EL CEO FINGIA MORIR

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Capítulo 7 Capítulo 7

Renata

Cerré la puerta con seguro, apoyé la espalda contra la madera y respiré.

Todavía oía la risa de Sebastián al pie de la escalera, la risa baja de un hombre que acaba de descubrir algo que no debería.

Que soy virgen.

Hijo de puta.

Me desperté con luz plena entrando por la ventana y con el celular vibrándome en la mesa de noche.

Posición ejecutada.

Me senté de un tirón.

Las acciones de Nicolás estaban cayendo mientras yo dormía y yo me estaba perdiendo el espectáculo. Bajé sin ducharme, me puse lo primero de la maleta y salí al pasillo descalza.

Ahí estaba él, en la silla, con el periódico abierto y la cara del enfermo agradecido, dos empleadas alrededor, la mano izquierda temblándole apenas.

Buen actor.

—Buenos días, Renata.

—Buenos días.

Me senté frente a él, agarré café, esperé a que la empleada saliera.

Sebastián me pasó el periódico por encima de la mesa.

Portada financiera, tres columnas, el grupo Córdova Mendoza en caída libre a la apertura.

Sonreí sin darme cuenta.

—Yo di esa orden —dijo él bajito cuando la empleada se alejó por el pasillo.

Bajé la taza.

—Yo también.

Se quedó quieto dos segundos, después se le rompió una risa contenida.

—No jodas, Renata.

—Te lo juro, se la di anoche a mi asistente, después de su numerito.

Nos miramos por encima de las tazas como dos jugadores que acaban de darse cuenta al mismo tiempo de que van al mismo bando.

Me estaba divirtiendo con este hombre.

Levantó la taza, dio un sorbo largo, la bajó.

—Nos esperan hoy en la mansión grande.

—¿Dónde es eso?

—La casa de mi mamá.

Se me apretó el estómago.

—Doña Amalia.

—Doña Amalia, no vino a la boda, dijo que estaba delicada de salud, mentira, no vino porque no la consulté para escoger esposa, hoy quiere conocerte.—Van a estar Ricardo y su esposa también.

—Ah.

—Vámonos a las once, así llegamos a la una en punto, mi mamá odia la impuntualidad.

Le di un sorbo al café.

—¿Y cómo es ella?

Sebastián se demoró en contestar. Miró la puerta del comedor por si venía alguien, después bajó la voz.

—Mi mamá cuida el orden de la familia, no cuida a nadie en particular, si mañana el orden le sirve mejor con Ricardo en mi silla de CEO, se pasa al otro lado sin pestañear, con ella la única forma de sobrevivir es no darle motivos para cambiarse de lado.

—Entendido.

—Y una cosa más.

—Te oigo.

—Ella sabe cosas.

—¿Qué cosas?

—Todas, Renata, no llegas a la casa grande sin que doña Amalia sepa ya quién eres, cuánto tiene tu papá en el banco, y qué hiciste el sábado por la noche.

Se me cerró la garganta.

—¿Ella sabe del acuerdo?

—Del acuerdo, del precio, y de tu papá.


El carro cruzó el portón de la mansión pasada la una.

Tres pisos de piedra, jardín delantero enorme, columnas blancas, una escalinata central. Bajé, agarré la silla por la manija de atrás, empujé yo misma en vez de dejar que el chofer lo hiciera. Sebastián se hundió en los hombros, dejó caer la cabeza medio grado.

Un empleado nos abrió antes de que yo tocara.

—Bienvenidos, señores, la señora los espera en el salón.

Pasillo largo, techos altos, retratos oscuros en las paredes, un salón al final y cuatro personas dentro, Ricardo de pie junto al ventanal, su esposa sentada aun lado y en el sillón central, frente a la chimenea, Amalia. Vestida de gris oscuro, el pelo blanco en un moño bajo, sin joyas, las manos apoyadas sobre el bastón que tenía entre las rodillas.

Me clavó los ojos a mí primero, después a Sebastián.

—Hijo.

—Mamá.

—Acércate, hija.

Empujé la silla hasta el centro del salón, la puse frente a ella, me paré al lado con la mano sobre el hombro de Sebastián.

Amalia me tendió la mano.

Se la besé.

—Doña Amalia, es un honor.

—El honor es mío, hija, siéntate.

Me señaló el sillón a su izquierda.

Me senté con las rodillas juntas, la espalda recta, las manos sobre el regazo.

Ricardo saludó a Sebastián con un apretón de mano largo.

—Hermano, ¿mejor?

—Ando cansado, Ricardo.

—Descansa más.

—Eso intento.

Se ubicó al lado de su esposa.

Amalia levantó una mano. —Bien, ahora que estamos todos, hija, cuéntame de ti.

—Con gusto, doña Amalia, ¿qué le cuento?

Amalia sonrió.

—Sé del acuerdo con tu padre.

Sentí el pecho apretárseme, pero mantuve la sonrisa boba.

—¿Perdón?

—Del acuerdo, hija, de la deuda, del negocio, de las condiciones que te trajeron aquí, mi hijo no da un paso sin que yo sepa por qué.

Miré a Sebastián por el rabillo del ojo, pero él no me devolvió la mirada.

Volví la vista a Amalia.

—Sí, doña Amalia, mi papá y Sebastián arreglaron el matrimonio, yo acepté.

—¿Y por qué aceptaste?

—Porque mi papá me lo pidió.

—¿Y ya?

Amalia me sostuvo la mirada tres segundos, después soltó una risa breve, seca.

—Aunque seas una mujer que solo sabe comprar en las boutiques, tienes buena presencia, hija, y tienes buenas respuestas, mi hijo escogió mejor de lo que yo esperaba.

La esposa de Ricardo tosió y Amalia giró la cabeza apenas.

—¿Sí, nuera?

—Amalia, por favor.

—Habla.

La mamá de Nicolás apretó la copa que tenía en la mano, sonrió con los dientes.

—Aunque la mona se vista de seda, mona se queda, ¿no ves, mamá, que es una zorra cazafortunas? La ciudad entera sabe lo que hizo, primero con el sobrino, después con el tío.

El salón entero se congeló.

Amalia giró la cabeza despacio hasta su nuera, sin sonreír, sin fruncir el ceño, con la cara quieta de una mujer que va a decir dos palabras y esas dos palabras van a doler.

—En mi casa se respetan las dos.

—Amalia, pero…

—Las dos, Renata es mi nuera y tú también, ninguna vale más que la otra en esta sala, si tienes algún reparo, te lo tragas, o te vas.

La mamá de Nicolás bajó los ojos, Ricardo se acomodó la corbata y yo mantuve la sonrisa boba, con las manos quietas sobre el regazo, con la respiración corta.

Amalia me miró.

—Hija, ven un momento conmigo al jardín.

Me levanté.

Sebastián me buscó con los ojos por primera vez desde que entramos, pero no le devolví la mirada. Salí del salón detrás de Amalia por una puerta lateral que daba a un patio interior con una fuente y dos bancas de piedra.

Cerró la puerta corrediza a mis espaldas.

Nos quedamos solas y Amalia se sentó en la banca con el bastón entre las rodillas.

Me señaló el sitio a su lado.

—Hija.

—Dígame.

—Mi hijo está enfermo, tú lo sabes.

—Sí, doña Amalia.

—Y tú fuiste novia de mi nieto.

Se me cerró la garganta.

—Doña Amalia, yo…

—No me interrumpas, hija.

Cerré la boca.

—Yo no permito que mi familia se mate por una mujer, no lo permití con mi marido, no lo permití con mis hijos, no lo voy a permitir con mi nieto y mi hijo, ¿entiendes?

—Sí.

—Entonces te voy a pedir dos cosas.

—La escucho.

—Uno, si mi hijo se muere pronto como dicen sus médicos, tú te vas.

—Doña Amalia…

—Te vas, hija, con lo que él te deje en el testamento, cerrado el negocio, no vuelves a poner un pie en esta familia.

Bajé los ojos.

—Sí, señora.

—Dos, si mi nieto vuelve a buscarte, tú no le contestas, no lo ves, no le abres la puerta, si me entero de que sí, te saco yo misma.

—Sí, señora.

—Y tres…

—Dijo dos.

Sonrió apenas.

—Tres, hija, no te confundas conmigo, yo no soy tu amiga, yo cuido esta casa.

Iba a contestarle cuando la puerta corrediza se abrió a mis espaldas.

Sebastián.

En la silla, con la cara descompuesta por el cansancio, real o fingido no supe.

—Perdón, mamá, estoy agotado, necesito recostarme.

Amalia lo miró.

—Hijo, ve a tu antiguo cuarto un momento.

—Prefiero volver a la casa.

—Hijo.

—Mamá, por favor.

Amalia asintió despacio.

Me levanté yo también, di dos pasos hacia la silla.

En ese momento la puerta del salón grande se abrió de golpe desde adentro, la mamá de Nicolás salió llorando con el celular apretado contra el pecho, el rímel corrido, un grito quebrado en la garganta.

—¡Por esta zorra mi hijo está en el hospital!

Se dobló contra el marco de la puerta.

—¡Se quiso matar! ¡Nicolás se quiso matar por ella!

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