humor —le suelta Lee a mi gemelo—. Cuando te pones a meditar en tus cosas pareces un Drácula de oferta.
Jackson replica, imperturbable:
—Esperemos que a Drácula le toque acostarse con alguien por su cumpleaños.
Yo también lo deseo. Pero eso hace que Lee suelte un jadeo.
La camioneta toma una curva cerrada a la izquierda, y todos nos caemos como fichas de dominó. Chocan codos y rodillas, las maldiciones llenan la oscuridad, y el zapato de alguien se me clava contra las costillas.
—¿De quién demonios es ese pie? —suelto al aire. Me duele el cuerpo de estar aquí encajado; la paciencia se me está quedando en nada.
—Mío —gruñe Damion—. No te emociones.
—Créeme, no hay peligro de eso.
Jackson suelta una risita de pronto, baja y sin humor, sereno como si fuera camino a un destino de vacaciones de verano. Recorre un escalofrío las paredes metálicas.
—A la mierda con esto —murmuro entre dientes.
Últimamente ya he tenido más estrés del que me toca, y se me acabó la tolerancia para este tipo de porquerías. Se acabó que me tengan aquí amarrado como a un pavo de mierda.
Ser el novio falso de Aria me está friendo el cerebro. No consigo sacármela de la cabeza: desearla, necesitarla, pelear contra el impulso constante de tocarla. Por no hablar de la erección muy inoportuna con la que tengo que lidiar más de lo normal.
Con la mano.
Estoy perdiendo la cabeza por ella, sintiendo cosas que no estoy seguro de haber sentido nunca antes.
Y aquí estoy, atado, asfixiándome entre sudor y olor a pedo.
—Yo sigo pensando que es la mafia —interviene Jesse, terco—. O sea… tiene sentido. Te metes con la familia equivocada y vienen a cobrar sangre…
—Y en tu caso, seguro te refieres a Jackson —admito, con calidez.
—Oye, ¿por qué siempre yo? —protesta Jackson, con una risa agazapada en la garganta.
—Eh, quizá porque tienes un maldito talento para hacer enojar a la gente —le replico—. Así que lo más probable es que seas tú… o tu compañero de cuarto, el calentón.
—Ah, chúpala —masculla Lee.
—¿Y qué familia? —se burla Damion, seco y cortante—. No estamos en Sicilia, genio.
El piso vibra bajo nosotros; el zumbido de las llantas se mezcla con el golpe tenue del bajo: alguien está poniendo música en la cabina, lo bastante fuerte como para burlarse de nosotros.
—Podría ser ruso —vuelve a decir Jesse—. O británico. Sangre vieja. O… ¿qué da más miedo que los rusos?… Albanos. Los albanos dan pavor.
—También dan pavor los pezones de tortuga —sisea Lee—. ¿Por qué querrían los albanos meterse con nosotros?
—Porque —dice Jesse, bajando la voz como si esto fuera conocimiento sagrado— controlan la mitad del mundo criminal.
—Eso no es cierto —murmura Axel, sonando agotado.
—Oh, es totalmente cierto —insiste Jesse—. Vi un documental.
—¿Sí? —salta Lee—. ¿Estaba entre tu película de mafia y un episodio de Narcos?
A Jackson se le escapa otra risa. Esta es más aguda. Más deliberada. O encuentra gracioso a su compañerito —que no lo es. Bueno, quizá un poco—.
O ya lo descifró todo y lo está saboreando. Está demasiado tranquilo.
Eso me pone nervioso.
—Pero en serio —sigue Jesse, sin desanimarse—, … siempre hay una mafia. Rusos, irlandeses, yakuza: elige tu sabor. Haces enojar a la equivocada y terminas en una cajuela. Con ellos… todo es negocio. Lo he visto.
—¿En qué, Netflix?—. Eso le arranca una carcajada a Noah.
Luego Jesse, porque Jesse es gay… o terco—. Sigo apostando por la mafia.
Lee gruñe tan fuerte que suena como un estertor de muerte.
—Por tu culpa los aliens no van a visitarnos.
—Jesse tiene un punto—la voz de Damion baja, atrapada en algún lugar entre la preocupación y el miedo—. Tal vez no la mafia… pero alguien podría querernos por un motivo financiero o de negocios. Piénsenlo—hay fichas de negociación de peso metidas en esta camioneta. Millonarios, proveedores de armas militares, celebridades, dueños de antros… un SEAL de la Marina.
Las palabras se me meten bajo la piel como hormigas. Nunca había pensado en eso… no así. No en que podamos ser mercancía valiosa, apilada como ganado premiado esperando a un subastador.
Al menos no me tocó un cuñado inútil. El tipo tiene cerebro.
El aire dentro de la camioneta se siente más espeso con cada respiración, agrio de sudor y con el leve hedor a gasolina. La camisa se me pega húmeda a la espalda, y una gota de sudor me resbala por la sien, se cuela en el cuello rígido de mi camisa hasta que me quema contra la piel. El pulso me martilla demasiado rápido, demasiado fuerte, tan alto que ahoga el leve retumbar de las llantas de la camioneta.
—Entonces—dice Jesse por fin, rompiendo el silencio con demasiado entusiasmo—, tal vez no sea la mafia.
—Tal vez sea tu bocota—espetó Lee.
—Tal vez sean los Illuminati—murmuro.
—Tal vez sea tu cumpleaños—ofrece Ilkay desde la esquina—modo clásico de genio sombrío activado—. Si no hubieran disparado a los guardias… yo habría creído que esto era una broma de cumpleaños, tipo Día de los Inocentes. Es algo que Mel haría.
Si no hubieran disparado a los guardias. Yo también pensaría eso. Pero nadie mataría gente por una broma.
El silencio que sigue es más pesado que las bridas alrededor de nuestras muñecas. De esos silencios que te aprietan el estómago y te dejan la boca seca.
—Ay, relájense—dice Jackson con suavidad—. Si nos morimos, nos morimos. Va a pasar tarde o temprano.
Yo, en lo personal, preferiría que fuera más tarde.
Se me hace un nudo en el estómago. Alguien suelta una maldición entre dientes.
—Tú…—La camioneta se sacude y se detiene de golpe, cortándome y lanzándome de lado. Me estrello contra la persona a mi lado; la cabeza me truena contra algo afilado.
—¡Auch! ¡Quítate de encima, pedazo de bestia!—gruñe Lee. Claro, caigo encima de él. Seguro aplasté ese cuerpecito.
—No te pongas histérico, bro, solo perdí el equilibrio—trato de explicarle al pequeño irascible.
—Si le haces daño a mi roomie, te haré daño yo —advierte Jackson con ese tono tranquilo que significa que va completamente en serio. Ha estado raramente protector con su compañero de cuarto, que es bajito —casi más de lo que lo es con Mel—. Es exagerado y, al límite, desesperante.
Estoy a punto de soltarle algo de vuelta, pero la puerta corrediza se abre con un chillido. Entra de golpe aire frío y salado, quemándome la nariz con olor a pescado y mar. Unas botas raspan el piso. Manos ásperas me jalan hacia adelante.
—Vete a la mierda —gruño, con una voz afilada de pura intención asesina.
—¡Solo súbanlos al barco! —ordena una voz ronca.
—Barco… genial, ¡van a tirarnos al océano! —refunfuña Jesse a mi lado.
Me arrancan la capucha de la cabeza. La luz del sol me ciega. Entrecierro los ojos hasta que el mundo se enfoca y las formas empiezan a tener sentido.
El agua golpea la madera. Las gaviotas chillan arriba.
Estamos en un muelle, frente a un yate. Enorme. Elegante, blanco plateado, y lo bastante caro como para comprar un país pequeño.
Dos guardias están a un lado, hablando en voz baja. Capto fragmentos.
—… ya casi está —dice uno.
—Sí. Entonces ya no van a ser nuestro problema.
No es exactamente el tipo de cosa que hace que uno se sienta seguro.
Miro a Damion: tiene la mandíbula trabada, los músculos tensos. Está listo para estallar. Alejandro está tenso, pero sereno. Axel está alerta. Ilkay se ve preocupado.
Pero Jackson…
Jackson se ve casi relajado. Brazos sueltos, expresión ilegible, como si estuviera viendo una mala película que ya vio.
—¿Estás bien? —susurro.
Solo esboza la más mínima sonrisa ladeada.
—Sí. No te preocupes.
Eso es todo. Ni una explicación. Lo que, conociendo a Jackson, significa una de dos cosas: o ya tiene un plan, o estamos metidos en algo peor de lo que yo creía.
—¡Caminen! —ladra un guardia, empujándonos hacia la rampa de abordaje.
—¡Deja de empujarme, cara de mierda! —escupe Jesse.
—¡Caminen!
Arriba espera un hombre de traje, con los brazos cruzados, luciendo la sonrisa pulida y falsa de un político mentiroso. A su lado, unos tambores de acero llenos de concreto brillan al sol, con gruesas cadenas fijadas dentro de cada uno.
Se me hace un nudo en el estómago. No necesito un diagrama para entender para qué son.
—Te dije que vamos a irnos al fondo del mar —murmura Jesse, fulminando con la mirada los tambores. Pobre tipo… no es precisamente de los más valientes. Pero esta vez puede que tenga razón. Esto no pinta bien.
Pero cuando miro hacia atrás, Jackson sigue con esa sonrisa apenas marcada, como si estuviera haciendo una cuenta regresiva hacia algo que solo él sabe. Caminando como si estuviera paseando por un supermercado, buscando el pasillo 8.
—Llévenlos a la cubierta —ordena el hombre de traje, y nos empujan a lo largo de la embarcación de lujo.
