EL CEO FINGIA MORIR

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Capítulo 5 Capítulo 5

Renata

Me cogió de la nuca y me besó.

No fue el de los fotógrafos, fue otro, fue una mano grande pegada a mi nuca apretándome contra su boca, fue una lengua que entró sin pedir permiso, fueron dientes que me rozaron el labio de abajo y se quedaron un segundo más de la cuenta.

Yo había caído en sus piernas para seguirle el juego, pero el juego de él era otro.

Tardé en responder, una décima, dos, mientras el cerebro me iba en tres direcciones, me está besando para marcarme, me está mirando algo por encima del hombro, me está usando.

Levanté los ojos lo justo para seguirle la mirada y ahí estaba Nicolás, de pie en su mesa, copa en la mano, la cara descompuesta.

Ah, conque era eso, mi marido me estaba besando para humillar a su sobrino.

Bienvenido al club, Sebastián, yo te casé también para humillarlo.

Le devolví el beso, le abrí la boca con la mía, le pasé la mano por la mandíbula, dejé que pensara que me dominaba mientras yo me acomodaba mejor en sus piernas y le devolvía la fuerza con la que él me estaba besando a mí.

Y mientras se lo devolvía, descubrí algo que no me sirvió en ese segundo pero que la cabeza archivó para después, me gustó.

Sentí la mano en mi cintura, sentí el calor subiéndome por los muslos, sentí la respiración cortada contra mi boca, sentí que el cuerpo de mi marido respondía al mío de una forma que ningún cuerpo de moribundo respondería a nada.

Idiota, él no yo, el idiota que se casó conmigo creyendo que iba a controlarme.

Me separé despacio, le acomodé el cuello de la camisa con dos dedos y le sonreí.

—Te están mirando, mi amor.

Se le movió algo en el ojo, una cosa pequeña, como un cálculo que se le había trabado.

Me bajé de sus piernas, me senté a su lado, agarré la copa de champaña que no había tocado en toda la noche y me la tomé de un sorbo, mientras al otro lado del salón Nicolás se sentaba como si las rodillas le hubieran fallado y su mamá le hablaba al oído sin que él le contestara.

Mi papá, en otra mesa, alzó la copa hacia mí desde lejos con la sonrisa del hombre que acababa de cerrar el negocio del año.

Yo no le devolví el gesto.

La fiesta se acabó tarde, dos hombres con auriculares aparecieron al lado de la silla de Sebastián, él me ofreció la mano, se la di, y salimos sin despedirnos de nadie.

El carro arrancó, pero él no me habló y yo tampoco a él, iba contando salidas por la ventana, archivando rutas como había aprendido a hacer hace años con cada lugar nuevo al que llegaba.

El portón se abrió solo, avanzamos por un camino largo y dos empleadas esperaban en la puerta.

—Bienvenida, señora.

Señora, la palabra todavía no me cabía en la boca como propia.

Subí, una empleada me esperaba en el pasillo del segundo piso, me abrió una puerta a la derecha, con una habitación grande.

—La habitación del señor es la de al lado, esta puerta los conecta, por si alguien sube.

—¿Por qué?

—Por si alguien sube, señora.

La traducción no me la tuvo que dar nadie, dos cuartos para que dos extraños duerman cómodos y una puerta intermedia para que la servidumbre cuente la historia que él quería que contaran.

—Gracias.

Se fue y cerré con seguro.

Me bajé el cierre del vestido, lo dejé caer la tela al piso, me senté en el borde de la cama en lencería blanca, fría, con el celular en la mano y le envié un mensaje a mi asistente, dos palabras, sin asunto, posición lista.

Sonreí sin alegría, mañana a una hora que yo no le había dicho, las acciones de Nicolás iban a caer.

Apagué el celular y respiré.

Necesitaba quitarme el maquillaje y los pasadores del peinado que me estaban clavando el cráneo, llevaba horas con esa cosa apretada y no aguantaba un minuto más, así que caminé hasta el fondo del cuarto y empujé la puerta que la empleada me había señalado como el baño.

Vapor, una luz cálida saliendo por la rendija.

No pensé, no toqué, no grité, abrí porque pensé que el baño era mío y la empleada lo había dejado mal cerrado.

Y lo vi.

De espaldas, de pie, frente al espejo empañado, el pelo mojado pegado a la nuca, el agua de la ducha todavía cayendo a sus espaldas, una toalla blanca sobre el lavamanos sin tocar.

De pie.

Sobre dos piernas firmes, dos piernas con músculo, dos piernas que sostenían el peso de un hombre completo, dos piernas que se suponen eran las de un paralítico.

Me llevé la mano a la boca, no por pudor sino por reflejo, para no gritar.

Me costó dos segundos entender lo que estaba viendo y otros dos no salir corriendo.

Él me vio en el reflejo del espejo, los ojos se nos encontraron en el vidrio, los míos abiertos, los de él fríos, sin un solo músculo de sorpresa en la cara, como si me hubiera estado esperando.

Se giró despacio, sin prisa, sin taparse, y caminó hacia mí, tres pasos firmes, los talones golpeando el mármol mojado.

Yo no me moví, no podía.

Llegó hasta la puerta, puso la mano en el marco justo encima de mi cabeza, se inclinó y me dejó la boca a un dedo de la frente.

—Buenas noches, señora Córdova.

Le sentí el aliento contra la piel, en voz baja, casi tierna, y me cerró la puerta del baño en la cara. Me quedé parada del otro lado, descalza, en lencería, con la mano todavía sobre la boca, oyendo cómo giraba la llave por dentro.

Bajé la mano y respiré, una vez, dos.

La puerta del baño se abrió otra vez, esta vez no de golpe sino apenas un palmo.

Él no salió, solo asomó medio cuerpo, con la toalla blanca amarrada a la cintura y el pelo todavía goteando contra los hombros.

Me miró de arriba abajo, sin prisa, como quien repasa una factura.

—Vístete.

—¿Disculpa?

—Vístete y bajas al despacho, primera puerta a la derecha del recibidor, tenemos cosas que hablar.

—Sebastián.

—Cinco minutos, señora Córdova, no me haga esperar.

Cerró otra vez.

Me alejé de la puerta, caminé hasta la maleta y saqué lo primero que encontré, una bata de seda larga, me la puse encima de la lencería, me amarré el cinturón apretado y me peiné con las manos.

Salí del cuarto descalza, bajé las escaleras del segundo piso despacio, la madera fría debajo de los pies, las luces del recibidor encendidas a media intensidad.

Primera puerta a la derecha, abierta.

La empujé.

Despacho enorme, biblioteca de piso a techo en una pared, escritorio de madera oscura, dos sillones de cuero frente al escritorio y un mueble bar contra la otra pared.

Sebastián no estaba.

Pero sobre el escritorio, debajo de una lámpara verde encendida, había una carpeta abierta.

Caminé despacio hasta ella.

Tres carpetas, no una.

Tres.

Una encima de otra, abiertas, los papeles sueltos, los logos de empresas que yo conocía de memoria, las firmas que yo había puesto en cada hoja, los apoderados que yo había contratado, las cuentas en cuatro países que yo manejaba a nombre de testaferros.

Mis empresas.

Las que ni mi papá conocía, las que llevaba años construyendo en silencio mientras todos creían que me gastaba la mesada en zapatos.

Estiré la mano y giré la primera carpeta para leer la solapa.

Renata Vega, posición real, confidencial.

Detrás de mí, la puerta del despacho se cerró.

—Siéntate, Renata.

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