EL CEO FINGIA MORIR

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Capítulo 6 Capítulo 6

Sebastián

—Siéntate, Renata.

Cerré la puerta del despacho a mis espaldas y caminé hasta el escritorio descalzo, con la camisa a medio abotonar. Ella no se sentó, se quedó de pie frente al escritorio con la bata de seda cerrada hasta el cuello, los ojos clavados en la primera carpeta abierta.

—Siéntate.

—Estoy bien parada.

—Como prefieras.

Rodeé el escritorio, me senté en el sillón del centro, le deslicé la carpeta más gruesa con el dorso de la mano.

—Léelo.

—Lo escribí yo, no necesito leerlo.

Sonrió, una sonrisa corta, con los labios apretados de un lado.

Le sostuve la mirada.

—Bien, entonces hablemos de quién eres tú, señora Córdova.

—Te oigo.

—Yo me casé con una hueca.

—Eso ya lo aclaraste esta mañana.

—Eso compré, eso fue lo que el expediente me vendió, pero aprendí desde niño a no confiar en la gente y menos si sonríe, así que mando a investigar dos veces, una al expediente público y otra al que nadie quiere que aparezca.

—¿Y qué encontraste?

—Que la hueca tiene una fortuna personal capaz de competir con la mía.

Ella no parpadeó.

—Tres empresas a nombre de testaferros, cuentas en cuatro países, una participación silenciosa en un fondo que hace dos años casi me tumba una negociación en Miami sin que yo supiera quién carajos estaba del otro lado, ahora sé que eras tú.

—¿Y qué quieres hacer con esa información?

—Por ahora, ponerla sobre la mesa.

Se acercó un paso, apoyó las dos manos en el borde del escritorio, se inclinó un milímetro.

—Es tu turno, Sebastián.

—¿Mi turno de qué?

—De contarme por qué un hombre con las piernas perfectas finge llevar un año en silla de ruedas.

Apoyé la espalda en el respaldo.

—Porque el accidente no fue accidente.

—Te oigo.

—Fue mi familia, mi hermano, mi cuñada, mi sobrino, después me hicieron creer que me moría y me trajeron sus médicos con sus diagnósticos.

—Y tú dejaste que creyeran.

—Cuando se confían, se equivocan, y cuando se equivocan, los entierro.

—Ah.

—Ahora dime tú.

—¿Yo qué?

—Por qué finges si tu papá te lo da todo.

Ella se enderezó, caminó hasta el sillón frente al escritorio, se sentó y cruzó las piernas despacio.

—Mi papá no me lo da todo, Sebastián, mi papá me lo quitó todo, y aún no sabe que lo sé.

Me quedé quieto.

—Te oigo.

—Lo que tengo no me lo dejó él, me lo dejó mi mamá.

—¿Tu madre?

—Empresaria, hizo plata sola, levantó dos negocios antes de los treinta, se casó con mi papá creyendo que era un hombre bueno, y cuando dejó de creerlo redactó un testamento que dejaba todo a mi nombre.

—¿Y?

—Y murió poco después, muy a tiempo según mi papá, demasiado a tiempo según yo.

—¿Lo puedes probar?

—Todavía no, pero estoy reuniendo las piezas, lo que ya sé es que él creyó heredarla, hasta que el notario abrió el testamento y descubrió que ella le había ganado en vida, todo está a mi nombre, en fideicomisos, en testaferros, en estructuras que ella diseñó.

—Por eso te dejas presentar como tonta.

—Por eso, mientras él me crea inútil no me revisa, no me toca, no me investiga, el día que sepa lo que sé, viene por mí como vino por ella.

—¿Y por qué le tapas las deudas si sabes lo que te hizo?

—Porque cada deuda que le tapo deja un rastro en papel, un rastro a mi nombre, un rastro que el día que yo lo necesite va a ser la cuerda con la que lo cuelgo.

Asentí.

Era buena.

Mucho mejor que buena.

—Entonces tú y yo tenemos algo en común, señora Córdova.

—Eso parece.

—Tú tienes una cuenta pendiente con tu familia, yo con la mía, propongo un acuerdo.

—Te oigo.

—Tú guardas mi secreto, yo guardo el tuyo, ninguno de los dos vuelve a hablar de esto fuera de esta habitación.

—Me parece bien, con una condición.

—Te oigo.

—Cada quien en lo suyo, tú no te metes en mis empresas, yo no me meto en las tuyas, cuando una pieza nuestra se cruce, lo hablamos, mientras tanto, cada uno juega su mesa.

—Hecho.

Le tendí la mano por encima del escritorio.

Ella se levantó, se acercó, me la apretó.

—Bien, esposa.

—Bien, esposo.

Iba a soltarle la mano cuando oímos los gritos afuera, en la reja de la entrada, una voz masculina alterada y otra del guardia tratando de contenerla.

Renata.

Solté la mano, llegué hasta la ventana del despacho, abrí la cortina con dos dedos.

Nicolás.

Al otro lado de la reja, en saco de boda, con una botella en la mano, golpeando el hierro con la palma abierta.

—Déjame manejar esto —dijo ella detrás de mí.

—Es mi sobrino.

—Es mi ex, déjame.

La miré.

Se estaba soltando el pelo del moño, se sacaba los pasadores uno por uno, se mordía el labio inferior para enrojecerlo, se aflojaba el cinturón de la bata para que la tela cayera más abierta del hombro.

Una mujer arreglándose para parecer que la habían interrumpido haciendo otra cosa.

—Toda tuya —dije.

Salió.

Yo me quedé en la ventana, vi a Nicolás entrar tambaleándose hasta el jardín, vi a mi mujer salir descalza al pórtico con la bata mal cerrada y el pelo cayéndole sobre un hombro.

Vi cómo a Nicolás se le iba el color por tercera vez en la noche.

—Renata, vámonos.

—Vete a tu casa, Nicolás.

—Divórciate.

—No.

—Divórciate y nos casamos mañana, esta noche dormimos juntos y mañana firmamos.

Ella soltó esa risa corta, seca, la misma que le había oído antes.

—Vete a la mierda, Nicolás, y no me interrumpas otra vez la buena noche con mi esposo.

—Te vas a arrepentir, mi tío se va a morir pronto y cuando te quedes viuda vas a volver a tocarme la puerta rogándome.

—Si me quedo viuda voy a ser muy rica y voy a poder comprar al hombre que yo quiera, y tú, Nicolás, no estás en mi lista.

Le tembló la mandíbula al otro lado del jardín.

—¿Y a él sí le vas a dar lo que a mí me negaste dos años?

Ella inclinó la cabeza despacio.

—Claro, él sí es un hombre, no uno que se conforma con cualquier puta.

Le hizo una seña al guardia con dos dedos.

—Sáquenlo, no lo quiero ver aquí otra vez.

Dio media vuelta y entró a la casa, sin mirar a Nicolás, dejando que la bata se le abriera lo suficiente sobre la pierna para que él viera lo que no iba a tener. Cuando la puerta de la entrada se cerró detrás de ella, sonreí solo, con la mano todavía sobre la cortina.

Oí sus pies descalzos cruzar el recibidor.

—Buen espectáculo —dije sin voltearme—, así que cuando seas viuda vas a comprar a tu hombre, ¿tengo que castigarte por la idea?

Me giré, caminé hacia ella.

Tres pasos.

Le vi la respiración corta antes de que ella se diera cuenta, le subió el pecho bajo la seda y se le apretó el cuello.

—No seas tonto, Sebastián, lo dije para molestarlo.

—¿Solo para molestarlo?

—Me voy a dormir.

Me esquivó.

Subió las escaleras agarrada del pasamanos con el pelo cayéndole sobre la espalda.

Yo me quedé al pie. Solté la risa cuando oí cerrarse la puerta del segundo piso, una risa baja, sin público. Quién iba a decir que mi esposa, la que esta misma noche se sentó encima de mis piernas frente a cien cámaras y me lamió la oreja sin temblar, era virgen.

Quién iba a decir que iba a disfrutar este matrimonio.

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