Capítulo 4 Capítulo 4
Sebastián
Oí los tacones de Renata acercándose por el pasillo. Me gire sutilmente, lucia preciosa y me molestaba admitirlo, también logre disfrutar el momento exacto en el que mi adorado sobrino la vio, ellos no tenían ni idea con quien me casada, solo que cumplía con la última voluntad de mi padre, y ahora tenía la dirección absoluta de la familia.
—Hermanos —empezó el sacerdote—, estamos reunidos…
Yo no oía.
Mi cabeza estaba todavía en la cara que vi en mi sobrino dos segundos antes, en cómo se le había caído el color cuando ella pasó por su banco, en cómo había hecho amago de hablarle y se había quedado con la boca medio abierta.
Algo había pasado.
Algo entre los dos, justo ahí, frente a los invitados, frente a mí, y se me había escapado.
Yo miré a Renata por el rabillo del ojo.
Sonreía como una novia, con la cabeza baja, los ojos en el sacerdote, las pestañas largas pegadas a la mejilla.
Sin embargo, esa mano caliente sobre la mía tenía la respuesta de algo, y yo no la tenía.
—Sí, acepto.
La voz de ella me cortó el hilo.
Firmó.
Firmé.
—Puede besar a la novia.
Levantó la cara para mí, a acerqué la boca, le di un beso corto, lo justo para los fotógrafos, le sentí el labio de abajo, suave, tibio, una décima de segundo.
Una décima.
Y aun así algo se me apretó debajo del esternón, una cosa estúpida, automática, del cuerpo, no de la cabeza, esa cosa que llevaba años apagada y que escogió justo ese momento para recordarme que seguía vivo ahí abajo.
La miré a los ojos cuando se separó.
Ella sonrió.
Sonrisa de revista, perfecta, y en ves de gustarme me molesto. Bien. Era la sonrisa que yo había comprado, y por la que iba a pagar, y por la que no podía permitirme sentir nada que no fuera control.
La gente aplaudió y salimos por el pasillo hacia las puertas dobles, ella caminando al lado de mi silla con la mano sobre mi hombro, despacio para que yo no quedara atrás.
Cuando cruzamos la puerta y los fotógrafos nos rodearon, ella hizo algo que no estaba en el contrato.
Se sentó en mis piernas.
De lado.
Pasó el brazo detrás de mi cuello, me sonrió a la cara como si nos casáramos por amor, y le dijo al primer fotógrafo:
—Una para nosotros.
El flash explotó.
Yo no me moví.
No podía.
Una mujer estaba sentada encima delante de cien cámaras, una mujer cuya cintura sentía contra mi muslo, cuyo perfume me llegaba al cuello, una mujer que se había pegado a mí como si me deseara, y yo no podía empujarla porque la silla, la maldita silla, no me servía para nada en ese segundo.
—Sonríe, Sebastián —me susurró en el oído—, nos están viendo.
Sonreí.
Le pegué la mano a la cintura, la apreté un milímetro más fuerte de lo que un esposo cortés apretaría a una novia recién casada, le clavé los dedos justo en el hueso de la cadera.
Quería que se levantara.
Ella no se levantó.
Me lamió el lóbulo de la oreja con la punta de la lengua, una décima, otra décima, y sonrió a la cámara como si nada.
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Hijo de puta.
Me odié.
Llevaba un año sin sexo, un año de no pensar en mujeres, un año atrapado en mi cuerpo, y esta niña hueca me había puesto el pulso en la garganta con un movimiento de lengua de medio segundo.
—Suficiente foto —dije bajo, sin perder la sonrisa.
—Una más, mi amor.
Mi amor.
La palabra me cayó en la oreja como una piedra.
Otro flash.
Por fin se bajó.
Le agarró la mano a una invitada, la abrazó, recibió un beso, se rio de algún chiste que yo no oí, todo con la misma sonrisa de revista, sin mirarme. Como si la mujer que se acababa de sentar en mis piernas y la mujer que ahora abrazaba a la tía abuela de alguien fueran dos personas distintas que vivían en el mismo vestido.
Yo me quedé en mi silla, las manos sobre los apoyabrazos, el pulso lento, el cuerpo no.
Una novia hueca no se sienta así en las piernas de su marido.
Una novia hueca no le lame la oreja a un paralítico para una foto.
Una novia hueca le tiene asco al paralítico, le tiene compasión al paralítico, le tiene paciencia al paralítico, no le calienta la sangre al paralítico.
Esta mujer me estaba probando. Y yo, que llevaba años leyendo a cada persona que entraba a mi oficina como si fuera un balance, me había dejado leer primero.
La recepción fue en el salón principal de la finca.
Mesas redondas, candelabros, un cuarteto de cuerdas en una esquina, los invitados ya con la segunda copa en la mano, mi madre en una de las mesas centrales recibiendo besos como si la que se hubiera casado fuera ella.
Yo me ubiqué cerca de la pista, en la cabecera, Renata a mi lado, mi hermano en la mesa diagonal, a tres metros.
Nicolás estaba ahí.
De pie.
Una copa en la mano, otra a medio terminar en la mesa, los ojos fijos en Renata, aunque ella no lo había mirado ni una vez desde que entramos al salón.
Mi hermano le decía algo al oído.
Nicolás no oía.
Vi cómo le agarraba la copa, cómo le daba un trago largo, cómo se la devolvía a mi cuñada sin mirarla y le pedía otra al mesero que pasaba.
Mi sobrino llevaba toda la vida bebiendo lo justo para parecer caballero. Esa noche estaba bebiendo lo justo para olvidar que era hijo de su padre y mi cuñada me clavó la mirada desde su mesa.
Me sostuvo los ojos.
Yo levanté la copa hacia ella, sin sonreír.
Ella levantó la suya, sin sonreír tampoco.
Brindis sin amor entre hermanos políticos.
A mi lado, Renata se reía con una invitada sobre algo de zapatos.
Buena actriz.
Demasiado buena.
Empezó la música, los invitados se levantaron, se fueron acercando a felicitarnos uno por uno, yo recibí los apretones de mano y los besos en la mejilla con la cara que tenía entrenada desde hace un año, la del tío enfermo, el agradecido, el que se casa porque la familia se lo pidió, el que no va a durar.
Nicolás no se acercó.
Esperó.
Esperó hasta que la fila terminó, esperó hasta que la pista estuvo llena y el cuarteto subió el volumen, esperó hasta que Renata se levantó a saludar a unas amigas de su papá al otro lado del salón.
Entonces caminó hacia mí.
Tambaleándose.
Llegó hasta mi silla.
Se apoyó con una mano en el respaldo, el aliento le olía a whisky y a algo más, no me molesté en identificarlo.
—Tío.
—Nicolás.
—Lindo evento.
—Gracias por venir.
—No me iba a perder esto por nada del mundo, tío, ¿sabes por qué?
—No.
Se inclinó.
La cara me la puso a diez centímetros, los ojos rojos, la boca seca, ese gesto de muchacho rico borracho que se cree intocable porque toda la vida lo ha sido.
—Porque me la vas a devolver, tío, no esta noche, pero me la vas a devolver.
—Estás borracho, Nicolás.
—Estoy claro, tío, más claro que en años.
Le sostuve la mirada.
—Vete a sentar.
—Ni siquiera funcionas, tío.
Lo dijo bajito, casi en susurro, casi con cariño.
—¿Perdón?
—Tu pinga, tío, no te funciona, lo sabe toda la familia, lo sabe la enfermera que te cambia los pañales.
Se enderezó un poco, sonrió.
—Antes de que te des cuenta, ella va a ser mi amante, tío, porque yo sí puedo complacerla en la cama, y tú vas a estar ahí en tu silla, oyéndonos por las paredes de tu propia casa.
No moví un músculo de la cara.
Adentro, en cambio, algo se me cerró, una cosa silenciosa, fría, definitiva, esa cosa que se cierra en los hombres como yo cuando deciden que alguien ya no merece seguir respirando el mismo aire.
—Vete a sentar, Nicolás.
—¿O qué?
—O nada, vete a sentar.
Se rió, me palmeó el hombro, se fue tambaleando hacia su mesa.
Yo me quedé quieto.
Renata seguía al otro lado del salón, riéndose con las amigas de su papá.
Le hice una señal a mi asistente.
—Señor.
Le hablé sin mover los labios más de lo necesario.
—Mañana a las nueve y media de la mañana, la posición corta sobre las acciones del grupo Córdova Mendoza, ejecuta el bloque entero.
—¿Todo el bloque, señor?
—Todo.
—Le va a costar la cabeza al chico.
—Esa es la idea.
—Sí, señor.
Conduje mi silla hasta el final de mi esposa, y puse una enorme sonrisa, y ante la atenta mirada de todos la volví a poner sobre mis piernas y le di un beso largo y profundo, ella al inicio no respondió, pero termino por seguirme y por el rabillo del ojo pude ver como Nicolas perdía el color de su cara.
Que comience la guerra sobrinito.
