EL CEO FINGIA MORIR

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Capítulo 8 Capítulo 8

Sebastián

Beatriz cruzó el patio en tres pasos.

Vino con la mano abierta y la cara roja, directo a Renata, sin fijarse en mí, sin ver la silla, sin ver a mi madre atrás.

Le vi la trayectoria antes que Renata. Le vi la mano subir a la altura del hombro y empezar a bajar hacia la mejilla de mi esposa, moví la silla lo más rápido que pude y Beatriz me miró un segundo con los ojos abiertos y la respiración cortada, pero por el impacto de la silla, cayó de nalgas en las lajas del patio, con las manos hacia atrás, el vestido subido hasta la rodilla, sin gritar.

Todo pasó en dos segundos.

Beatriz recuperó la respiración.

—¡Sebastián!

—Cállate, Beatriz.

—¡Tu propio sobrino en un hospital y tú defendiendo a la…!

—Es mi esposa.

Bajé la voz al mínimo y Beatriz cerró la boca.

Ricardo apareció detrás de ella, la levanto del suelo y la saco a empujones.

Mi madre no se había movido de la banca.

—Sebastián.

—Mamá, nos vamos.

—Hijo.

—No es momento, mamá, hablamos después.

Amalia asintió despacio.

—Vayan al hospital y me llaman, quiero saber lo que dice el médico.

—Sí, mamá.

Salimos por el pasillo, atravesamos el recibidor y salimos a la escalinata donde el chofer esperaba.

—Al hospital del sur, rápido.

—Sí, señor.


Ni ella ni yo hablamos las primeras cuadras.

Renata miraba por la ventana con las manos apretadas sobre el regazo.

Yo la miraba a ella, con la mandíbula apretada, la respiración corta pero pareja.

—Sebastián.

—Dime.

—Gracias, por defenderme.

Le miré el pequeño temblor que le subía por el cuello y bajaba por el pecho.

—Eres mi esposa, Renata, nadie te toca, y el que se atreva paga las consecuencias.

Ella asintió despacio, sin girar la cara, parecía pensativa, no llevamos muchas horas casados y los problemas apenas comienzan.


El hospital estaba en un edificio bajo, moderno, con el nombre en letras discretas al frente.

Ricardo y Beatriz habían salido después de nosotros, pero ellos venían con dos carros, guardaespaldas, la escena entera de familia rica en crisis. Un médico joven nos esperaba junto al mostrador.

—¿Familia del señor Córdova Mendoza?

—Yo soy el tío, ella mi esposa.

—Está estable, señor, le hicimos un lavado de estómago hace una hora, había mezclado alcohol con pastillas, pero llegó a tiempo.

—¿Qué pastillas?

—Ansiolíticos, señor, la dosis fue alta pero no letal.

Miré a Renata por el rabillo del ojo.

Ella no reaccionó.

Beatriz entró en ese momento con la cara roja, Ricardo detrás, me miró a mí, después a Renata, después al médico.

—¿Está vivo?

—Sí, señora, está estable.

—Quiero verlo.

—Está descansando, señora, tiene que esperar unos minutos.

—Es mi hijo.

—Aún así, señora.

El médico bajó los ojos hasta la carpeta que tenía en las manos.

—Señor Córdova, el paciente pidió ver a una señorita llamada Renata.

Beatriz giró la cara hacia el médico como si le hubiera dado un tirón.

—¿A ella? ¡Ella no es nadie!

—Es la persona que él pidió, señora.

—¡Es un hospital, doctor, no un show, no puede usted decidir…!

—Señora, aquí las decisiones las toma el paciente, y su hijo necesita calma, por eso le pido que respete lo que él pidió.

Beatriz apretó los labios, Ricardo la agarró del brazo, le dijo algo al oído que yo no oí, ella se soltó y se sentó en la sala de espera con las manos sobre las rodillas.

Renata me miró.

—Voy a ver qué quiere, no me demoro.

—Renata.

—No me demoro.

Le sostuve la mirada, ella me la sostuvo a mí. No era la mirada de una mujer que va a caer en el juego del ex, era la mirada de una mujer que va a hacer un trabajo.

Asentí.

—Aquí te espero.

El médico la llevó por el pasillo y yo me quedé en la silla junto a la recepción.

Ricardo se me acercó.

Se paró a mi lado, mirando hacia el pasillo por donde se había ido Renata.

—Hermano.

—Ricardo.

Se rió bajito, con la boca cerrada, esa risa suya de me-creo-más-inteligente.

—Aunque te hayas casado con ella, es obvio que ella todavía quiere a mi hijo.

—Ricardo.

—Es obvio, hermano, mírala, cinco minutos y ya está corriendo a la cama de él.

—Es su vida y no tienes que meterte.

—No lo ves, solo te digo lo obvio, Sebastián.

—¿Perdón?

—No quiero que después te desquites con mi hijo cuando ella te deje.

Se me subió algo por la mandíbula. Iba a contestarle, iba a decirle exactamente lo que pensaba de su hijo y de él, pero no me dio tiempo, Renata salió por el pasillo con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza baja, y los ojos rojos.

Rojos.

Se me apretó todo el cuerpo, ella parecía una mujer fuerte, me lo dejo claro cuando dijo que tenía su propio plan, pero ahora venía saliendo del cuarto de Nicolás con los ojos rojos.

No dije nada, no iba a preguntarle delante de Ricardo.

—Vamos —dijo ella.

Ella empujo la silla y Ricardo se quedó mirándonos con una sonrisa torcida, era obvio lo que estaba pensando, creo que yo pensaba lo mismo, que paso en esa habitación, para que ella saliera con esa cara.

En la puerta del carro, antes de subir, la miré.

—¿Qué te dijo?

Ella negó con la cabeza.

—Ahora no.

—Renata.

—Ahora no, Sebastián.

Subió al carro sin mirarme.

Iba a insistir cuando me sonó el celular en el bolsillo interno del saco.

Lo saqué.

Número de la oficina.

Contesté por reflejo, con la mano todavía en el marco de la puerta del carro.

—Sí.

—Señor.

Era mi asistente, y su tono me tenso el cuello.

—Habla.

—Es en la planta de su suegro.

—¿Qué pasó?

—Hubo una explosión, señor, hace veinte minutos.

Me quedé quieto.

—¿Hay heridos?

—Estamos confirmando, señor, pero por ahora hay algo más urgente.

—Habla.

—El señor Vega, señor, no aparece por ningún lado, no está en la escena, no contesta el celular, los guardaespaldas no saben dónde está.

Bajé despacio el celular del oído.

Renata me estaba mirando desde el asiento de atrás por el vidrio abierto de la puerta, aún tenía los ojos rojos, como le decía ahora que su padre estaba desaparecido.

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